jueves, 29 de diciembre de 2011

SAGRADA FAMÍLIA

Jesús, María y José: tres perfecciones que llegaron al pináculo al que cada uno debía llegar; 
tres auges que se amaban y se comprendían intensamente; tres altísimas perfecciones, 
admirables, desiguales, realizando una armonía de desigualdades como jamás 
hubo en la faz de la Tierra.
La santidad, la nobleza y la jerarquía en la Sagrada Familia
El 30 de diciembre, primer día después del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, la Iglesia rinde homenaje a la Sagrada Familia.
Una familia que, realmente, no podría dejar de ser llamada Sagrada: Jesús es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, María es la 1.jpgVirgen Madre de Dios que trajo en su seno a Nuestro Señor Jesucristo y San José, esposo de la Virgen María y padre adoptivo de Jesús.
No estaría fuera de lugar que, por motivo de estas celebraciones recomendadas por la Iglesia, pensáramos un poco en este modelo de familia. Por ejemplo, podríamos pensar un poco con la siguiente pregunta: ¿Cómo sería la santidad, la nobleza y la jerarquía en la Sagrada Familia?
En esta familia tenemos la presencia del Hijo de Dios hecho Hombre. En el Evangelio de San Lucas (Lc. 2,52) está dicho que el Niño Jesús “crecía en sabiduría, edad y gracia delante de Dios y de los hombres".
Son palabras inspiradas por el Espíritu Santo y, por tanto, verdaderas. Ellas nos enseñan que en el Hombre Dios todavía había cosas por crecer. Cualquiera que fuese la naturaleza de ese crecimiento, eran un crecimiento de perfección perfectísima para algo que era una perfección aún más perfectísima.
Por otro lado, en esta Familia tenemos también a Nuestra Señora.
Si consideramos todo lo que Ella es, veremos un tal cúmulo de perfecciones creadas, que un Papa llegó a declarar: de Ella se puede decir todo en términos de elogios, desde que no se le atribuya la divinidad. María fue concebida sin pecado original y confirmada en gracia a partir del primer instante de su ser. Ella no podía pecar, no podía caer en la más leve falta, porque estaba confirmada por Dios en contra de esto.
Al no tener defectos – esto es un aspecto importante de esta consideración – Nuestra Señora también crecía constantemente en virtud.
Al lado del Niño Jesús y de Nuestra Señora estaba San José conviviendo con ellos. Es difícil elogiar a cualquier hombre, cualquier grandeza terrenal, después de considerar la grandeza de San José. El hombre casto, virginal por excelencia, descendiente de David.
San Pedro Julián Eymard (cfr. "Extrait des écrits du P. Eymard", Desclée de Brouwer, Paris, 7ª ed., pp. 59-62) nos enseña que San José era el jefe de la Casa de David. Él era el pretendiente legítimo al trono de Israel. Él tenía derecho sobre el mismo trono que fue ocupado y derrumbado por falsos reyes mientras Israel era dividido y, al final dominado por los romanos.
Tres ascensos constantes, tres auges alcanzados.
San José era un varón perfecto, modelo por el Espíritu Santo para ser proporcional con Nuestra Señora. ¡Se puede imaginar a qué pináculo, a qué altura debe haber llegado San José para estar en proporción con Nuestra Señora! Es algo inmenso, inimaginable. Es muy probable que San José también haya sido confirmado en gracia.
Por tanto, en la humilde casa de Nazareth, podemos decir que a cada momento las tres personas de esta Sagrada Familia crecían en2.jpg gracia y santidad delante de Dios y de los hombres. San José debe haber fallecido antes del inicio de la vida pública de Nuestro Señor Jesucristo.
Él es el patrono de la buena muerte, porque todo parece indicar que fue asistido en su agonía por Nuestra Señora y por el Divino Redentor. En los instantes finales de su vida, Jesús y María lo ayudaron a elevar su alma a la perfección para la que había sido creado.
No era la misma perfección de Nuestra Señora, era una perfección menor. Pero era una perfección enorme para la cual él había sido llamado. Cuando su mirada borrosa ya se iba apagando para la vida, San José contempló a Aquella que era su esposa y a Aquél que jurídicamente era su hijo.
Y, seguramente, Él estaba fascinado con el aumento continuo en la santidad de Nuestra Señora y de Su Divino Hijo. Al verlos subir de ese modo por las vías de la santificación, él admiró y amó esa ascensión. Y fue por admirar y amar el aumento de esta santidad, que también él, a su vez, aumentaba en su propia santidad. Esta triple ascensión continua en la casa de Nazareth, constituyó el encanto del Creador y de los hombres.
Jesús, María y José: tres perfecciones que llegaron al pináculo al que cada uno debía llegar; tres auges que se amaban y se comprendían intensamente; tres altísimas perfecciones, admirables, desiguales, realizando una armonía de desigualdades como jamás hubo en la faz de la Tierra.
Entretanto, la jerarquía puesta por Dios entre estas tres sublimes desigualdades era de un orden admirablemente inverso: Aquél que era el jefe de la Casa en el plano humano era el de menor orden sobrenatural; El Niño Jesús, que debía prestar obediencia a los padres, era Dios.
