jueves, 30 de junio de 2011

Sagrado Corazón de Jesús


Una palabra sobre el desarrollo y la importancia de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús en el conjunto de la piedad católica.

Las apariciones a Santa Margarita María no fueron el origen de esa devoción. Ella ya existía y se remonta a los primordios de la historia de la Iglesia. Antes del mensaje de Paray-le-Monial, grandes santos y renombrados teólogos ya se habían destacado en la práctica y propagación de ese culto tan precioso. Entre muchos otros, podríamos citar a Santa Gertrudis, San Buenaventura, Santa Matilde, San Bernardo, San Francisco de Asís, Santa Catalina de Siena, Tomás de Kempis, San Francisco de Sales, y de modo particular, San Juan Eudes, quien reunía siempre las devociones al Corazón de Jesús y al Corazón de María. Fue el primero en conseguir en 1672 el esplendor de un culto litúrgico al Sagrado Corazón, con oficio y Misa propios, celebrados en las diócesis en que eran permitidos por los respectivos obispos.

Sin embargo, fue en la bendita atmósfera de Paray-le-Monial donde se realizaron los prodigios y hechos fundamentales para que esa devoción se consolidase, asumiese sus aspectos definitivos, y se esparciese por la Iglesia universal.

Para un vigoroso impulso inicial, así como para llevar adelante la misión que le confiara el Divino Maestro, Santa Margarita María encontró gran apoyo en San Claudio de la Colombière –su confesor y hombre de virtudes extraordinarias-, bien como en la Orden de los Jesuítas a la que éste pertenecía. Desde entonces, los hijos de San Ignacio se volvieron denodados heraldos de esa devoción.

El culto al Sagrado Corazón fomentado así, comenzó a propagarse rápidamente, siendo protegido y favorecido por los Sumos Pontífices con importantes indulgencias. En 1856, el Papa Pío IX extendió a toda la Iglesia la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, fijada para el primer viernes después de la octava de Corpus Christi, fecha en que hasta hoy es celebrada.

En el inicio de la década de 1920 tuvieron lugar las apariciones del Sagrado Corazón a Sor Josefa Menéndez, religiosa coadjutora de la Societé du Sacre Coeur de Jésus, conocidas como el “llamamiento al Amor”. En ese mensaje –cuyos puntos más sobresalientes transcribimos al comienzo de este trabajo- Nuestro Señor no hace sino redescubrir a los hombres, con desvelo aún mayor, el tesoro insondable de clemencia y de misericordia que Él nos ha reservado.

En lo que dice respecto al alcance y a los frutos de esa devoción, sobre ello ya se manifestó Santa Margarita María: “No hay”, dijo ella, “camino más corto ni mas seguro para la perfección de que consagrarse al divino Corazón, prestándole todos los homenajes de amor, honra y alabanza de que somos capaces. Creo que, en la vida espiritual no existe devoción más propia para que en breve plazo se pueda llevar un alma a la santidad, y hacerla experimentar la verdadera felicidad en el servicio del Corazón de Jesús."

Por medio de esta devoción se establece la más íntima y preciosa relación que podemos tener con Jesús, conociendo a qué extremos somos llamados por Él, y en consecuencia, cuánto le debemos en amor, gratitud, reparación y en fidelidad a sus designios superiores. Por lo tanto, “todos debemos beber del Corazón divino, que es fuente de vida y santidad. No hay en el universo creado otro lugar del cual pueda brotar la santificación para la vida humana, fuera de este Corazón que tanto nos amó” (Juan Pablo II, Idem, agosto de 1986).

Esa devoción tiene igualmente extraordinario alcance para el conjunto de la humanidad, produciendo frutos no menos valiosos. Ella ofrece eficaz remedio para los males que afectan al mundo contemporáneo. En efecto, es la devoción de la bondad y de la misericordia. Ella recuerda a los hombres —tan ávidos de afecto y sin embargo tan llenos de egoísmo— que un amor incomparable hizo descender del cielo al Verbo de Dios; que este amor fue su alimento sobre la tierra y lo acompañó hasta la eternidad, donde no lo deja descansar un solo instante, siempre vuelto hacia nosotros.

La Agonía en el Huerto, la Cruz, la Sagrada Eucaristía, milagros de amor divino olvidados por los hombres, vuelven a su memoria a través de la devoción al Sagrado Corazón. Ésta los obliga a creer que existe alguien que los quiere apasionada e infinitamente.

Además de esto, “en el Corazón de Cristo, lleno de amor al Padre y a los hombres sus hermanos, se dio lugar la perfecta reconciliación entre el cielo y la tierra. Quien quisiere experimentar la dulzura de esa reconciliación, debe aceptar la invitación del Señor y dirigirse a Él. En su Corazón encontrará paz y descanso; allí su duda se transformará en certeza, el ansia en quietud, la tristeza en alegría, la perturbación en serenidad. Allí encontrará alivio para el dolor, fuerza para superar el miedo, generosidad para no rendirse al envilecimiento y retomar el camino de la esperanza” (Juan Pablo II, Idem, septiembre de 1989).

Nada más propio pues para levantar a los espíritus abatidos por la tibieza y el desaliento, que la vista de un Dios que oculta su omnipotencia, para que brille y triunfe sólo la misericordia de su Corazón. Nada más propio a rescatar a los hombres de las vías de la incredulidad, de la irreligiosidad y de la indiferencia moral –causas principales de la inmensa crisis moderna-, que prestar oídos al mensaje impregnado de fe, perdón y clemencia inagotables que el sagrado Corazón se dignó traerles desde la eternidad.

¿Y cómo no prevenirnos de una confianza sin límites al pensar que ese Corazón, que a nosotros se ha mostrado tan compasivo e indulgente, es el Señor del mundo y el supremo Juez de los acontecimientos, y que nada nos sucede sin que haya sido ordenado y permitido por Él con miras a nuestra santificación y felicidad?

Esta es la devoción al Sagrado Corazón bien entendida. No es una práctica de culto como otras, sino el pleno desarrollo de la piedad cristiana. Es en el Sagrado Corazón donde el amor divino se reveló en todo su esplendor; y es en relación a Él donde la caridad humana se reviste de toda su plenitud.

En fin, por medio del verdadero conocimiento y culto del Sagrado Corazón, la humanidad se aproxima de Dios; y a través de Él, a ruegos de María Santísima, las bendiciones del cielo se difunden con abundancia sobre la tierra. Sepamos pues corresponder a esa maravillosa profusión de gracias, para que, revelándose nuevamente al mundo, pueda Jesús mostrarse repleto de divina alegría, afirmando:

“¡He aquí el Corazón que tanto amó a los hombres, y que por ellos fue tan profundamente amado!"

("Sagrado Corazón de Jesús, Tesoro de Bondad y de Amor”, Mons João Clá Dias, EP)

Letanías del Sagrado Corazón de Jesús

“El mes de junio está dedicado, de modo especial, a la veneración del Corazón divino. No sólo un día, la fiesta litúrgica que, de ordinario, cae en junio, sino todos los días. Con esto se vincula la devota práctica de rezar o cantar cotidianamente las letanías al Sacratísimo Corazón de Jesús.”

V Señor, ten misericordia de nosotros
R. Señor, ten misericordia de nosotros
V. Cristo, ten misericordia de nosotros
R. Cristo, ten misericordia de nosotros
V. Señor, ten misericordia de nosotros
R. Señor, ten misericordia de nosotros
V. Cristo, óyenos
R. Cristo, óyenos
V. Cristo, escúchanos
R. Cristo, escúchanos
V. Dios, Padre celestial
R. Ten misericordia de nosotros
V. Dios Hijo Redentor del mundo
R. Ten misericordia de nosotros
V. Dios Espíritu Santo
R. Ten misericordia de nosotros
V. Trinidad Santa, un solo Dios
R. Ten misericordia de nosotros
(A las siguientes invocaciones se responde: “TEN MISERICORDIA DE NOSOTROS”)
Corazón de Jesús, Hijo del Eterno Padre, …
Corazón de Jesús, Formado por el Espíritu Santo en el seno de la Virgen Madre, …
Corazón de Jesús, Unido sustancialmente al Verbo de Dios, …
Corazón de Jesús, Templo Santo de Dios, …
Corazón de Jesús, Tabernáculo del Altísimo, …
Corazón de Jesús, Casa de Dios y Puerta del Cielo, …
Corazón de Jesús, Horno Ardiente de Caridad, …
Corazón de Jesús, Santuario de Justicia y de Amor, …
Corazón de Jesús, Lleno de Bondad y de Amor, …
Corazón de Jesús, Abismo de todas las virtudes,..
Corazón de Jesús, Dignísimo de toda alabanza,…
Corazón de Jesús, Rey y centro de todos los corazones,…
Corazón de Jesús, en Quien se hallan todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia,…
Corazón de Jesús, en Quien reside toda la plenitud de la Divinidad,…
Corazón de Jesús, en Quien el Padre halló sus complacencias,…
Corazón de Jesús, de cuya plenitud todos hemos recibido, …
Corazón de Jesús, Deseo de los eternos collados, …
Corazón de Jesús, Paciente y lleno de misericordia, …
Corazón de Jesús, Generoso para todos los que te invocan,…
Corazón de Jesús, Fuente de vida y santidad,…
Corazón de Jesús, Propiciación por nuestros pecados,…
Corazón de Jesús, Saciado de oprobios,…
Corazón de Jesús, Hecho Obediente hasta la muerte, …
Corazón de Jesús, Traspasado por una lanza,…
Corazón de Jesús, Fuente de todo consuelo,…
Corazón de Jesús, Vida y resurrección nuestra,…
Corazón de Jesús, Paz y reconciliación nuestra,…
Corazón de Jesús, Víctima por los pecadores, …
Corazón de Jesús, Salvación de los que en ti esperan,…
Corazón de Jesús, Esperanza de los que en ti mueren, …
Corazón de Jesús, Delicia de todos los Santos,…
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo,
- Perdónanos Señor.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo,
- Ten misericordia de nosotros.
Jesús, manso y humilde de Corazón,
- Haz nuestro corazón semejante al tuyo.
ORACIÓN
Oh Dios Todopoderoso y Eterno, mira el Corazón de tu amantísimo Hijo, las alabanzas y satisfacciones que en nombre de los pecadores te ofrece y concede el perdón a quienes te piden misericordia en el nombre de tu mismo Hijo, Jesucristo, el cual vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén.

martes, 28 de junio de 2011

Fiesta de Santos Pedro y Pablo

Origen de la fiesta

San Pedro y San Pablo son apóstoles, testigos de Jesús que dieron un gran testimonio. Se dice que son las dos columnas del edificio de la fe cristiana. Dieron su vida por Jesús y gracias a ellos el cristianismo se extendió por todo el mundo.

