Madre y esposa: la mujer es el “sol de la familia”

En los lejanos tiempos de 1942, los medios de comunicación que poseía el mundo eran bien diferentes. No existía la televisión, menos aún los computadores y celulares, ni que hablar de internet o de transmisiones en directo de un lugar al otro del mundo de grandes acontecimientos, como lo tenemos en los días de hoy. 

Eso daba lugar al uso de los medios existentes, entre ellos la radio, que mismo así no tenía una penetración universal. Era así que el entonces papa Pío XII hacía sus enseñanzas, transmitía sus maravillosos mensajes al mundo, por medio de los llamados “radiomensajes”. 

Uno de ellos viene muy a propósito recordarlo para el Día de la Madre. Fue en un 11 de marzo de 1942, en que el citado pontífice, hablando a recién casados, afirmaba esta impactante frase: “La esposa y madre es el sol de la familia”. Tan hermosos comentarios, sobre el papel de la mujer, siempre los consideré para, en una especial oportunidad, recordarlos. 

Consideraba su generosidad y abnegación, constante prontitud, delicadeza vigilante y previsora en todo cuanto puede alegrar la vida del marido y de sus hijos. ¡Madre! Solo ellas tienen estas bellas virtudes.

Recordando el significado de esposo-“esposas”, cónyuge-“yugo”, comprendemos la enseñanza de la Santa Iglesia, que era manifestada para jóvenes, que a poco de contraer matrimonio se disponían a “hacer feliz al otro y no a sí mismo”. Actitud que corresponde a cada uno de los cónyuges, pero que es una “virtud principal de la mujer, que le nace con las palpitaciones de madre y con la madurez del corazón”. Por eso las madres siempre difunden en torno de sí luz y calor. 

No quedaba apenas en eso Pío XII. Mostrando cómo en los momentos difíciles de la cotidianidad las madres se desenvuelven, aseveraba: “Si recibe amarguras no quiere sino dar alegrías, si recibe humillaciones no quiere devolver sino dignidad y respeto”.

Como una poesía, continuaba diciendo que la esposa y madre, con “su mirada y palabra, penetra dulcemente en el alma”, y que muchas veces, “después de una larga jornada de continuado y fatigoso trabajo”, llevan alegría a la convivencia familiar. Las madres tienen una naturaleza llena de ingenuidad, dignidad y honestidad, resaltándose en ellas “sus delicados y graciosos gestos de rostro, ingenuos silencios y sonrisas, condescendientes señales de cabeza, que le dan la gracia de una flor selecta, y sin embargo sencilla”.

Terminaba el papa exclamando a estas futuras madres: “¡Oh, sí supieseis cuántos sentimientos de amor y de gratitud suscita e imprime en el corazón del padre de familia y de los hijos, semejante imagen de esposa y de madre!”

Al recordar tan bellas palabras nos viene a la memoria el salmo 127: “Tu esposa será como la vid llena de frutos en el interior de tu casa. Tus hijos como retoños de olivo alrededor de tu mesa”. Vislumbramos en él cómo la auténtica felicidad hogareña está cimentada en la madre, que en su tarea, llena del ingenio propio de la naturaleza femenina, es la colaboradora principal de Dios en la procreación de los hijos. Es una reina que ejerce un reinado lleno de amor. “El padre tiene el principado del gobierno, la madre tiene el principado del amor”, decía Pío XI en la Encíclica Casti Connubii. Amor que es el más parecido con el amor de Dios, que ama sin egoísmo, sin esperar correspondencia de parte del otro. 

Sin dejar de ser confidente de su esposo, consejera para toda la familia, llena de consuelos, paciente y dedicada. Educadora por excelencia de sus hijos, a quienes conoce profundamente. 

No podemos concluir estas reflexiones sin recordar a Aquella que es perfecto modelo de las esposas y de las madres, que es –principalmente– Madre por excelencia: María Santísima. Aquella que Dios Padre la llama Hija; que el Espíritu Santo la llama Esposa fidelísima; que Dios Hijo la llama Madre. Aquella que en la humilde casa de Nazaret nos dio ejemplo de esposa y madre. Que la Virgen, pues, bendiga muy especialmente a todas las madres en su día. 

Cierro este artículo con el resumen de una bella oración compuesta por doña Lucilia Ribeiro dos Santos, virtuosa madre brasileña que vivió en el siglo pasado: 

Oh María, Virgen Purísima y sin mancha, Casta Esposa de San José, Madre tiernísima de Jesús, perfecto modelo de las esposas y madres, a Vos recurro e imploro Vuestro socorro. Ved, oh Purísima María, ved mis necesidades y las de mi familia, atended los deseos de mi corazón. 

Espero, por Vuestra intercesión, alcanzar de Jesús la gracia de cumplir, como debo, las obligaciones de esposa y madre. Alcanzadme el santo temor de Dios, el amor al trabajo y a las buenas obras, de las cosas santas y de la oración, la dulzura, la paciencia, la sabiduría, en fin, todas las virtudes que el Apóstol recomienda a las mujeres cristianas, y que hacen la felicidad y el ornamento de las familias. 

Enseñadme a honrar a mi marido, como Vos honraste a San José, y como la Iglesia honra a Jesucristo. Encomiendo también a Vuestro materno Corazón a mis pobres hijos. Inclinad su corazón a la piedad, no permitas que se aparten del camino de la virtud, tornadlos felices, piadosos, caritativos y buenos cristianos, para que su vida, llena de obras buenas, sea coronada por una santa muerte. Así sea. 
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