Una alteración que nos hace amar mucho más las riquezas y la complejidad de cualquier orden verdaderamente jerárquico; una alteración que lleva al alma fiel, al alma dispuesta a meditar sobre tan elevado tema, a entonar un himno de alabanza, de admiración y de fidelidad a todas las jerarquías, a todas las desigualdades establecidas por Dios.
El que es más, manda menos
A primera vista, la constitución de la Sagrada Familia es un misterio, puesto que en ella la mayor autoridad la tiene San José, como patriarca y padre, con derecho sobre su esposa y el fruto de sus purísimas entrañas.
La esposa es Madre de Dios, Madre de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Su condición materna le da poder sobre el Dios encarnado en su seno virginal y transformado, así, en hijo suyo. Nuestro Señor Jesucristo, como hijo, le debe obediencia a ese padre adoptivo, aceptando totalmente la orientación y la formación dada por José; y lo mismo valga para su Madre, criatura suya. ¡Qué inmensa, insondable y sublime paradoja!
En consecuencia, San José es el jefe según el orden natural; María, la esposa y la madre; y Jesús, el niño. Pero en el orden sobrenatural ese Niño es el Creador y el Redentor; la Madre, Medianera de todas la gracias, Reina del Cielo y de la Tierra; y José, el Patriarca de la Iglesia. José, el que menos poder tiene por sí mismo, ejerce autoridad sobre la Santísima Virgen, que tiene la ciencia infusa y la plenitud de la gracia, y sobre el Niño, Autor de la gracia.
Dios ama la jerarquía
¿Por qué dispuso Dios esta inversión de papeles?
Lo hizo para darnos una gran lección: Él ama la jerarquía y quiere que la sociedad humana sea gobernada por este principio, del cual quiso dar ejemplo el mismo Verbo Encarnado.
Podemos imaginar la disponibilidad, la sacralidad y la calma de Jesús en la pequeña Nazaret, ayudando a José en la carpintería a cortar la madera, clavando las partes de una silla, cuando no haría falta más que un simple acto de voluntad suyo para que fueran producidos de inmediato, y sin siquiera requerir materia prima, los muebles más espléndidos que la Historia haya conocido nunca.
Sin embargo, afirma San Basilio, “obedeciendo desde su infancia a sus padres, Jesús se sometió humilde y respetuosamente a todo trabajo manual”. Tan pronto como San José mandaba al Hijo —¡con qué veneración!— a realizar un trabajo, Jesús se ponía manos a la obra.
Actuando de esta manera —honrando al padre que estaba en la tierra y aceptando, por ejemplo, hacer un mueble de acuerdo a las reglas de la naturaleza— Jesús glorificaba más a Dios Padre, que lo había enviado. San Luis Grignion afirma, a propósito de su obediencia a la Santísima Virgen: “Jesucristo dio más gloria a Dios sometiéndose a María durante treinta años, que si hubiera convertido a la tierra entera realizando los milagros más estupendos."
Dentro de la propia Sagrada Familia encontramos un impresionante principio de amor a la jerarquía, ya que, habiendo querido Jesús nacer y vivir en una familia, honraba a su padre y a su madre, por más que fuera el omnipotente Creador de ambos.
Príncipe y obrero
Otra paradoja fue puesta por el Creador en las complejidades de esta noble jerarquía.
San José era representante de la Casa Real más augusta que hubo en todos los tiempos: mientras que de otras Casas nacieron reyes, de la Casa de David, nació un Dios. Los únicos cortesanos a la altura de esta Casa Real serían los Ángeles del Cielo.
Sin embargo, por designio divino, el jefe de la Casa de David, San José, era al mismo tiempo un trabajador manual: era carpintero. Y Nuestro Señor Jesucristo también ejerció esta actividad antes de iniciar su vida pública.
Dios quiso que, de esta forma, ambos extremos de la jerarquía temporal se unieran en Aquél que es el Hombre Dios. En Jesucristo está la condición de príncipe real de la Casa de David, de pretendiente al trono de Israel. Y esta condición coexiste con la de un simple carpintero, de obrero, situado en el extremo opuesto de la escala social.
Esta coexistencia de perfección en ambos aspectos – tanto en el Creador – criatura como en el otro, incomparablemente menor, de rey obrero – reúne los extremos para reforzar la unión de los elementos intermediarios de la jerarquía: los elementos se unen por la unión de sus extremos.
De ese modo, la sacrosanta jerarquía al interior de la Sagrada Familia se nos presenta no sólo como un conjunto de picos tan altos que a nuestra vista física y mental le es difícil alcanzar. Ella representa también un abrazo jerárquico, desigual pero cariñoso, entre todos los peldaños del orden social.
De tal manera que, aquél que ocupa el lugar más alto abraza cariñosamente al que está más abajo y le dice: “En naturaleza humana todos somos iguales".
Amor desinteresado a la Jerarquía
En la Sagrada Familia, el ejemplo de San José, de Nuestra Señora y de Nuestro Señor Jesucristo nos lleva a comprender mejor la 3.jpgjerarquía en su forma más pura, más clara, más perfecta, en la que no hay egoísmo ni pretensiones.