Los cadáveres de San Pedro y San Pablo estuvieron sepultados juntos por unas décadas, después se les devolvieron a sus sepulturas originales. En 1915 se encontraron estas tumbas y, pintadas en los muros de los sepulcros, expresiones piadosas que ponían de manifiesto la devoción por San Pedro y San Pablo desde los inicios de la vida cristiana. Se cree que en ese lugar se llevaban a cabo las reuniones de los cristianos primitivos. Esta fiesta doble de San Pedro y San Pablo ha sido conmemorada el 29 de Junio desde entonces.

El sentido de tener una fiesta es recordar lo que estos dos grandes santos hicieron, aprender de su ejemplo y pedirles en este día especialmente su intercesión por nosotros.

San Pedro
San Pedro fue uno de los doce apóstoles de Jesús. Su nombre era Simón, pero Jesús lo llamó Cefas que significa “piedra” y le dijo que sería la piedra sobre la que edificaría Su Iglesia. Por esta razón, le conocemos como Pedro. Era pescador de oficio y Jesús lo llamó a ser pescador de hombres, para darles a conocer el amor de Dios y el mensaje de salvación. Él aceptó y dejó su barca, sus redes y su casa para seguir a Jesús.

Pedro era de carácter fuerte e impulsivo y tuvo que luchar contra la comodidad y contra su gusto por lucirse ante los demás. No comprendió a Cristo cuando hablaba acerca de sacrificio, cruz y muerte y hasta le llegó a proponer a Jesús un camino más fácil; se sentía muy seguro de sí mismo y le prometió a Cristo que nunca lo negaría, tan sólo unas horas antes de negarlo tres veces.

Vivió momentos muy importantes junto a Jesús:
?  Vio a Jesús cuando caminó sobre las aguas. Él mismo lo intentó, pero por desconfiar estuvo a punto de ahogarse.
?  Prensenció la Transfiguración del Señor.
?  Estuvo presente cuando aprehendieron a Jesús y le cortó la oreja a uno de los soldados atacantes.
?  Negó a Jesús tres veces, por miedo a los judíos y después se arrepintió de hacerlo.
?  Fue testigo de la Resurrección de Jesús.
?  Jesús, después de resucitar, le preguntó tres veces si lo amaba y las tres veces respondió que sí. Entonces, Jesús le confirmó su misión como jefe Supremo de la Iglesia.
?  Estuvo presente cuando Jesús subió al cielo en la Ascensión y permaneció fiel en la oración esperando al Espíritu Santo.
?  Recibió al Espíritu Santo el día de Pentecostés y con la fuerza y el valor que le entregó, comenzó su predicación del mensaje de Jesús. Dejó atrás las dudas, la cobardía y los miedos y tomó el mando de la Iglesia, bautizando ese día a varios miles de personas.
?  Realizó muchos milagros en nombre de Jesús.

En los Hechos de los Apóstoles, se narran varias hazañas y aventuras de Pedro como primer jefe de la Iglesia. Nos narran que fue hecho prisionero con Juan, que defendió a Cristo ante los tribunales judíos, que fue encarcelado por orden del Sanedrín y librado milagrosamente de sus cadenas para volver a predicar en el templo; que lo detuvieron por segunda vez y aún así, se negó a dejar de predicar y fue mandado a azotar.

Pedro convirtió a muchos judíos y pensó que ya había cumplido con su misión, pero Jesús se le apareció y le pidió que llevara esta conversión a los gentiles, a los no judíos.
En esa época, Roma era la ciudad más importante del mundo, por lo que Pedro decidió ir allá a predicar a Jesús. Ahí se encontró con varias dificultades: los romanos tomaban las creencias y los dioses que más les gustaban de los distintos países que conquistaban. Cada familia tenía sus dioses del hogar. La superstición era una verdadera plaga, abundaban los adivinos y los magos. Él comenzó con su predicación y ahí surgieron las primeras comunidades cristianas. Estas comunidades daban un gran ejemplo de amor, alegría y de honestidad, en una sociedad violenta y egoísta. En menos de trescientos años, la mayoría de los corazones del imperio romano quedaron conquistados para Jesús. Desde entonces, Roma se constituyó como el centro del cristianismo.

En el año 64, hubo un incendio muy grande en Roma que no fue posible sofocar. Se corría el rumor de que había sido el emperador Nerón el que lo había provocado. Nerón se dio cuenta que peligraba su trono y alguien le sugirió que acusara a los cristianos de haber provocado el incendio. Fue así como se inició una verdadera “cacería” de los cristianos: los arrojaban al circo romano para ser devorados por los leones, eran quemados en los jardines, asesinados en plena calle o torturados cruelmente. Durante esta persecución, que duró unos tres años, murió crucificado Pedro por mandato del emperador Nerón.

Pidió ser crucificado de cabeza, porque no se sentía digno de morir como su Maestro. Treinta y siete años duró su seguimiento fiel a Jesús. Fue sepultado en la Colina Vaticana, cerca del lugar de su martirio. Ahí se construyó la Basílica de San Pedro, centro de la cristiandad.

San Pedro escribió dos cartas o epístolas que forman parte de la Sagrada Escritura.

¿Qué nos enseña la vida de Pedro?

Nos enseña que, a pesar de la debilidad humana, Dios nos ama y nos llama a la santidad. A pesar de todos los defectos que tenía, Pedro logró cumplir con su misión. Para ser un buen cristiano hay que esforzarse por ser santos todos los días. Pedro concretamente nos dice: “Sean santos en su proceder como es santo el que los ha llamado” (I Pedro, 1,15)
Cada quien, de acuerdo a su estado de vida, debe trabajar y pedirle a Dios que le ayude a alcanzar su santidad.
Nos enseña que el Espíritu Santo puede obrar maravillas en un hombre común y corriente. Lo puede hacer capaz de superar los más grandes obstáculos.

La Institución del Papado
Toda organización necesita de una cabeza y Pedro fue el primer jefe y la primera cabeza de la Iglesia. Fue el primer Papa de la Iglesia Católica. Jesús le entregó las llaves del Reino y le dijo que todo lo que atara en la Tierra quedaría atado en el Cielo y todo lo que desatara quedaría desatado en el Cielo. Jesús le encargó cuidar de su Iglesia, cuidar de su rebaño. El trabajo del Papa no sólo es un trabajo de organización y dirección. Es, ante todo, el trabajo de un padre que vela por sus hijos.

El Papa es el representante de Cristo en el mundo y es la cabeza visible de la Iglesia. Es el pastor de la Iglesia, la dirige y la mantiene unida. Está asistido por el Espíritu Santo, quien actúa directamente sobre Él, lo santifica y le ayuda con sus dones a guiar y fortalecer a la Iglesia con su ejemplo y palabra. El Papa tiene la misión de enseñar, santificar y gobernar a la Iglesia.

Nosotros, como cristianos debemos amarlo por lo que es y por lo que representa, como un hombre santo que nos da un gran ejemplo y como el representante de Jesucristo en la Tierra. Reconocerlo como nuestro pastor, obedecer sus mandatos, conocer su palabra, ser fieles a sus enseñanzas, defender su persona y su obra y rezar por Él.

Cuando un Papa muere, se reúnen en el Vaticano todos los cardenales del mundo para elegir al nuevo sucesor de San Pedro y a puerta cerrada, se reúnen en Cónclave (que significa: cerrados con llave). Así permanecen en oración y sacrificio, pidiéndole al Espíritu Santo que los ilumine. Mientras no se ha elegido Papa, en la chimenea del Vaticano sale humo negro y cuando ya se ha elegido, sale humo blanco como señal de que ya se escogió al nuevo representante de Cristo en la Tierra.

San Pablo


Su nombre hebreo era Saulo. Era judío de raza, griego de educación y ciudadano romano. Nació en la provincia romana de Cilicia, en la ciudad de Tarso. Era inteligente y bien preparado. Había estudiado en las mejores escuelas de Jerusalén.
Era enemigo de la nueva religión cristiana ya que era un fariseo muy estricto. Estaba convencido y comprometido con su fe judía. Quería dar testimonio de ésta y defenderla a toda costa. Consideraba a los cristianos como una amenaza para su religión y creía que se debía acabar con ellos a cualquier costo. Se dedicó a combatir a los cristianos, quienes tenían razones para temerle. Los jefes del Sanedrín de Jerusalén le encargaron que apresara a los cristianos de la ciudad de Damasco.

En el camino a Damasco, se le apareció Jesús en medio de un gran resplandor, cayó en tierra y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” ( Hechos de los Apóstoles 9, 1-9.20-22.).
Con esta frase, Pablo comprendió que Jesús era verdaderamente Hijo de Dios y que al perseguir a los cristianos perseguía al mismo Cristo que vivía en cada cristiano. Después de este acontecimiento, Saulo se levantó del suelo, y aunque tenía los ojos abiertos no veía nada. Lo llevaron a Damasco y pasó tres días sin comer ni beber. Ahí, Ananías, obedeciendo a Jesús, hizo que Saulo recobrara la vista, se levantara y fuera bautizado. Tomó alimento y se sintió con fuerzas.
Estuvo algunos días con los discípulos de Damasco y después empezó a predicar a favor de Jesús, diciendo que era el Hijo de Dios. Saulo se cambió el nombre por Pablo. Fue a Jerusalén para ponerse a la orden de San Pedro.

La conversión de Pablo fue total y es el más grande apóstol que la Iglesia ha tenido. Fue el “apóstol de los gentiles” ya que llevó el Evangelio a todos los hombres, no sólo al pueblo judío. Comprendió muy bien el significado de ser apóstol, y de hacer apostolado a favor del mensaje de Jesús. Fue fiel al llamado que Jesús le hizo en al camino a Damasco.

Llevó el Evangelio por todo el mundo mediterráneo. Su labor no fue fácil. Por un lado, los cristianos desconfiaban de él, por su fama de gran perseguidor de las comunidades cristianas. Los judíos, por su parte, le tenían coraje por "cambiarse de bando". En varias ocasiones se tuvo que esconder y huir del lugar donde estaba, porque su vida peligraba. Realizó cuatro grandes viajes apostólicos para llevar a todos los hombres el mensaje de salvación, creando nuevas comunidades cristianas en los lugares por los que pasaba y enseñando y apoyando las comunidades ya existentes.

Escribió catorce cartas o epístolas que forman parte de la Sagrada Escritura.

Al igual que Pedro, fue martirizado en Roma. Le cortaron la cabeza con una espada pues, como era ciudadano romano, no podían condenarlo a morir en una cruz, ya que era una muerte reservada para los esclavos.

¿Qué nos enseña la vida de San Pablo?
Nos enseña la importancia de la labor apostólica de los cristianos. Todos los cristianos debemos ser apóstoles, anunciar a Cristo comunicando su mensaje con la palabra y el ejemplo, cada uno en el lugar donde viva, y de diferentes maneras.

Nos enseña el valor de la conversión. Nos enseña a hacer caso a Jesús dejando nuestra vida antigua de pecado para comenzar una vida dedicada a la santidad, a las buenas obras y al apostolado.