En esta Familia existe puro amor de Dios. En ella existe el puro amor de Dios que genera amor a las múltiples jerarquías sin preocupación de ser demasiado, de hacer o poder mucho. La jerarquía aquí es amada. Y es amada por amor de Dios.
Las almas que tienen el verdadero sentido de la jerarquía aman de este modo a sus superiores.
La palabra “majestad”, tiene para ellos un significado, un misterio, una “luz”, un brillo especial que hace respetables y venerables a los reyes, emperadores y superiores en general, incluso cuando éstos, por sus defectos personales, no merecen los homenajes que les son prestados por ser lo que son.
Pero si, para aquello a lo que fueron llamados corresponden en algo, ese algo - por pequeño que sea - es como el aroma de una flor única de la cual se toma una gota, cuyo perfume produce sobre el hombre recto un efecto semejante al que la santidad mayor produce sobre la santidad menor.
Y esto tiene cierta analogía con lo que ocurría en la Sagrada Familia, entre las tres personas indescriptiblemente sublimes – una de ellas divina – que la componían.
He aquí algunas reflexiones sobre lo maravilloso y admirable que las verdaderas jerarquías – como aquella que existió, en un grado arquetípico, en la Sagrada Familia - pueden y deben suscitar en las almas rectas y auténticamente católicas.
Una vida de apariencia normal
No se piense que en la Sagrada Familia todo era absolutamente místico, sobrenatural y lleno de consolación.
Del Niño Jesús no puede decirse que vivía de fe, porque su alma estaba en la visión beatífica; sin embargo, quiso que su cuerpo tuviera el desarrollo normal de un ser humano. Así, por ejemplo, no nació hablando, aunque pudiera hacerlo en todas las lenguas del mundo.
La Virgen y San José llevaban también una vida de apariencia completamente común y, como todos los hombres, sufrieron desconciertos y angustias. Prueba de ello es el Evangelio de este domingo: “Tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando".

Notas:

- Desarrollo de anotaciones de la conferencia del Prof. Plinio Correa de Oliveira, el 2-11-92, para un grupo de jóvenes.
- Trechos del Comentario al Evangelio, Monseñor João Clá Dias, EP, Revista Heraldos del Evangelio, Dez/2009, n. 96)

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LA VIDA FAMILIAR EN LA ESCUELA DE LA SAGRADA FAMILIA
¿Qué hacía la Sagrada Familia? ¿Qué hacían sus integrantes diariamente? Rezaban mucho y con toda su alma, trabajaban a conciencia, no tanto para satisfacer las necesidades de cada día, sino especialmente para glorificar a Dios, con el cumplimiento perfecto de su Ley; además de esto, amaban intensamente a Dios, que era el fin de todos sus pensamientos, de todos sus esfuerzos, de todas sus aspiraciones; se amaban todos mutuamente, con un amor completo y desinteresado; amaban a todos los hombres, cercanos y lejanos, cuya salvación era el deseo de cada uno de los miembros de la Sagrada Familia.
¿Cómo la familia humana puede aproximarse a este ideal realizado por la Sagrada Familia? ¿Cómo la oración –que era tan normal como la respiración en la Sagrada Familia – recuperará su lugar dentro de la familia humana? Pensemos en el gran número de familias que4.jpg perdieron la fe; unas zozobraron en el materialismo y en la búsqueda del placer; otras, todavía con algunos restos del ideal humano, se conservan en una actitud moral que muchas veces sólo se inspira en el orgullo. En unas u otras Dios está prácticamente excluido. Ni si quiera se molestan en negarlo: lo desconocen, lo cual es mucho peor.
Consideremos también la cantidad de familias cristianas, llamadas así por sus integrantes solamente porque se sometieron a las formalidades del bautismo, de la primera Comunión, del matrimonio o de los entierros religiosos, pero que sin embargo perdieron la fe. En ellas no hay nadie que se preocupe por la gloria de Dios, por la venida de su Reino, por la oración; y si, por casualidad, alguno de sus integrantes es fiel a las prácticas religiosas, ¿en cuántas familias subsiste la oración conjunta, expresión de un mismo espíritu y de una aspiración colectiva? El individualismo, que es una plaga en los días actuales, invadió la vida espiritual, así como la vida social y familiar. “Cada uno por si mismo y para si”, es el lema de la mayor parte de los hombres, y esto incluso en presencia de Dios. El dogma de la comunión de los santos parece ser sólo una parte desconocida del texto del Credo, sin aplicación práctica en la vida. Y, por tanto, ¿no prometió Nuestro Señor que donde dos almas se reunieran para rezar en su nombre, allí estaría en medio de ellas?
Así que, regresando a la vida en común es uno de los esfuerzos que vincula a todos los cristianos. Es por esto que la Iglesia se esfuerza por alcanzar el mismo objetivo, despertar el sentido litúrgico entre los fieles para que se realice el pedido hecho por Nuestro Señor a su Padre celestial, “que todos sean uno".
Sin embargo, ¿cómo restaurar la oración en común – que fue el alma y la fuerza de la Sagrada Familia – en nuestra propia familia? Si fuese verdad, en relación a la sociedad temporal, que la familia es la célula social, así mismo lo es en relación a la sociedad espiritual, que es la Iglesia. Por lo tanto, es fundamental que por todos los medios que se encuentren a nuestra disposición avivemos e intensifiquemos el espíritu de la familia, pero no aquél que resulta de una sociedad de intereses y de afectos y que se puede definir como “un egoísmo de muchos”, sino aquél que era el de la singular familia de Nazareth, espíritu que une y funde las almas para ofrecerlas todas reunidas y con una misma aspiración a Dios, para la salvación de todos los hombres.
Cada uno debe pedir a Dios que haga revivir en todos los corazones ese espíritu de familia. Pero, como es sabido, Dios no concede su auxilio sino cuando, de nuestra parte, hacemos todos los esfuerzos posibles. Vigilemos, por tanto, al mismo tiempo en que rezamos, para que renazca y se propague el verdadero espíritu cristiano de la familia, a fin que sea el sustento de todas las instituciones espirituales y sociales que existen en nuestro entorno y que tienden a restaurar, mejorar y reconstruir los hogares cristianos. Dichas obras son los instrumentos que Dios pone a nuestra disposición y quiere que nos apoyemos en ellas. Busquemos, por lo tanto, conocerlas, unirnos a ellas y rezar para que se conviertan en instrumentos cada día más perfectos al servicio de Dios.
Pero no todas las ocupaciones de la Sagrada Familia consistían en rezar. Su vida fue muy activa y cada uno de sus integrantes trabajaba según su vocación: San José y Nuestro Señor trabajaban en el taller, del cual todos vivían; la Santísima Virgen María cuidaba y atendía las múltiples ocupaciones domesticas, que se atribuían a toda madre de familia.
Por lo tanto, el ejemplo de la Sagrada Familia era exactamente el de la inmensa mayoría de familias actuales. Pero, a menudo, el trabajo es considerado como una carga pesada contra la cual hay quejas, intentando realizarlo con el menor esfuerzo posible, pero en Nazareth era recibido con gusto, con un medio de ser agradables a Dios.
Alguien dirá que, en muchas familias, se trabaja arduamente, sin embargo, ¿no vemos como en estos casos el trabajo absorbe todo el tiempo y todos los pensamientos? Trabajar todos los días, sólo para ganar más, a fin de satisfacer por más tiempo las necesidades siempre abundantes de nuestra existencia: parece ser la única aspiración de un gran número de nuestros contemporáneos. Sin embargo, el trabajo valientemente aceptado y cumplido, no deja de ser considerado de una manera puramente humana y como un mal necesario. Para la Sagrada Familia, por el contrario, el trabajo era un bien preciosos, por el cual se daba sin cesar gracias a Dios, pues por este medio se rendía un homenaje íntegro y placentero al Señor. ¿Acaso no fue Dios quien instituyó la ley del trabajo, a la que está obligado todo ser humano? Al mismo tiempo el esfuerzo y la fatiga, las preocupaciones y ansiedades – que todo trabajo trae consigo – eran a los ojos de la Sagrada Familia un sacrificio de olor dulce que podía ser ofrecido a Dios en reparación por los pecados del mundo.
De esta forma, en Nazareth el trabajo tenía por objetivo menos importancia material, se debía velar para que la gloria de Dios fuera promovida. De aquí se deduce que se trabajaba con amor, con alegría, con una conciencia estricta. Lijar una madera y barrer la humilde 5.jpgmorada eran actos de amor que, a los ojos de Dios, podían ser tan santos como la más sublime contemplación y que se podían hacer con el mismo fervor, con el mismo deseo de perfección.
Si queremos que nuestra sociedad moderna no naufrague en la anarquía y la rebelión, es urgente guiarla a esta concepción del trabajo, porque el trabajo apoyado sólo en la necesita suscita en el corazón del hombre el rencor, el odio y la rebeldía, y el trabajo guiado solamente por el espíritu de lucha aviva el egoísmo y el orgullo, que son el principio de la anarquía.
Velemos, entonces, para que la ley del trabajo sea – en todas las familias – comprendida y aceptada como la Ley de Dios. De ese modo el trabajo se convertirá en otra oración, no menos agradable a Dios. Así también recuperará, a los ojos de todos, su grandeza y dignidad, y será nuevamente para el hombre, una fuente de fortaleza y alegría.
Pero no nos olvidemos que el trabajo es y debe ser, el medio para que cada uno de nosotros asegure su vida material y la de sus familiares: en nuestra sociedad moderna, infelizmente no siempre es así. Dios quiere que nos ayudemos mutuamente, si queremos que él nos ayude. Por lo tanto, no nos apartemos de las obras sociales, que se esfuerzas en aliviar los rigurosos momentos y circunstancias de cientos de personas, de las obras sociales que trabajan por garantizar un mínimo de bienestar, sin el cual el hombre no es más que una simple maquina, que camina adolorida por el esfuerzo. Por otra parte, ingresemos todos en este gran movimiento familiar que por si sólo podrá devolver a la familia su dignidad y su influencia social y, al mismo tiempo, ser la base de su prosperidad material.