Esta conversión siguió varios pasos:

1. Cristo dio el primer paso: Cristo buscó la conversión de Pablo, le tenía una misión concreta.
2. Pablo aceptó los dones de Cristo: El mayor de estos dones fue el de ver a Cristo en el camino a Damasco y reconocerlo como Hijo de Dios.
3. Pablo vivió el amor que Cristo le dio: No sólo aceptó este amor, sino que los hizo parte de su vida. De ser el principal perseguidor, se convirtió en el principal propagador de la fe católica.
4. Pablo comunicó el amor que Cristo le dio: Se dedicó a llevar el gran don que había recibido a los demás. Su vida fue un constante ir y venir, fundando comunidades cristianas, llevando el Evangelio y animando con sus cartas a los nuevos cristianos en común acuerdo con San Pedro.

Estos mismos pasos son los que Cristo utiliza en cada uno de los cristianos. Nosotros podemos dar una respuesta personal a este llamado. Así como lo hizo Pablo en su época y con las circunstancias de la vida, así cada uno de nosotros hoy puede dar una respuesta al llamado de Jesús.

viernes, 24 de junio de 2011

Natividad de San Juan Bautista


La liturgia nos invita a celebrar la Natividad de San Juan Bautista, el único santo cuyo nacimiento se conmemora, porque marcó el inicio del cumplimiento de las promesas divinas: Juan es el "profeta", identificado con Elías, que estaba destinado a preceder inmediatamente al Mesías a fin de preparar al pueblo de Israel para su venida (cf.  Mt 11, 14; 17, 10-13). Su fiesta nos recuerda que toda nuestra vida está siempre "en relación con" Cristo y se realiza acogiéndolo a él, Palabra, Luz y Esposo, de quien somos voces, lámparas y amigos (cf. Jn 1, 1. 23; 1, 7-8; 3, 29). "Es preciso que él crezca y que yo disminuya" (Jn 3, 30): estas palabras del Bautista constituyen un programa para todo cristiano. (Benedicto XVI, Ángelus, 25 de Junio de 2006)

Cinco siglos habían pasado sin que naciera el profeta en Israel. ¿Por qué? Porque la venida de aquél que los profetas habían anunciado estaba cerca.
1.jpgLos tiempos se cumplieron. Jacob había previsto que el Mesías vendría cuando el cetro o el poder soberano saliesen de Judá. El pueblo de Judá no tenía más el poder soberano: residía ahora en manos del edomita Herodes, que lo recibió de los romanos.
Los romanos eran verdaderos señores. Pasaron cuatro imperios de Daniel a Jesucristo. El cuarto imperio, el de los romanos, se extendía sobre todos los pueblos. Después de largas y sangrientas guerras, reinaba la paz, una paz universal.
Estaba por venir el Dios de la paz. Todos lo esperaban. No solamente los judíos, también los gentiles. En esta expectativa general, eran sobre todo los justos que redoblaban las oraciones y votos.
Había otro hombre en Jerusalén. Se llamaba Simeón. Justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel. El Espíritu Santo, que vivía en él, le hizo saber que no vería la muerte antes de ver a Jesús, el Cristo.
En la misma esperanza, una santa viuda, Ana la profetiza, no abandonaba el templo, donde ayunaba y rezaba día y noche.
El sacerdote Zacarías, ofreciendo incienso delante del santuario, vio un ángel, el ángel que le anunció que sería padre del Precursor, profeta que predecería inmediatamente al Señor.
Zacarías dijo al ángel:
- ¿Cómo conoceré esto? Porque soy viejo, y mi mujer está avanzada en edad.
Respondiendo el ángel, le dijo:
- Yo soy Gabriel, que asisto delante de Dios; fui enviado para hablar y dar esta buena nueva. Hé aquí que quedarás mudo, y no podrás hablar hasta el día en que estas cosas sucedan, puesto que no creíste en mis palabras que se han de cumplir a su tiempo.
Y el pueblo, saliendo Zacarías del templo, observó que había ocurrido una misteriosa aparición. Y la esperanza de conocer en breve al Mesías nació en todos los corazones.
La misteriosa aparición de Zacarías comenzó a revelarse. Es que nació un hijo de Isabel. ¿Quién era aquel niño? De él se contaban historias maravillosas. Una virgen de Nazareth fue a saludar a la madre. El saludo lo estremeció de alegría en las entrañas maternales. Y la madre, llena del Espíritu Santo, profetizó de la virgen de Nazareth cosas extraordinarias.
¿Quién era ese niño? ¿Qué nombre le darían? No tendría el nombre del padre, Zacarías, que quiere decir “a quien Dios recuerda”, sino Juan, o sea, lleno de gracia. Y después que al padre se le liberó la lengua, profetizó diciendo:
"Bendito sea el Señor Dios de Israel, porque visitó y rescató a su pueblo; y suscitó una fuerza para salvarnos en la casa de su siervo David, conforme anunció por la boca de sus santos, de sus profetas, desde los tiempos antiguos; que nos libraría de nuestros enemigos, y de manos de todos los que nos odian; para ejercer su misericordia a favor de nuestros padres, y recordar su santa alianza, según el juramento que hizo a nuestro padre Abrahán, de concedernos que, libres de las manos de nuestros enemigos, lo sirvamos sin temor, caminando delante de él con santidad y justicia, durante todos los días de nuestras vidas".
Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos; para dar a su pueblo el conocimiento de la salvación, para remisión de sus pecados, por las entrañas de la misericordia de nuestro Dios, gracias a que nos visitó de lo alto el Sol naciente. Para iluminar a los que se encuentran en las tinieblas y sombras de la muerte; para dirigir nuestros pasos en el camino de la paz".
Ahora, el niño crecía y se fortificaba en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel.
En ausencia de indicaciones exactas de parte de San Lucas, es difícil especificar la edad con que San Juan Bautista buscó el desierto. Es probable que, aunque joven, estaba el santo Precursor suficientemente apto para proveerse a si propio, lo que lleva a creer que contaba de diez a doce años. Los padres, naturalmente, ya habían fallecido.
¿Que vida llevaba San Juan en el desierto? Dice el Padre Buzy:
Es inútil demorarse en describir el tipo de vida del Precursor en el desierto...Es cierto que el precoz anacoreta vivió por cuenta de la divina Providencia.
Más adelante comenta:
Algunas hierbas en primavera, raíces, miel, frutas silvestres, fueron, en mayor o menor medida, las riquezas que poseía. Pero si el cuerpo era tratado con rigor, el alma se alimentaba abundantemente con los divinos festines de la oración y de la reflexión.
Y vino el ministerio de San Juan y el bautismo de Jesús.
En el año décimo quinto del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilatos gobernador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea, y Felipe, su hermano, tetrarca de Iturea y de la provincia de Traconite, y Lisanias tetrarca de Abilene, siendo pontífices Anás y Caifás, el Señor habló a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y él fue a la tierra del Jordán, predicando el bautismo de penitencia para la remisión de los pecados, como está escrito en el libro de las palabras del profeta Isaías: Voz que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas. Todo el valle será reconstruido, y todo monte y colina será arrasado, y los planes escabrosos; y todo hombre verá la salvación de Dios..
Decía Juan a las multitudes, que venían a ser bautizadas:2.jpg
- Raza de víboras, ¿quien os enseñó a huir de la ira que os amenaza? Haced, por tanto, frutos dignos de penitencia, y no comencéis a decir: Tenemos a Abrahán por padre. Porque yo os digo que Dios es poderoso para suscitar de estas piedras hijos de Abrahán. Porque el hacha ya está puesta en la raíz de los árboles. Todo árbol que no de buen fruto, será cortado y lanzado al fuego.
Y las multitudes lo interrogaban diciendo:
- ¿Qué debemos hacer nosotros? Y les respondió diciendo:
- El que tiene dos túnicas, de una al que no tiene, y el que tiene que comer haga lo mismo.
Fueron también publícanos, para ser bautizados y le dijeron:
- Maestro, ¿qué debemos hacer? Y les respondió:
- No exijas nada más de lo que está establecido.
Lo interrogaron también los soldados, diciendo:
- ¿Y nosotros qué haremos? Y les dijo:
- No hagáis violencia a nadie, ni denunciéis falsamente, y contentáos con vuestro sueldo.
Estando el pueblo a la expectativa, y pensando todos en sus corazones que tal vez fuese el Cristo, Juan respondió diciendo a todos:
Yo, en verdad, bautizo con agua, pero vendrá uno más grande que yo, a quien yo no soy digno de desatar la correa de sus zapatos; él os bautizará en el Espíritu Santo y con fuego; tomará en su mano la pala y limpiará la trilla del suelo, y recogerá el trigo en su granero, pero la paja la quemará en un fuego inextinguible.
Y predicaba muchas otras cosas al pueblo, enseñándoles.
Y él, vestía con pieles de camello, y con un cinturón de cuero a la cintura; y su comida eran langostas y miel silvestre.
Y salió a Jerusalén, a la Judea y toda la región del Jordán, confesando sus pecados. Todos corrían a escucharlo, pero no todos buscaban el bautismo: Todo el pueblo que lo escuchó, incluso los publícanos, dieron gloria a Dios, haciéndose bautizar con el bautismo de Juan. Los fariseos, sin embargo, y los doctores de la ley frustraron el designio de Dios respecto de ellos, no se hicieron bautizar por él.
¿Y qué exigía San Juan Bautista a sus discípulos? Un arrepentimiento moral, una conversión interior, una pureza toda espiritual, de la cual el bautismo sería un signo.
****************
He aquí el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron de Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle:

- ¿Quién eres tu?

Él confesó la verdad y no la negó; dijo:

- Yo no soy Cristo. - Ellos le preguntaron:

- ¿Quién eres entonces? ¿Eres tu Elías? - Él respondió:

- No soy.

- ¿Eres tu el profeta? - No. - Dijeron entonces:

- ¿Quién eres entonces? para que podamos responder a los que nos enviaron: ¿Qué decimos de tí? - Y les dijo:

- Yo soy la voz que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como lo dijo el profeta Isaías.
Ahora, los que habían sido enviados eran fariseos. Lo interrogaron diciendo:
- ¿Cómo bautizas entonces, si no eres Cristo, ni Elías, ni el profeta? – Juan respondió diciendo:
- Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está quien no conocéis. Ese es el que ha de venir después de mí, al que no soy digno de desatar la correa de las sandalias.
Estas cosas pasaron en Betania, más allá de la orilla del Jordán, donde Juan estaba bautizando.
Juan y Jesús iban a encontrarse:
Entonces Jesús de Galilea iba al Jordán y se presentó a Juan para ser bautizado, pero Juan se oponía diciendo:
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- Soy yo el que debo ser bautizado por ti y ¿tú vienes a mí? – Respondió Jesús:
- Deja por ahora, pues conviene que cumplamos así toda la ley.
Después que fue bautizado, Jesús salió del agua. Y se abrieron los cielos, y vio al Espíritu Santo descender como paloma y venir sobre él. Y se escuchó una voz del cielo, que decía:
- Este es mi hijo amado, en el cual puse mis complacencias.
Al día siguiente, Juan vio a Jesús que venía a estar con él, y le dijo:
Es el Cordero de Dios, el que quita los pecados del mundo. Este es aquél, de quien yo dije: - Después de mí viene un hombre que me precede, porque era antes de mí y yo no lo conocía, pero vino a bautizarse con agua, para ser reconocido en Israel.
Juan dio testimonio, diciendo:
Ví al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y reposó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envío a bautizar con agua, me dijo:
- Aquél sobre quien vieres descender o reposar el Espíritu, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo. Yo lo ví, y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios.
SAN JUAN BAUTISTA
Después de Nuestra Señora, tal vez sea San Juan Bautista el santo más venerado por los Cristianos.
Como la Santa Madre de Dios, de él también se celebra la fecha de los dos nacimientos: para la vida terrena, el 24 de junio, y para la vida eterna el 29 de agosto. Además, San Juan y María Santísima eran parientes cercanos.
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Desde el Antiguo Testamento encontramos trechos que se refieren a San Juan Bautista, el Precursor: estrella de la mañana que con su brillo excedía el brillo de todas las otras estrellas y anunciaba la mañana del día bendecido, iluminado por el Sol espiritual de Cristo (Mal. 4:2). Ver Isaías.
A causa de sus predicaciones, San Juan fue rápidamente puesto como profeta. Aquella categoría de hombres especialmente escogidos por la Providencia que, hablando por inspiración divina, anuncian los acontecimientos, escuchan e interpretan los pasos del Creador en la historia, orientando el caminar del pueblo de Dios.
Los Santos Evangelios se refieren a él como uno de esos hombres. Tal vez como siendo el mayor de ellos (Lc 7, 26-28), toda vez que con San Juan Bautista la misión profética alcanzó su plenitud y él es uno de los enlaces entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.
Los otros profetas fueron un preanuncio del Bautista.  Sólo él pudo presentar al propio Nuestro Señor Jesucristo en persona como siendo el Mesías prometido, el Salvador y Redentor de la humanidad.
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El Evangelista San Lucas nos cuenta que Juan, el “Bautista”, el “Precursor”, nació en una ciudad del reino de Judá, cerca de Hebron, en las montañas, al sur de Jerusalén y que era descendiente del santo patriarca Abrahán, iniciador de la historia del pueblo de Israel.
Su padre fue sacerdote, San Zacarías (de la generación de Aarón) y su Madre fue Santa Isabel (de la generación de David), prima de la Virgen María , Madre de Nuestro Señor Jesucristo.
San Lucas resalta también las circunstancias sobrenaturales que precedieron el nacimiento de San Juan Bautista: Isabel, estéril y ya anciana, vio posible realizar su justo deseo de tener un descendiente cuando el arcángel San Gabriel anunció a Zacarías, su esposo, que ella daría a luz un hijo. El niño debería llamarse Juan y sería precursor del Salvador.
Por la gracia de Dios el niño no fue muerto en la masacre de los inocentes cuando miles de niños fueron asesinados en la región de Belén, regida por Herodes.
Algunos meses después de quedar embarazada, Isabel recibió la visita de Nuestra Señora: “María se levantó y fue a prisa a las montañas, a una ciudad de Judá. Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel".
Ahora, apenas Isabel escuchó el saludo de María, la criatura se estremeció en su seno; e Isabel quedó llena del Espíritu Santo.
Y exclamó en alta voz: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre.¿De dónde me viene esta honra de venir a mí la Madre de mi Señor? Así que la voz de tu saludo llegó a mis oídos, la criatura se estremeció de alegría en mi seno.” (Lc 1:39-44).
Esas circunstancias, impregnadas de un clima sobrenatural, fueron preparadas sabiamente por la Divina Providencia para que el papel de Juan Bautista fuese realzado como precursor de Cristo.  Esos hechos acontecieron cerca del año 5, antes de Cristo, en el territorio donde habitaba la tribu de Judá.
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Todavía en su juventud, Juan se retiró al desierto. En ese ambiente austero, recogido y apartado de los hombres se preparó para su misión. Vestido con pieles de camello y un cinturón de cuero, alimentándose con miel silvestre y langostas.
Con ayunos y oraciones, se puso enteramente en la presencia del Altísimo, llevando una vida extremadamente coherente con sus enseñanzas. Permaneció en el desierto hasta cerca de los treinta años, cuando inició sus predicaciones en las márgenes del río Jordán.
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La importancia del papel de San Juan Bautista reside en el hecho de haber sido el “precursor” de Cristo. Fue él la voz que clamaba en el desierto anunciando la llegada del Mesías, no cesando, jamás, de llamar a los hombres a la conversión: “Arrepentíos y convertíos, pues el reino de Dios está cerca”. En sus predicaciones insistía siempre para que los judíos, por la penitencia, se prepararan, pues estaba cerca la llegada del Mesías prometido.
Juan pasó a ser conocido como “Bautista” a causa de la importancia que daba al bautismo, un ritual de purificación corporal donde la inmersión en el agua simbolizaba el cambio de vida interior del bautizado.
No dejaba nunca de alentar a sus oyentes y discípulos: “Después de mí viene un hombre que pasa delante de mí, porque antes de mí él ya existía! Yo tampoco lo conocía, pero vine a bautizar con agua para que él fuese manifestado a Israel".
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Juan predicó también en la corte de Herodes Antipas, tetrarca de Galilea.
Fue a quien él tuvo oportunidad de denunciar la vida escandalosa que el gobernante llevaba. Y fue también esa denuncia que sirvió de motivo para que Juan Bautista fuera preso.
Él no fue condenado a muerte en esa ocasión porque el tetrarca sabía de la popularidad del ya muy conocido predicador y temía la reacción del pueblo frente a esa medida extrema.
Pero, como lo relata el evangelista San Marcos (6: 21-29), sucedió que durante las conmemoraciones del aniversario de Herodes, Salomé, hija de Herodías – mujer con la cual el gobernante mantenía una relación irregular e inmoral – agradó tanto al aniversariante que éste prometió atender cualquier pedido que hiciera la joven.
Instigada por la madre, ella pidió la cabeza de Juan Bautista. Herodes cumplió lo que había prometido: mando degollar a Juan Bautista y su cabeza fue traída en una bandeja y entregada a Salomé.
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"Entre los hijos de mujer, nadie sobrepasa a Juan Bautista" (Lc 7,28): la vanidad, el orgullo, la soberbia, jamás encontraron lugar en su corazón.
Por causa de su austeridad y de su fidelidad cristiana, él fue confundido con el propio Jesucristo, pero, inmediatamente, él respondía: “Yo no soy el Cristo, pero fuí enviado delante de él”. (Juan 3,28) y “no soy digno de desatar la correa de sus sandalias”. (Juan 1,27). Juan bautizó a Jesús, aunque no quisiese hacerlo, diciendo: “Yo soy el que tengo la necesidad de ser bautizado por tí y tú vienes a mí?” (Mt 3:14).
Cuando sus discípulos vacilantes no sabían a quién seguir, él apuntaba en dirección de aquél que es el único camino: “Es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. (Juan 1,29).
Y daba testimonio de Jesús: “Yo ví al Espíritu descender del cielo, como paloma, y permanecer sobre él. Pues yo no lo conocía, pero quien me envió me dijo: Aquél sobre quien veas el Espíritu descender y permanecer, es el que bautiza con Espíritu Santo. Yo ví, y por eso doy testimonio: ¡él es el Hijo de Dios!"
El bautismo de Nuestro Señor marcó el apogeo del ministerio de San Juan. De allí en adelante, el Precursor, poco a poco, voluntariamente, se fue apagando hasta desaparecer.
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¿Cómo San Juan Bautista se encontró con Herodes? La historia nos dice, y también los textos evangélicos dan bien la imagen de una entrevista cara a cara, en la que el Precursor reprende al tirano:
Sin embargo, Herodes tetrarca, siendo reprendido por él a causa de Herodías, mujer de su hermano, y por causa de todos los males que había cometido, agregó a todos los otros crímenes este nuevo: mandar a Juan a una cárcel:
Dice San Marcos:
En efecto, Herodes había mandado capturar a Juan, y lo había encadenado en una cárcel, por causa de Herodías, mujer de Felipe, su hermano, con la que se había casado ilícitamente. Porque Juan decía a Herodes:
No te es lícito tener a la mujer de tu hermano.
Herodías tenía rencor y quería matarlo, pero no podía, porque Herodes, sabiendo que Juan era varón justo y santo, lo miraba con mucho respeto, lo protegía y cuando lo escuchaba, quedaba muy perplejo y lo oía con buena voluntad.
En prisión, San Juan Bautista seguramente tuvo varias entrevistas con el déspota, y, a pesar de estar capturado, se mantenía al tanto de los acontecimientos que se relacionaban con el Mesías, gracias a los discípulos que lo visitaban. Sólo así, pudo haber enviado a Jesús una comisión:
Y como Juan, estando en una cárcel, escuchó hablar de las obras de Cristo, envío dos de sus discípulos a decirle: - ¿Eres tu aquél que ha de venir, o debemos esperar a otro? Jesús respondiendo le dijo: - Id, y contad a Juan lo que escuchásteis y vísteis: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpios, los sordos escuchan, los muertos resucitan, los pobre son evangelizados; y bienaventurado aquél que no encuentre en mi motivo de escándalo.
Juan, en este momento, no dudaba que Jesús fuese el Mesías. Mandó a los discípulos con tal misión al Salvador para que ellos quedaran igualmente convencidos de la misma verdad. Y Jesús, ¿qué hizo él? Jesús les respondió indirectamente, mostrando que en Él se realizaron los caracteres del Mesías, previstos por el profeta Isaías.
Entonces se abrieron los ojos de los ciegos y se destaparon los oídos de los sordos. Entonces saltará el cojo como un venado, y se desatará la lengua de los mudos.
El Espíritu del Señor reposa sobre mí, porque el Señor me ungió. Me envío a llevar la buena nueva a los infelices, a curar a los de duro corazón, a anunciar la redención a los cautivos y a liberar a los encarcelados; a publicar el año de la gracia del Señor y el día de la venganza de nuestro Dios, a consolar a todos los que lloran.
En San Lucas también hay pasajes en que Juan Bautista envía a Jesús dos de sus discípulos:
Los discípulos de Juan se referían a él en todas estas cosas. Y Juan llamó a dos de sus discípulos, los envío con Jesús a decirle: - ¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?
En aquel mismo momento, Jesús curó muchas enfermedades, de males, de espíritus malignos, y dio la vista a muchos ciegos. Después, respondiendo les dijo:
Id a contar a Juan lo que viste y escuchaste: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpios, los sordos escuchan, los muertos resucitan, a los pobres es anunciado el Evangelio; y bienaventurado aquél que no se escandalice de mí.
Inmediatamente después de la partida de los discípulos de Juan, hizo Nuestro Señor un magnifico elogio al Precursor, diciendo a las multitudes:
¿Qué fueron ustedes a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento? Pero, ¿qué has visto? Un hombre cubierto de delicadas ropas: pero los que viven con ropas preciosas y entre placeres, son los que viven en palacios de reyes. Pero, ¿qué has visto? ¿Un profeta? Sí, yo os digo, es más que un profeta. Este es aquél de quien está escrito: Es que yo envío un ángel delante de ti, el cual preparará tu camino delante de ti. Porque yo os digo: Entre los nacidos de mujeres, no hay mayor profeta que Juan Bautista; pero el que es menor en el reino de Dios es mayor que él.
Todo el pueblo que lo escuchó, incluso los publícanos, dieron gloria a Dios, haciéndose bautizar con el bautismo de Juan. Los fariseos, sin embargo, y los doctores de la ley frustraron el designio de Dios respecto de ellos, no se hicieron bautizar por él.
Entre todos los hombres que hasta entonces habían sido investidos por Dios de una misión providencial, nadie fue llevado a una función tan eminente, tan alta como lo fue San Juan Bautista. Pero el menor en el reino de los cielos, esto es, en el Nuevo Testamento, es mayor que él. Juan Bautista como precursor del Mesías, pertenece al Antiguo Testamento, y, como discípulo de Jesús, pertenece al Nuevo. En el pasaje de arriba, es considerado solamente como precursor, y, como tal, él es inferior en dignidad al más pequeño de los discípulos de Jesús, dado que la religión cristiana excede por mucho a la religión mosaica. (Padre Matos Soares, Biblia, Comentarios)
Llega la última hora del santo Precursor.
Llegando el día indicado, Herodes, en el aniversario de su nacimiento, dio un banquete a los grandes de la corte, a los tribunos y a las personalidades de Galilea. Y habiendo entrado en la sala la hija de la misma Herodías, bailó y agradó a Herodes y a sus invitados. El rey le dijo a la joven:
- Pide lo que quieras, te lo daré, incluso si es la mitad de mi reino.
Ella, salió a consultar con su madre:
4.jpg- ¿Qué he de pedir? – Ella le respondió:
- La cabeza de Juan Bautista.
Y retornando junto al rey, pidió diciendo:
- Quiero que inmediatamente me des en una bandeja, la cabeza de Juan Bautista.
El rey se entristeció, pero por causa del juramento y de sus invitados, no quiso disgustarla, e inmediatamente mandó a un verdugo, con orden de traer la cabeza de Juan. Él fue y lo degolló en la cárcel, llevó la cabeza en una bandeja, la dio a la joven, y ella a su madre. Habiendo escuchado esto, los discípulos fueron y tomaron su cuerpo y los pusieron en un sepulcro.
Era la primavera del año 29, y Juan Bautista debía tener menos de treinta y un años, después de haber estado preso por ocho o nueve meses.
La devoción al Precursor se remonta al siglo IV. La más importante y antigua iglesia elevada en Occidente en honra de San Juan Bautista es la basílica de Letrán, cuya fundación es posterior a Constantino.
En Oriente, San Juan Bautista es representado con alas.
(Vida de Santos, Padre. Rohrbacher, Volumen XI, pag. 143 a 160)