Para implementar estas grandes y fundamentales reformas es necesario que se produzca en el seno de cada familia, y entro todas las familias, aquella unión de espíritus y corazones que tiene origen en la caridad y en el amor. Que en todos los miembros de las familias reine el amor. Es una de las intenciones y de los sacrificios que tenemos que ofrecer a Nuestro Señor por la familia.
Y en este punto, la Sagrada Familia nos enseña nuevamente el camino: que haya amor entre los que la componen, pero no el sentimentalismo desordenado que inapropiadamente es llamado amor cuando no es más que debilidad o hasta egoísmo.
Amar es querer bien a quienes amamos. ¿Acaso el bien no consiste en que cada uno de nosotros cumpla la voluntad de Dios? Esto era bien sabido por los integrantes de la Sagrada Familia en Nazareth; sus corazones, a través de la ternura humana que los unía, buscaban en primer lugar ese fin supremo: cumplir la voluntad de Dios. La autoridad, en San José, era firme y dulce, humildemente respetuosa a los derechos de Dios. La obediencia de la Santísima Virgen a San José era completa, afectuosa y alegre, porque era una manifestación palpable de la sumisión a la voluntad de Dios y en nada disminuía la autoridad materna tan segura y tranquila que sabía ejercer sobre su hijo que les fue confiado por el Señor. Y, a su vez, el hijo, en sumisión perfecta a sus padres, en su docilidad de espíritu y de corazón a todas las enseñanzas que le daban, en su sencillez y en su humildad daba pruebas en primer lugar, de su amor al Padre Celestial, cuya voluntad reconocía en esta institución familiar y social, en cuyo seno se había encarnado.
La familia cristiana, por tanto, debe buscar recuperar tal sentimiento de amor y de fidelidad a Dios, lo que la ayudará a seguir los pasos de la Sagrada Familia y, al mismo tiempo, conseguirá entre todos sus integrantes la unión de almas y de corazones, estableciendo entre ellos el amor.
Pero la Sagrada Familia no era se guardaba todo para si. En la ciudad de Nazareth era la providencia visible de todos los débiles, de todos los humildes. Si las fervorosas oraciones de la Sagrada Familia, si su trabajo tan constante y tan perfecto era ofrecido a Dios sin cesar en reparación por los pecados de los hombres y por la salvación de todos, ¿era posible que ignoraran a los que sufrían o estaban equivocados? El amor fraternal más compasivo y más solidario regulaba todas las relaciones de la Sagrada Familia con los que a ella se aproximaban.
Pidamos a Dios que avive, en el seno de todas las familias humanas, esa caridad fraterna. Agregamos, a propósito de la oración, que el individualismo domina en todas partes, en la familia y en la sociedad, el individualismo es la negación de la verdadera caridad. Por lo6.jpg que no hay otro punto en el cual tengamos que insistir tanto en nuestras oraciones. Pero no solamente limitarnos a oraciones, que serían en vano si nuestros actos no siguen su ejemplo.
Demos un ejemplo de ese amor, queremos que reine en los corazones. Demos ese ejemplo en nuestra propia familia, practicando con amor todas las virtudes familiares e incluso fuera de casa, evitando con cuidado todas las críticas, todas las calumnias, que a menudo son motivo de división en las familias. Por el contrario, seamos serenos, seamos aquellos que promueven la paz, que endulzan los espíritus, que extinguen las quejas y que aproximan los corazones. Para esto, ¿qué mejor medio que establecer en todos los integrantes y entre todas las familias un punto de inteligencia, el principio de unión?
Sin embargo desconocemos bastante la fuerza y eficiencia del principio de asociación. Actuamos por separado, y, de esta forma, nuestras mejores intenciones se reducen a la impotencia. Promovamos, por lo tanto, en nosotros y en nuestro entorno, ese importante espíritu de unión que es – no nos olvidemos – el mismo espíritu de religión y la esencia del catolicismo. No tengamos miedo de asociarnos a todos los esfuerzos sinceros. Nunca digamos, en presencia de una obra cristiana que trabaja por esa unión, “eso no me interesa”. Y, en las obras de las cuales hagamos parte, no busquemos sólo sacar provecho personal, sino especialmente que podemos agregar o que podemos dar de nosotros mismos.
Este tiene que ser nuestro programa de oración y acción. Tomemos esto con mucha seriedad. La institución familiar está en peligro y con ella toda la sociedad. Tal vez dependa de nosotros, del fervor de nuestras oraciones, de la sinceridad e intensidad de nuestros esfuerzos, que Dios se compadezca de las necesidades apremiantes de nuestra perturbada época. Por diez justos prometió Dios perdonar a Sodoma y Gomorra: ¿qué no concederá a quien no contento apenas con rezar, se esfuerza en realizar en si mismo y en los que lo rodean aquello que Él pide?
Aprendamos a rezar, trabajar y amar - según lo que fue expuesto - y sin duda Dios concederá a la familia gracias eficaces que podrán salvarla.