Oración a San Juan Bautista
San Juan Bautista, fuísteis la voz que clamó en el desierto: “Enderezad los caminos del Señor...haced penitencia, porque en medio de vosotros está quien no conocéis y del cual yo no soy digno de desatar los cordones de las sandalias”, ayudadme a hacer penitencia de mis faltas para que yo me torne digno del perdón de Aquél que vos anunciásteis con estas palabras: “Es el Cordero de Dios, el que quita los pecados del mundo".
San Juan Bautista, ruega por nosotros.

miércoles, 22 de junio de 2011

SOLEMNIDAD DE CORPUS CHRISTI

Más que la Encarnación o la muerte en la Cruz, el amor de Dios para con los hombres manifestado en la Eucaristía ultrapasa nuestra capacidad de comprensión.


Hermana Clara Isabel Morazzani Arráiz, EP

María y Jesús caminan juntos. A través de Ella

queremos permanecer en diálogo con el Señor,

aprendiendo de este modo a recibirlo mejor.

(Benedicto XVI, homilía de 11/9/2006)

Corría el año de 1264. El Papa Urbano IV ordenó que se convocara una selecta asamblea que reuniese a los más famosos maestros de teología de aquel tiempo. Entre ellos se encontraban dos varones conocidos no sólo por el brillo de la inteligencia y pureza de su doctrina, sino por la heroicidad, sobre todo, de sus virtudes: Santo Tomás de Aquino y San Buenaventura.



La razón de la convocatoria se relacionaba con una reciente bula pontificia en la que se instituía una fiesta anual en honor al Santísimo Cuerpo de Cristo. Para que esta conmemoración tuviese un gran esplendor, deseaba Urbano IV que se compusiera un Oficio, como también lo propio a la Misa a ser cantada en esa solemnidad. Así, solicitó a cada uno de aquellos doctos personajes que elaboraran una composición y se la presentasen en unos días, con el fin de escoger la mejor.



Célebre se hizo el episodio ocurrido durante la sesión. El primero en exponer su obra fue fray Tomás. Serena y calmamente, desenrolló un pergamino y los circundantes oyeron la declamación pausada de la Secuencia compuesta por él:



Lauda Sion Salvatorem, lauda ducem et pastorem in hymnis et canticis (Loa, Sión, al Salvador, alaba a tu guía y pastor con himnos y cánticos)… Admiración general.



Fray Tomás concluía: ...tuos ibi commensales, cohæredes et sodales, fac sanctorum civium (admítenos en el Cielo entre tus comensales y haznos coherederos en compañía de los que habitan la ciudad de los santos).



Fray Buenaventura, digno hijo del Poverello de Asís, sin titubear rasgó su composición; y los demás lo imitaron, rindiéndole tributo de esta manera al genio y la piedad del Aquinate. La posteridad no llegó a conocer las demás obras, sublimes sin duda, pero inmortalizó el gesto de sus autores, verdadero monumento de humildad y modestia.



Origen de la fiesta de “Corpus Christi"



Varios motivos condujeron a que la Sede Apostólica diese este nuevo impulso al fervor eucarístico, haciendo extensiva a toda la Iglesia una devoción que ya se venía practicando en ciertas regiones de Bélgica, Alemania y Polonia. El primero de ellos se remonta a la época en que Urbano IV, entonces miembro del clero belga de Liège, examinó cuidadosamente el contenido de las revelaciones con las que el Señor se dignó favorecer a una joven religiosa del monasterio agustino de Mont-Cornillón, cercano a aquella ciudad.



En 1208, cuando tenía sólo 16 años, Juliana fue objeto de una singular visión: un refulgente disco blanco, semejante a la luna llena, que tenía uno de sus lados oscurecido por una mancha. Tras algunos años de oración, le fue revelado el significado de aquella luminosa “luna incompleta”: simbolizaba la Liturgia de la Iglesia, a la cual le faltaba una solemnidad en alabanza al Santísimo Sacramento. Santa Juliana de Mont-Cornillón había sido elegida por Dios para comunicar al mundo ese deseo celestial.



Pasaron más de veinte años hasta que la piadosa monja, dominando la repugnancia que procedía de su profunda humildad, se decidiera a cumplir su misión y relatara el mensaje que había recibido. A pedido suyo, fueron consultados varios teólogos, entre ellos el P. Jacques Pantaleón —futuro Obispo de Verdún y Patriarca de Jerusalén—, que se mostró entusiasmado con las revelaciones de Juliana.



Algunas décadas más tarde, y ya habiendo fallecido la santa vidente, quiso la Divina Providencia que el ilustre prelado fuese elevado al Solio Pontificio en 1261, escogiendo el nombre de Urbano IV.





Qué sería de la Iglesia sin la Eucaristía? Sería un museo

dotado de cosas antiguas y preciosas, pero sin vida.

(...) Por esto Jesucristo en la Eucaristía es el corazón

de la Iglesia (...) (Mons. Antonio Augusto dos Santos

Marto, Obispo de Leiria-Fátima)

Se encontraba este Papa en Orvieto, en el verano de 1264, cuando llegó la noticia de que, a poca distancia de allí, en la ciudad de Bolsena, durante una Misa en la iglesia de Santa Cristina, el celebrante —que sentía probaciones en relación a la presencia real de Cristo en la Eucaristía— había visto como la Hostia Sagrada se transformaba en sus propias manos en un pedazo de carne, que derramaba abundante sangre sobre los corporales.



La crónica del milagro se difundió rápidamente en la región. El Papa, informado de todos los detalles, pidió que llevaran las reliquias a Orvieto, con la debida reverencia y solemnidad. Él mismo, acompañado por numerosos cardenales y obispos, salió al encuentro de la procesión que se había organizado para trasladarlas a la catedral.



Poco después, el 11 de agosto del mismo año, Urbano IV emitía la bula Transiturus de hoc mundo, por la que se determinaba la solemne celebración de la fiesta de Corpus Christi en toda la Iglesia. Una afirmación contenida en el texto del documento dejaba entrever un tercer motivo que contribuiría a la promulgación de la mencionada festividad en el calendario litúrgico: “Aunque renovemos todos los días en la Misa la memoria de la institución de este Sacramento, aún estimamos conveniente que sea celebrada más solemnemente, por lo menos una vez al año, para confundir particularmente a los herejes; pues en el Jueves Santo la Iglesia se ocupa de la reconciliación de los penitentes, la consagración del santo crisma, el lavatorio de los pies y otras muchas funciones que le impiden dedicarse plenamente a la veneración de este misterio".



Así, la solemnidad del Santísimo Cuerpo de Cristo nacía también para contrarrestar la perjudicial influencia de ciertas ideas heréticas que se propagaban entre el pueblo en detrimento de la verdadera Fe.



En el siglo XI, Berengario de Tours se opuso abiertamente al Misterio del Altar al negar la transubstanciación y la presencia real de Jesucristo en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en las sagradas especies. Según él, la Eucaristía no era sino pan bendito, dotado sólo de un simbolismo especial. A principios del siglo XII, el heresiarca Tanquelmo esparcía sus errores por Flandes, principalmente en la ciudad de Amberes, afirmando que los sacramentos y la Santísima Eucaristía, sobre todo, no poseían ningún valor.



Aunque todas esas falsas doctrinas ya estuvieran condenadas por la Iglesia, algo de sus ecos nefastos aún se sentían en la Europa cristiana. Así que Urbano IV no juzgó superfluo censurarlas públicamente, de manera que les quitase prestigio e inserción.



La Eucaristía pasa a ser el centro de la vida cristiana



A partir de este momento, la devoción eucarística florecía con gran vigor entre los fieles: los himnos y antífonas compuestos por Santo Tomás de Aquino para la ocasión — entre ellos el Lauda Sion, verdadero compendio de teología del Santísimo Sacramento, llamado por algunos el credo de la Eucaristía— pasaron a ocupar un lugar destacado dentro del tesoro litúrgico de la Iglesia.



Con el transcurso de los siglos, bajo el soplo del Espíritu Santo, la piedad popular y la sabiduría del Magisterio infalible se aliaron en la constitución de costumbres, usos, privilegios y honras que hoy acompañan al Servicio del Altar, formando una rica tradición eucarística.