(Adaptación del texto de J. Viollet, en Repertorio Universal del Predicador, tomo XIX, pag. 191-196, Editorial Litúrgica Española, Barcelona, 1933).

miércoles, 28 de diciembre de 2011

¡Una luz resplandece en las tienieblas!

Navidad
La más fulgurante de las luces brilla en las tinieblas y ofrece la verdadera Paz a la humanidad, sobre todo en nuestra era herida por guerras, catástrofes y amenazas. Junto a María, a José y a los pastores, adoremos en el pesebre al Niño Dios, el Príncipe de la Paz.
  1 Por aquellos días salió un edicto de César Augusto, ordenando que se empadronase todo el mundo. 2 Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo Quirino gobernador de Siria. 3 Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad. 4 Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, 5 para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. 6 Y mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, 7 y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en el mesón. 8 Había en la misma comarca unos pastores que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño. 9 Se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz; y se llenaron de gran temor. 10 El ángel les dijo: «No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: 11 Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Cristo Señor. 12 Esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». 13 Al instante se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: 14 «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad» (Lc 2, 1-14).

1.jpgMons. João Scognamiglio Clá Dias, EP

I – Cristo, el centro de la Historia
Vivimos en el año 2011 y a nadie le caben dudas al respecto, porque así quedó establecido, por consenso universal, el criterio para elaborar nuestro calendario. Este hecho bastaría por sí mismo para comprobar que hace dos milenios y once años, en una gruta de Belén, nació el Niño Dios con la misión de salvar al mundo. Es una de las pruebas de la gran importancia que todos los pueblos, creyentes o no, atribuyeron al acontecimiento que terminó por dividir la Historia en dos grandes períodos: antes y después de Cristo. No pasaron muchos siglos para que urbi et orbe, tres veces al día, las campanas de las iglesias tañeran a fin de recordar y alabar al cielo por la Encarnación del Verbo; el Ángelus se convirtió en una devoción universal. La emoción y el júbilo impregnaron la tierra, y a lo largo de los tiempos, en la celebración de la Navidad, siempre resonaron los cantos litúrgicos y los villancicos destinados a manifestar la misma alegría de hace más de veinte siglos: “Hodie Christus natus est” (1).
“La luz luce en las tinieblas” (Jn 1, 5): “Christus natus ex pro nobis”, Él ha nacido para nosotros, para la humanidad de todas las épocas hasta el Juicio Final. El glorioso nacimiento del Niño Jesús constituye una inagotable fuente de salvación; e invariablemente –sobre todo en este año tan marcado por las amenazas de guerra, 2.jpgconvulsiones y terrores– la invitación que esta festividad hace a los hombres llega colmada de promesas.

        Junto al Divino Infante se puede encontrar la verdadera paz, como sucedió con los pastores y los Reyes Magos. Movidos por un soplo del Espíritu Santo, abandonaron sus quehaceres y se pusieron a camino en busca de la Paz Absoluta, para adorarla. La noche de hoy nos convida a hacer lo mismo: “Venite adoremus”, “porque se ha manifestado la gracia salvadora de Dios a todos los hombres. […] Ha aparecido la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor a los hombres” (Tit 2, 11; 3, 4).
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II – Viaje de José y María a Belén
El censo
1 Por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo Quirino gobernador de Siria. 3 Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad.
No hay una sola palabra o un solo gesto relacionado con la vida de Jesús que no contenga varios y altísimos significados. Por eso se multiplican a lo largo de los siglos los comentarios e interpretaciones sobre las narraciones evangélicas. Este primer versículo ofrece un ejemplo interesante. Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, se expresa así:
“Cristo vino para hacernos volver del estado de esclavitud al estado de libertad. Y por eso, así como asumió nuestra mortalidad para devolvernos a la vida, de igual modo, como dice Beda, ‘se dignó encarnarse en un tiempo en que, apenas nacido, fuese empadronado en el censo del César y, por liberarnos a nosotros, quedase él sometido a la servidumbre'" (2). Más allá de los aspectos teológicos relacionados con el empadronamiento, podemos considerar razones concretas, de cuño geográfico y sociológico, que aclaren más la providencialidad en la elección de la época para que naciera el Mesías.
En ese tiempo, el lugar de nacimiento del fundador de la estirpe tenía importancia fundamental para determinar los orígenes de una familia. Incluso después de dividirse en innumerables ramificaciones que iban a otros lugares, a veces lejanos, para establecerse, esas nuevas colmenas humanas guardaban una estrecha relación con su punto de partida geográfico. El pueblo judío observaba esa costumbre a más no poder, y los romanos se valieron de ella para hacer cumplir el edicto de César Augusto, a fin de llevar a cabo un censo exacto del pueblo. Por esto, José se vio en la obligación de presentarse ante las autoridades en “la ciudad de David, que se llamaba Belén”. La Sagrada Familia debería, pues, emprender un viaje de tres o cuatro días desde Nazaret hasta Belén (cerca de 140 km), tiempo empleado por las caravanas de la época. Dicho sea de paso, Belén estaba en el carrefour de las rutas de caravana con destino a Egipto, siendo un lugar de descanso para los viajeros.