Aún en el siglo XIII, surgieron las grandes procesiones que llevaban al Santísimo Sacramento por las calles, primeramente dentro de un copón cubierto y después expuesto en un ostensorio. También en este punto el fervor y el sentido artístico de las diferentes naciones se esmeraron en la elaboración de custodias que rivalizaban en belleza y esplendor, en la confección de ornamentos apropiados y en la colocación de inmensas alfombras de flores a lo largo del camino que recorrería el cortejo.



Los Papas Martín V (1417-1431) y Eugenio IV (1431-1447) concedieron generosas indulgencias a quien participase en las procesiones. Más tarde, el Concilio de Trento —en su Decreto sobre la Eucaristía, de 1551— subrayaba el valor de estas demostraciones de Fe: “Declara además el santo Concilio que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad, y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos".1



El amor eucarístico del pueblo fiel no se restringió solamente a manifestaciones externas; al contrario, eran la expresión de un sentimiento profundo puesto por el Espíritu Santo en las almas, en el sentido de valorar el precioso don de la presencia sacramental de Jesús entre los hombres, conforme sus propias palabras: “Y yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). El misterio del amor de un Dios que no sólo se hizo semejante a nosotros para rescatarnos de la muerte del pecado, sino que quiso permanecer, en un extremo de ternura, entre los suyos, escuchando sus pedidos y fortaleciéndoles en sus tribulaciones, pasó a ser el centro de la vida cristiana, el alimento de los fuertes, la pasión de los santos.





«Al llevar la Eucaristía por las calles y plazas, queremos

sumergir el Pan bajado del cielo en lo cotidiano de

nuestra vida; queremos que Jesús camine donde

nosotros caminamos, que viva donde vivimos»

(Papa Benedicto XVI – Ángelus 18-6-2006)

San Pedro Julián Eymard, ardiente devoto y apóstol de la Eucaristía, expresaba en términos llenos de unción esta celestial “locura” del Salvador al permanecer como Sacramento de vida para nosotros:



"Se comprende que el Hijo de Dios, llevado por su amor al hombre, se haya hecho hombre como él, pues era natural que el Creador estuviese interesado en la reparación de la obra que salió de sus manos. Que, por un exceso de amor, el Hombre Dios muriese en la Cruz, se comprende también. Pero lo que no se comprende, aquello que espanta a los débiles en la Fe y escandaliza a los incrédulos, es que Jesucristo glorioso y triunfante, después de haber terminado su misión en la tierra, quiera permanecer aún con nosotros, en un estado más humillante y aniquilado que en Belén o en el Calvario".2



"He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros"



La Eucaristía es el mayor y más sublime de todos los Sacramentos. Aunque el Bautismo merezca, en cierto modo, estar en primer lugar para introducirnos en la vida divina, al hacernos hijos de Dios y partícipes de su naturaleza, la Eucaristía lo supera en cuanto a la sustancia, pues se trata del verdadero Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.



El momento mismo y las circunstancias solemnes en que fue instituido indican la importancia y veneración que Cristo quería infundir en las almas de sus discípulos mediante este admirable Sacramento. Para ello había reservado Él las últimas horas que le quedaban de convivencia con los Apóstoles antes de caminar hacia la muerte, pues “las últimas acciones y palabras que hacen y dicen los amigos en el momento de separarse, se graban con más profundidad en la memoria, imprimiéndose con más fuerza en el alma".3



En aquellos instantes —se podría afirmar— su adorable Corazón latía con santa celeridad por realizar, en el tiempo, aquello que desde la eternidad había contemplado su ciencia divina. Sus palabras “he deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros antes de mi Pasión” (Lc 22, 15), traslucen claramente los inefables anhelos del amor de Dios Encarnado por todos los hombres, la “multitud de hermanos” (Rm 8, 29), por quienes iría a ofrecerse esa misma noche.



El deseo del Divino Maestro era que el misterio de su Cuerpo y Sangre se perpetuase por los siglos futuros: “Haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19). Hemos de considerar, no obstante, que ya mucho antes de la Encarnación la Providencia divina había multiplicado los símbolos y figuras que permitirían a los hombres comprender y amar mejor este Sacramento.



A este respecto, dice Santo Tomás de Aquino: “Este Sacramento es especialmente un memorial de la Pasión de Cristo; y convenía que la Pasión de Cristo, por la que Él nos ha redimido, tuviese una prefigura para que la Fe de los antiguos fuera encaminada hacia el Redentor".4



Melquisedec: símbolo y prenuncio del Supremo Sacerdote



Uno de los signos más remotos de la Eucaristía aparece en el capítulo 14 del Génesis, con ese personaje fascinante y misterioso que salió al encuentro de Abraham para bendecidlo —cuando regresaba de su victoria contra los reyes— ofreciéndole pan y vino. Melquisedec, “rey de Salém, que era sacerdote de Dios, el Altísimo” (Gn 14, 18), reunía en sí las glorias de la realeza, la santidad sacerdotal y el carisma profético.





La Eucaristía es el más alto icono de la Belleza

de Dios revelada en Cristo, porque es la presencia

real de lo “más bello entre los hijos de los

hombres”, la verdadera belleza en persona.

(Mons. Antonio Augusto dos Santos Marto,

Obispo de Leiria-Fátima)

Era el símbolo mismo de Aquél que más tarde proclamaría ante Pilatos: “Yo soy rey” (Jn 18, 37) y sobre quien todos comentaban: “Un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros” (Lc 7, 16). Pero en lo que Melquisedec se mostraba más plenamente como imagen de Cristo, fue en la posesión de un sacerdocio superior al de Aarón, según se narra en la Carta a los Hebreos: “Y si la perfección se daba por el sacerdocio levítico […] ¿qué necesidad hubo después de que se levantase otro sacerdote nombrado según el orden de Melquisedec, y no según el de Aarón? Y aun esto se manifiesta más claro; supuesto que sale a luz otro sacerdote a semejanza de Melquisedec, establecido, no por ley de sucesión carnal como Aarón, sino por el poder de su vida inmortal; como lo declara la Escritura diciendo: Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec” (Hb 7, 11. 15-17).



Cuando Jesucristo baja a la tierra ya no ofrece pan y vino como otrora lo hiciera Melquisedec, sino el sacrificio puro de su Cuerpo y Sangre: “Tú no quisiste víctima ni oblación; pero me diste un oído atento; no pediste holocaustos ni sacrificios, entonces dije: ‘Aquí estoy'” (Sal 39, 7-8). Así, Él llevó a la plenitud aquello que Melquisedec tan sólo había preanunciado.



El Cordero entregado a la muerte por los pecados del pueblo



En el libro del Éxodo abundan las figuras que nos acercan a la Eucaristía. Las encontramos, sobre todo, en la cena pascual prescrita a Moisés por el mismo Dios hasta en los mínimos detalles, en la que los israelitas debían inmolar un cordero sin defecto y comerlo con panes ácimos al atardecer.



Sobre ello nos enseña el Doctor Angélico: “En este Sacramento se pueden considerar tres cosas: lo que es ‘sacramentum tantum', o sea, el pan y el vino; lo que es ‘res et sacramentum', o sea, el verdadero cuerpo de Cristo; y lo que es ‘res tantum', o sea, el efecto de este Sacramento. [...] Pero el cordero pascual prefiguraba este Sacramento en estos tres aspectos. En lo que se refiere al primero, porque se comía con pan ácimo, según la norma de Ez 12, 8: ‘Comerán carne con pan ácimo'. En lo que se refiere al segundo, porque todos los hijos de Israel lo inmolaban el día 14 de la luna, lo cual era figura de la pasión de Cristo, quien por su inocencia se llama cordero. Y en lo que se refiere al efecto, porque la sangre del cordero pascual protegió a los hijos de Israel del ángel exterminador y los libró de la servidumbre egipcia".5



El pan sin levadura —con el que los judíos deberían comer la carne del cordero— representaba también la integridad del Cuerpo de Cristo, concebido en las entrañas purísimas de María, sin ninguna mácula de pecado, y que después de haber muerto no llegó a experimentar la corrupción, como lo anunciaría David: “No me entregarás a la Muerte ni dejarás que tu amigo vea el sepulcro” (Sal 15, 10).



Por eso el Salvador escogió la noche de la Pascua, principal fiesta judaica, para dejar a la humanidad su legado de amor, para que comprendieran que Él mismo es el Cordero inmaculado que había sido entregado a la muerte para quitar los pecados del mundo, por cuya sangre sería apartada la sentencia de condenación que pesaba sobre nosotros desde la caída de Adán y Eva.



Aquella ofrenda que los israelitas, reunidos en Jerusalén, inmolaban a la sombra de una figura profética, el Señor la llevaba a la perfección rodeado por un puñado de discípulos en el exiguo ambiente del Cenáculo. Sin embargo, aquello que por las circunstancias Jesús se vio obligado a realizar en la oscuridad, los Apóstoles deberían decirlo sin tapujos, en el momento oportuno, y proclamarlo a los cuatro vientos (cf. Mt 10, 27), de manera que el Sacrificio de la Nueva Alianza sustituyese definitivamente a los sacrificios antiguos y en adelante fuera celebrado diariamente sobre los altares de la tierra entera. Se cumpliría de esta forma las palabras del Espíritu Santo pronunciadas por la boca de Malaquias: “Desde la salida del sol hasta su ocaso, mi Nombre es grande entre las naciones y en todo lugar se presenta a mi Nombre un sacrificio de incienso y una ofrenda pura” (Ml 1, 11).



A respecto de este pasaje profético, Alustrey comenta: “Estos, pues, son los caracteres del nuevo culto vaticinado por Malaquías: universalidad absoluta de tiempos y lugares, limpieza objetiva de la víctima en sí, incapaz de ser manchada con indignidad alguna del oferente; excelencia insigne, de la que seguirá una gran glorificación de Dios entre las gentes".6



Alimento que repone fuerzas y da vigor





"Quien come mi Carne y bebe mi

Sangre, tiene vida eterna" (Juan 6, 54).

Otra imagen de gran expresividad es la del maná, al que el propio Jesús alude en el sermón sobre el Pan de Vida, referido en el capítulo sexto de San Juan. Este alimento tenue y granulado como la escarcha (cf. Ex 16, 14), que contiene en sí todos los deleites (cf. Sb 16, 20), que nutrió al pueblo elegido durante su largo viaje por el desierto, es también símbolo del Pan del Cielo, prenda de la resurrección futura, que alimenta a todo cristiano, dándole las gracias y fortaleza necesarias para atravesar el desierto de esta vida y llegar a la Tierra Prometida, es decir, a la Patria Celestial.



" El maná que Dios hacía caer cada mañana —comenta San Pedro Julián Eymard— sobre el campamento de los israelitas, contenía todos los gustos y propiedades; reponía las fuerzas perdidas, daba vigor al cuerpo y era un pan muy suave. También la Eucaristía, prefigura del maná, contiene todo tipo de virtudes; es medicina contra nuestras enfermedades, fuerza contra nuestras flaquezas cotidianas, fuente de paz, de gozo y felicidad".7



La mesa revestida de oro



Finalmente, de nuevo en el Éxodo, encontramos una prefigura más de este divino Sacramento cuando Dios le dio orden a Moisés de que hiciera una mesa de madera revestida de oro puro, donde fueran puestos permanentemente ante el Señor los panes sagrados o panes de la proposición.