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Por qué María hizo el viaje con José
4 Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Ju­dea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, 5 para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta.
La mención que hace san Lucas al estado de gravidez de María Santísima propicia comentarios e hipótesis. Una vez que la obligación de presentarse en Belén era solamente de José, ¿por qué también María habrá emprendido el viaje en su compañía?
Según algunos autores, tal vez ambos habían decidido su definitivo traslado a la ciudad cuna de la estirpe del Rey Profeta. Tanto más cuando en la Anunciación realizada por san Gabriel constaba que Dios daría al Niño el trono de su padre David. 3.jpgAdemás –argumentan dichos autores– el profeta Miqueas, varios siglos antes, había hecho referencia a la ciudad de Belén como lugar de procedencia del que gobernaría al pueblo judío (cf. Miq 5, 1).
Por otro lado, también es posible que José no quisiera dejar sola a María en tales circunstancias, sobre todo si tomamos en cuenta la gran santidad de este varón que sería el padre legal y el tutor del Hijo de Dios. José, ciertamente, quería adorarlo cuanto antes y desde el primer momento.
Quizás todas las hipótesis se conjuguen y tengan cabida. Sea como fuere, el desplazamiento debió ser muy fatigoso para la Santísima Virgen, tan próxima ya del término de su gestación. Los caminos, tortuosos y descuidados, estaban repletos por el tránsito de los convocados al censo. Borricos y camellos circulaban en uno y otro sentido en número superior al habitual. Además, Belén se sitúa a 10 km al sur de Jerusalén, a más de 700 metros de altura sobre el Mediterráneo y a casi 1.200 metros por encima del nivel del Mar Muerto; por tanto, una y otra ciudad se hallan a una altura muy semejante. Era la última región habitable camino al Mar Muerto. Así, los últimos trechos del camino recorrido para llegar a Jerusalén y pernoctar en Belén, fueron abruptos.
Tal vez se piense que por el enorme consuelo de convertirse en madre dentro de poco, la Santísima Virgen no sentiría el cansancio de un trayecto tan penoso. Pero hasta eso se le exigió para hacer más meritoria su participación en la obra redentora de su Divino Hijo. A esa incomodidad se añadiría otra: los “hoteles” de aquellos tiempos. Las condiciones de hospedaje no se asemejaban ni remotamente a las actuales, bajo los más variados aspectos. Los viajeros ocupaban divisiones contiguas debajo de pérgolas – por lo tanto, sin techo– o, para los que tenían más recursos, en cubículos cubiertos. Estos y aquellos se ubicaban a lo largo de un muro alto que rodeaba un amplio patio, en donde los huéspedes dejaban sus respectivos animales. Una sola puerta daba acceso al interior del albergue. En las noches de sobrepoblación no era raro encontrar gente acampada en ese patio. La convivencia entre hombres, en medio de animales, se nutría de “comilonas” alegradas con canciones, palabrería e, incluso, discusiones. A este ambiente no le era ajeno un indescriptible prosaísmo, común en esos tiempos.
La agitación creada por el empadronamiento no extrañó a los judíos, puesto que el ambiente a lo largo de las celebraciones de Pascua era el mismo. Todavía no existía el recato que la Preciosa Sangre de Cristo introdujo después en la civilización cristiana. Todo se hacía sin reservas a la vista de todos: nacer o morir, enfermar o curarse, dormir o agitarse, etc. Ese es el verdadero sentido de la afirmación de san Lucas: “porque no había sitio para ellos en el mesón”. No era tanto que estuviera lleno, sino que no les resultaba adecuado.
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Belén, la ciudad elegida
¿Y por qué Belén?
El nombre de la ciudad tiene origen hebreo: “Betlehem”, es decir, “casa del pan”, porque era una localidad muy fértil. Quien cantó místicamente las glorias de Belén fue santa Paula, en el año 383: “¡Te saludo, oh Belén, casa del pan, donde el pan bajado del cielo vio la luz de la tierra! ¡Te saludo, oh Efratá, campo riquísimo y fértil, que entre tus frutos trajiste al mismo Dios!" (3). Santo Tomás de Aquino explica algunas de las razones por las cuales Jesús eligió Belén para nacer y Jerusalén para morir:
“David nació en Belén, pero eligió a Jerusalén para establecer en ella la sede de su reino y para edificar allí el templo del Señor, con lo que Jerusalén se convirtió en ciudad real y sacerdotal. Ahora bien, el sacerdocio y el reino de Cristo se realizaron principalmente en su pasión. Y por eso eligió convenientemente Belén para su nacimiento, y Jerusalén para su pasión. (...)
“Como dice Gregorio en una Homilía, ‘Belén se traduce por casa de pan. Es el mismo Cristo quien dice: Yo soy el pan vivo que he bajado del cielo'. […] Con esto confundió a la vez la vanidad de los hombres, que se glorían de traer su origen de ciudades nobles, en las que buscan también ser especialmente honrados. Cristo, por el contrario, quiso nacer en una población desconocida, y padecer los agravios en una ciudad ilustre" (4).