Aquellos panes, “cosa santísima” (Lv 24, 9) que sólo a los sacerdotes les estaba permitido comer, exigían la pureza ritual del cuerpo (cf. 1 S 21, 4-5) y debían ser consumidos “en el recinto sagrado” (Lv 24,9). A nosotros se nos exige, si queremos aproximarnos a la mesa de la Eucaristía, una purificación mucho mayor que aquella prescrita en la Ley mosaica: “El que coma el pan o beba la copa del Señor indignamente tendrá que dar cuenta del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Que cada uno se examine a sí mismo antes de comer este pan y beber esta copa; porque si come y bebe sin discernir el Cuerpo del Señor, come y bebe su propia condenación” (1 Co 11, 27-29).



Por otra parte, si los panes de la proposición estaban reservados exclusivamente a Aarón y a sus sacerdotes, Nuestro Señor Jesucristo, el verdadero Pan de la proposición, se ofrece como alimento a todos los fieles, sin excepción, y le da a los hombres un privilegio que a los ángeles —por su naturaleza— no les es dado gozar. “¡Cosa admirable! Los pobres, los siervos y los humildes comen a su propio Señor” —canta el himno Sacris Solemnis, también compuesto por Santo Tomás de Aquino para la fiesta de Corpus.



La mesa de oro sobre la cual se encontraban los panes contiene otro simbolismo muy elevado: es la prefigura de la Madre de Dios, en cuyo seno ha sido formado el Cuerpo de Jesús. Sobre esto comenta el P. Jourdain: “María es la mesa mística magníficamente adornada y hecha de madera incorruptible, que Dios ha preparado para los que se complacen en la meditación de las cosas divinas. Ella es la mesa santa y sagrada, que lleva el Pan de Vida, Jesucristo Nuestro Señor, el sustentáculo del mundo".8





La Eucaristía es la salud del alma y del cuerpo, remedio de

toda enfermedad espiritual, cura los vicios, reprime las

pasiones, vence o enflaquece las tentaciones, comunica

gracias mayores, confirma la virtud naciente, confirma

la fe, fortalece la esperanza, inflama y dilata la caridad.

(Imitación de Cristo, Tomás de Kempis)

Podríamos mencionar muchos otros signos en el Antiguo Testamento sobre el Sacramento de la Eucaristía: Abraham que ofrece a su hijo Isaac en sacrificio (cf. Gn 22, 1-13); el pan cocido sobre piedras calientes por el que Elías recobró las fuerzas para andar durante cuarenta días y cuarenta noches hasta llegar al Horeb, el monte de Dios (cf. 1 R 19, 5-8); la multiplicación de los panes obrada por el profeta Eliseo para alimentar a cien personas (cf. 2 R 4, 42-44); etc.



Preparación próxima para la revelación de la Eucaristía



En el Nuevo Testamento encontramos tres señales insignes por las cuales el Salvador fue preparando a las almas para el gran misterio cuya manifestación había reservado para la víspera de su Pasión.



Primero, la transmutación del agua en vino, en las bodas de Caná de Galilea, cuyo efecto nos lo es relatado por San Juan: “Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en Él” (Jn 2, 11). Más tarde, la multiplicación de los panes, con la cual Jesús sació a más de cinco mil personas que lo habían seguido hasta el desierto (cf. Mt 14, 15-21). A este segundo milagro siguió otro, pocas horas después: estando los discípulos en la barca, en medio del mar agitado, vieron que Jesús se acercaba a ellos andando sobre las aguas (cf. Mt 14, 24-33). A través de estos prodigios, el Divino Maestro quiso demostrar el poder absoluto que poseía sobre el vino y el pan, como también sobre su propio Cuerpo.



Ejemplos tan hermosos nos muestran como el Creador, en cuanto divino Pedagogo, había ido preparando pasa a paso a las mentes para la revelación del Sacramento de la Eucaristía, eterno testimonio de su amor y de su deseo de permanecer entre nosotros.



¡Arrodillémonos delante del Tabernáculo!



¿Cuáles deberían ser nuestra actitud y nuestros sentimientos al considerar el extremo de bondad que Dios hecho Hombre tiene hacia la criatura rescatada por su Sangre y no la abandonó, habiéndose encarnado, sino que se ha mantenido presente, asistiendo y amparando a todos los que a Él quisieran acercase?



Arrodillémonos delante del Tabernáculo o delante, aún mejor, del Ostensorio, entreguemos a Jesús Sacramentado todo nuestro ser —nuestro cuerpo con todos sus miembros y órganos, nuestro alma, con sus potencias, sus cualidades e incluso con sus propias miserias— y ofrezcámosle a Dios Padre la divina Sangre de su Hijo, derramada en la Cruz en reparación de nuestras faltas.



De modo análogo a los rayos del sol que nos dejan, incidiendo sobre la cara, colorado y moreno, así también, ante el Santísimo Sacramento nuestra alma recibe una renovada infusión de gracias, invitándonos al abandono total en las manos de Jesús, por medio de María. Nuestras almas irán transformándose, así, rumbo a la santidad a la cual Dios nos ha llamado.



Y si en algún momento, las dificultades de la vida nos hiciesen sentir desánimo o aridez, acordémonos de estas elocuentes palabras del padre Faber:



" Muchas veces, cuando el hombre se deja llevar por la desesperación y es asaltado con preguntas, dudas, desánimos e incertidumbres, en considerar su vida, y se siente rodeado de enemigos que aúllan a su alrededor como fieras furiosas, viene entonces un impulso, que es una gracia, y lo conduce a arrodillarse ante el Santísimo Sacramento y, sin hacer esfuerzo, he aquí que todos aquellos clamores se hunden en el silencio. El Señor está con él: el oleaje se aquietó, la tempestad se calmó en un instante, sin embarazo, el viaje va a terminar en el punto buscado. No ha sido necesario sino mirar a la faz de Jesús, las nubes se dispersaron y la luz se hizo. El esplendor del Tabernáculo reaparece como el sol".9 ²



1 DENZINGER-HÜNERMANN, n. 1644.

2 EYMARD, San Pedro Julián. Obras Eucarísticas, “Eucaristía”. 4. ed. Madrid: 1963, p. 65.

3 ALASTRUEY, Gregorio. Tratado de la Santísima Eucaristía. 2. ed. Madrid: BAC, 1952, p. 19-20.

4 AQUINO, S anto Tomás de. 4 Sent., dist. 8, q. 1, a.2 apud: ALASTRUEY, Op. Cit., p. 7.

5 AQUINO, Santo Tomás de. Suma Teológica III, q. 73, a. 6, Resp.

6 ALASTRUEY, Op. cit., p. 286.

7 EYMARD, Op. cit., p. 272.

8 JOURDAIN, Z.-C. Somme des Grandeurs de Marie. Paris: Hippolyte Walzer Ed., 1900, t. I, p. 467.

9 FABER, Frederick William. O Santíssimo Sacramento. Petrópolis: Vozes, 1929, p. 217.



(Revista Heraldos del Evangelio, Junio/2009, n. 90, p. 24 a 31)



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El "Lauda Sion"



Monseñor Joao Clá Dias, EP



La secuencia de la Misa del Corpus Christi está constituida por un bellísimo himno gregoriano, titulado Lauda Sión. Bellísimo por su variada y suave melodía y mucho más por la letra, él canta la excelsitud del don de Dios para con nosotros y la presencia real de Jesús, en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en el pan y en vino consagrado.





"La devoción a la Eucaristía es la más noble de todas

las devociones, porque tiene al propio Dios por

objeto; es la más saludable porque nos la da el propio

autor de la gracia; es la más suave, pues suave es

el Señor” (San Pío X)

El propio origen de ese cántico esta envuelto en lo maravilloso típicamente medieval.



Urbano IV se encontraba en Orvieto, cuando decidió establecer la conmemoración del Corpus Christi. Estaban coincidentemente en aquella ciudad dos de los más renombrados teólogos de todos los tempos, San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino. El Papa los convocó, así como a otros teólogos, encomendándoles un himno para la secuencia de la Misa de esa fiesta.



Se cuenta que, terminada la tarea, se presentaron todos delante del Papa y cada uno debía tener su composición.



El primero en hacerlo fue Santo Tomás de Aquino, que presentó entonces los versos del Lauda Sión.



San Buenaventura, acto continuo a aquella lectura, quemó su propio pergamino, no sin causar espanto en Santo Tomás que preguntó ¿"por que"? El santo franciscano, con toda humildad, le explicó que su conciencia no lo dejaría en paz si él causase cualquier obstáculo, por mínimo que fuese, a la rápida difusión de tan magnífica Secuencia escrita por el dominico.



Síntesis teológica, en forma de poesía



Aquello que Santo Tomás enseñó en sus tratados de Teología al respecto de la Sagrada Eucaristía, lo expuso magistralmente en forma de poesía en el Lauda Sión.



Se trata de verdadera literatura, que brilla por la profundidad del contenido y por la belleza de la forma, elevación de la doctrina, exacta precisión teológica e intensidad de sentimiento. El ritmo fluye de modo suave, hasta en las estrofas más didácticas. La melodía - cuyo autor es desconocido - combina bellamente con el texto. La unción es inagotable.



Santo Tomás se revela como filósofo y místico, como teólogo de la mente y del corazón, realizando su propia exhortación: "Sea la alabanza plena, retumbante, alegre y llena del brillante júbilo del alma".



Repasemos algunos trechos de ese célebre cántico.



***



LAUDA SION





1. Alaba Sión, al Salvador, alaba al guía y pastor con himnos y cánticos.

2. Tanto cuanto puedas, oses tú alabarlo, porque está por encima de toda alabanza y nunca lo alabarás condignamente.

3. Nos es hoy propuesto un tema especial de alabanza: el pan vivo que da la vida.

4.Es Él que en la mesa de la sagrada cena fue distribuido a los doce, como en verdad lo creemos.

5. Sea la alabanza plena, retumbante, que ella sea alegre y llena del brillante júbilo del alma.

6. Porque celebramos el día solemne que nos recuerda la institución de este banquete.

7. En la mesa del nuevo Rey, la pascua de la nueva ley pone fin a la pascua antigua.

8. El rito nuevo rechaza el viejo, la realidad disipa las sombras como el día disipa la noche.

9. Lo que el Señor hizo en la Cena, nos mandó hacerlo en memoria suya.

10. Y nosotros, instruidos por sus ordenes sagradas, consagramos el pan y el vino en hostia de salvación.

11. Es dogma de fe para los cristianos que el pan se convierta en carne y el vino en sangre del Salvador.

12. Lo que no comprendes ni ves, una Fe vigorosa te asegura, elevándote por encima del orden natural.

13. Debajo de especies diferentes, apariencias y no realidades, se ocultan realidades sublimes.

14. La carne es alimento y la sangre es bebida; todavía debajo de cada una de las especies Cristo está totalmente.

15. Y quién lo recibe no lo parte ni divide, sino lo recibe todo entero.

16. Ya sea que lo reciban mil, o uno solo, todos reciben lo mismo, ni recibiéndolo pueden consumirlo.

17. Lo reciben los buenos y los malos igualmente, todos reciben lo mismo, sin embargo con efectos diversos: los buenos para la vida y los malos para la muerte.

18. Muerte para los malos y vida para los buenos: ved como son diferentes los efectos que produce el mismo alimento.

19. Cuando la hostia es dividida no vaciles, pero recuerda que el Señor se encuentra todo debajo del fragmento, cuanto en la hostia entera.

20. Ninguna división puede violar las substancias: ¡apenas las señales del pan, que ves con los ojos de la carne, fueron divididos! Ni el estado, ni las dimensiones del Cuerpo de Cristo son alterados.

21. Es el pan de los Ángeles que se torna alimento de los peregrinos: verdaderamente es el pan de los hijos de Dios que no debe ser lanzado a los canes.

22. Las figuras lo simbolizan: es Isaac que se inmola, el cordero que se destina a la Pascua, el maná dado a nuestros padres.

23. Buen Pastor, pan verdadero, de nosotros ten piedad. Sustentadnos, defendednos, hacednos en la tierra de los vivos contemplar el Bien supremo.

24. Oh Vosotros que todo lo sabéis y todo lo podéis, que nos alimentáis en esta vida mortal, admitidnos en el Cielo, a vuestra mesa y hacednos co-herederos en la compañía de los que habitan la ciudad santa.



Amém. Aleluya.





***



Alaba Sión, al Salvador, alaba al Guía y Pastor con himnos y cánticos



Las palabras del subtítulo arriba constituyen el primer verso del Lauda Sión. Es la expansión del corazón de un santo, tomado por la gracia mística del encanto por el Santísimo Sacramento, que pide a Sión, quiere decir, al pueblo electo del Nuevo Testamento, que pase a alabar al Salvador. Él, el mayor teólogo de la historia de la Iglesia - "el más sabio de los santos, y el más santo de los sabios" - era tan fervoroso devoto de Jesús Eucarístico que, en las horas en que sentía dificultad en sus estudios, colocaba la cabeza dentro de un sagrario en busca de ser iluminado por el propio Dios y no la retiraba mientras no encontrase la solución.



De ese primer verso hasta el final de la quinta estrofa, Santo Tomás condensa toda la infinita alabanza al Santísimo Sacramento del Altar.





"La Santa Misa es el regalo más precioso y más agradable

que podemos ofrecer a la Santísima Trinidad; vale más

que el cielo y la tierra; vale el propio Dios”

(San Juan Bautista Vianney)

Él continúa a instar a los fieles a "alabar al guía y pastor con himnos y cánticos". Pero, ¿cómo alabar adecuadamente a ese santo sacramento? ¿Cómo alabar de modo suficiente al propio Dios? Es el sacramento más elevado y substancioso de todos, pues en él está presente el propio Hombre-Dios, en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. No hay palabras, no hay gestos, no hay nada a ser ofrecido que esté a la altura de Él.



Por eso Santo Tomás casi gime al decir: "Tanto cuanto puedas, oses tú alabarlo, porque está por encima de todo la alabanza y nunca Lo alabarás condignamente".



Y explica ser ésta la tarea que recibió del Papa: " Hemos hoy propuesto un tema especial de alabanza, el pan vivo que da la vida".



"Es Él que en la mesa de la Sagrada Cena fue distribuido a los doce, como en verdad lo creemos. Sea la alabanza plena, retumbante, sea alegre y llena del brillante júbilo del alma".



El santo se preocupa en incentivar en nuestra alma una alabanza, la más perfecta que seamos capaces, para así aproximarnos al Santísimo Sacramento y adorar a Jesús, que allí se encuentra por detrás del "velo" del pan y del vino.



¿Por qué celebramos el día solemne que nos recuerda la institución de este banquete?



A partir de este verso, hasta la décima estrofa, Santo Tomás pasa a apuntar la institución de la Eucaristía en la de esta litúrgica establecida por el Papa.



"En la mesa del nuevo Rey, la pascua de la nueva ley pone fin a la pascua antigua". El rito de la Iglesia Católica Apostólica Romana encerrará el de la Antigua Ley, que era una prefigura de él. Por eso completa Santo Tomás:



" El rito nuevo rechaza al viejo, la realidad disipa las sombras como el día disipa a la noche".



Sí, una vez habiendo venido al mundo lo simbolizado, no tiene sentido celebrar el símbolo. El culto de la Sinagoga en el antiguo Testamento era todo dirigido hacia la espera del Salvador, y sus ritos lo simbolizaban. En el nuevo rito, en la celebración Eucarística, Nuestro Señor Jesucristo se inmola Él mismo. Aunque, estando presente lo simbolizado, ¿para qué el símbolo? ¿Cuál el sentido de inmolar un cordero? El rito nuevo rechaza al viejo ...



" Lo que el Señor hizo en la Cena, nos mandó hacerlo en memoria suya".



Aquí Santo Tomás recuerda las palabras de Jesús en la Cena del Jueves Santo: "Haced esto en memoria mía".



" Y nosotros, instruidos por sus órdenes sagradas, consagramos el pan y el vino en hostia de salvación".



Santo Tomás, sacerdote, podía decir con toda propiedad: "instruidos por sus órdenes sagradas". Es una referencia al Sacramento del Orden, que da a aquel que lo recibe la gran gloria de poder prestar su laringe y sus manos al Divino Maestro. Para que, sobre el altar, se opere uno de los mayores milagros - y el más frecuente de ellos - de la Historia de la humanidad: la transubstanciación. Quiere decir, la substancia vino, cede lugar a la substancia Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.



Es dogma de Fe para los cristianos que el pan se convierte en carne y el vino en sangre del Salvador



A partir de este punto, en diez estrofas, el autor da el detalle, en una maravillosa síntesis, la doctrina católica sobre el Sacramento del Altar. Él continúa:



" Lo que no comprendes ni ves, una Fe vigorosa te asegura, elevándote por cima del orden natural".



De hecho, por nuestra inteligencia, jamás llegaríamos a penetrar en este misterio tan sagrado. Ni siquiera los demonios, que, aunque decaídos, son de naturaleza angélica, y por lo tanto superior a la nuestra, consiguen discernir en las apariencias del pan y el vino el Hombre-Dios. Sólo la Fe nos hace penetrar en este misterio sagrado.



" Debajo de especies diferentes, apariencia y no realidades, se ocultan realidades sublimes".



Santo Tomás vuelve a insistir en la idea de que los "velos" del vino y el pan ocultan realidades divinas.



" La carne es alimento y la sangre es bebida; todavía debajo de cada una de las especies Cristo está totalmente".



Esta es una verdad de Fe, que la Teología nos explica. Mirando el vino y la hostia consagrados, podríamos ser llevados a imaginar que la carne está solo en la eucaristía pan, y la sangre solo en la eucaristía vino. Sin embargo, la doctrina nos dice y nuestra Fe asimila que el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Cristo se encuentran plenamente tanto en la hostia como en el vino consagrados.



" Y quien lo recibe no lo parte ni divide, sino lo recibe todo entero."



Otra de las impresiones equivocadas que pueden traspasar un alma es ésta: al ver al ministro dividiendo una hostia, pensar que Nuestro Señor ya no se encuentra entero en cada una de las partículas. No es verdad; Por un misterio sagrado, Nuestro Señor Jesucristo se encuentra de modo integral en todas las fracciones que sean visibles.



"Ya sea lo reciban mil, ya sea uno solo, todos reciben lo mismo, ni recibiéndolo pueden consumirlo".





Señor mío Jesucristo, que, por amor a los hombres,

estás día y noche en este Sacramento, lleno de

misericordia y amor, esperando, llamando

y acogiendo a todos los que vienen a visitarte, yo

creo que estás presente en el Sacramento del

altar... (San Alfonso María de Ligório)

Otra verdad de Fe: si un millón de personas comulgan al mismo tiempo, como ya aconteció en algunas Misas presididas por el Santo Padre en sus viajes por el mundo, todos estarán recibiendo uno solo y el mismo Jesús, sin cualquier fraccionamiento de su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Todos Lo reciben en su todo. Y es más un misterio: al recibir Nuestro Señor Jesucristo, no podemos consumirlo, pues, cuando se deshacen las especies sagradas en nuestro organismo, Él deja nuestro cuerpo sin tocarlo, santificando nuestra alma y dándonos vigor hasta en la salud.



" Lo reciben los buenos y los malos igualmente, todos reciben lo mismo, sin embargo con efectos diversos: los buenos para la vida y los malos para la muerte. Muerte para los malos y vida para los buenos: ved cómo son diferentes los efectos que produce el mismo alimento"



Quien comulga en estado de gracia, recibe un influjo de vida y de fuerza espiritual y hasta corporal. Entre tanto, ay de aquellos que se aproximan a ese Sacramento en estado de pecado mortal" El olor de la muerte toma pose aún más del alma y del propio organismo. Cuánto cuidado debemos tomar para no aproximarnos a la Eucaristía sin estar enteramente preparados. Busquemos antes el confesionario, que se encuentra a nuestra disposición, y sepamos arrodillarnos con humildad y pedir perdón por nuestras faltas.



" Cuando la hostia es dividida, no vaciles, pero recuerda que el Señor se encuentra todo debajo del fragmento, cuando en la hostia entera. Ninguna división puede violar la substancia: ¡apenas las señales del pan, que ves con los ojos de la carne, fueron divididos! Ni el estado, ni las dimensiones del Cuerpo de Cristo son alterados".



Santo Tomás retorna aquí lo que ya enseñara más arriba, para solidificar en las almas la doctrina católica a respecto de la Eucaristía.



" Es el pan de los Ángeles que se torna alimento de los peregrinos"



El santo recuerda en estas frases que el Sacramento del Altar es la realización de antiguos signos: "Verdaderamente es el pan de los hijos de Dios que no debe ser lanzado a los canes. Las figuras lo simbolizan, es Isaac que se inmola, el cordero que se destina a la Pascua, el maná dado a nuestros padres".



Las últimas estrofas alaban al Buen Pastor que nos alimenta y guarda y nos hace futuramente participantes del Banquete Celestial. En este trecho final, letra y melodía se unen en una suprema belleza, de irresistible dulzura:



"Buen Pastor, pan verdadero, Jesús, de nosotros ten piedad. Sustentadnos, defendednos, hacednos en la tierra de los vivos contemplar el Bien supremo.



"Ó Vos que todo sabéis y todo podéis, que nos alimentáis en esta vida mortal, admitidnos en el Cielo, a vuestra mesa y hacednos co-herederos en compañía de los que habitan la ciudad santa. Amén. Aleluya".



(Revista Heraldos del Evangelio, Junio/2002, n. 06, p. 6 al 10)