Belén cuenta con un pasado histórico rico en contenido y simbolismo. Ahí fue enterrada Raquel, la esposa de Jacob (cf. Gen 35, 16- 19) y hasta hoy se puede visitar su tumba. En la división del territorio de Israel que efectuó Josué, Belén le cupo a la tribu de Judá, en que nació David. Pero después del nacimiento de Jesús la ciudad se eclipsa. Los Evangelios no la mencionan más, y se queda con los resplandores de las primeras miradas del Salvador recién llegado al mundo. Solamente en el siglo II, san Justino y Orígenes, junto a otros escritores, revivirán las glorias de la ciudad.
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III - Nace el Salvador
Historia de la gruta
6 Y mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, 7 y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en el mesón.
Como declara el mismo san Lucas, “no había sitio para ellos en el mesón”, o sea, José viajó a Belén con la esperanza de encontrar un hospedaje a la altura del gran acontecimiento que estaba por suceder. La beata Ana Catalina Emmerick describe con piadosa riqueza4.jpg los varios intentos frustrados de José, al encontrar sus antiguas amistades, para dar con un sitio donde reposar. Después que amargas lágrimas cayeran por su rostro, se acordó de un refugio apartado de la ciudad, que él mismo frecuentaba en su juventud para escapar de sus perseguidores y aprovechar para rezar. Tras proponer esta solución a la Santísima Virgen, fueron allá. Según la vidente –que describe hasta en sus minucias el exterior y el interior de la gruta– ahí había nacido Set, el tercer hijo de Adán, que de acuerdo a la promesa de un ángel a Eva, tomaría el lugar de Abel. Otros hechos simbólicos relacionados con Abraham habían ocurrido también en el mismo lugar.
Por fin, una vez instalados, María sugirió a José rezar juntos por los que se habían negado a recibirlos, y le comunicó la hora del nacimiento, pidiéndole preparar bien el pesebre para honrar y adorar al Niño apenas llegara a este mundo.
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El cielo se une a la tierra
Después de estar algunos momentos afuera, José regresó a la gruta encontrándola como en llamas de tanta luz. Inmediatamente, se postró con el rostro en tierra. Esa luz que rodeaba a la Santísima Virgen fue creciendo en intensidad y a la medianoche, después que María entrara en éxtasis y levitación, y con la propia naturaleza de los alrededores como animada por un gran júbilo, nació el Salvador. Al moverse el Niño, haciendo oír sus primeros llantos, su Madre “le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre”. El cielo bajó a la tierra para adorarlo, mientras la Virgen, abrigándolo con su amplio manto, lo amamantaba. Pasada una hora, María llamó a José, que todavía estaba postrado en oración. Júbilo, humildad y fervor son las cualidades con que la vidente Ana Catalina Emmerick describe el estado espiritual de José cuando recibió al Niño en sus brazos, con lágrimas de alegría. El recién nacido era según su expresión “brillante como un relámpago.
A esta altura del presente artículo –tal vez por encontrarme en este momento en una capilla, muy cerca de Jesús-Hostia expuesto en adoración– siento el ferviente deseo de dirigir a las almas que leen este relato lo que san Pablo implora al Padre para los Efesios: “Que Cristo [Niño] habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, y que os vayáis llenando hasta la plenitud misma de Dios” (Ef 3, 17-19).
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La Navidad en la liturgia
Esta noche presenciamos litúrgicamente el nacimiento de Cristo en el tiempo, ya que por su naturaleza divina ha sido engendrado desde la eternidad, como afirma santo Tomás de Aquino: “En Cristo hay dos naturalezas: una, la que recibió del Padre desde la eternidad, y otra, la que recibió de la madre en el tiempo. Y por eso es necesario atribuir a Cristo dos nacimientos: uno, por el que nace eternamente del Padre; otro, por el que nació temporalmente de la madre" (5).
“Y el Verbo se hizo carne…” (Jn 1, 14). La Segunda Persona de la Santísima Trinidad está entre nosotros. Este acontecimiento único e insuperable refulge sobre toda la Historia, y aunque ocurrió hace más de dos mil años, es actualísimo. Dios quiso hacerse sensible y visible, y todavía hoy, como sucederá hasta el final de los tiempos, podemos tener contacto con los esplendores de la Encarnación a través de los sacramentos. El Verbo se hace carne diariamente en nuestros altares. Por esta razón, la Misa de Gallo posee un significado muy especial. Que el Espíritu Santo inflame nuestro corazón para sacar provecho de todas las gracias y dones traídos por el Niño Dios esta noche, cuando viene a luz.
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IV - Adoración de los pastores
8 Había en la misma comarca unos pastores que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño. 9 Se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz; y se llenaron de gran temor.
También David había sido pastor de ovejas, y en esa gruta habían tres de sus descendientes, uno de los cuales era el Hijo del Altísimo. La corte celestial ya había rendido culto y homenaje al Niño. Nacido con nuestra naturaleza, era digno y justo que recibiera también la adoración de nuestra sociedad.
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Una categoría social despreciada
Los pastores formaban una comunidad despreciada por los fariseos. En el caso concreto de Belén, trabajaban en los confines de la comarca, donde los cultivos ya no tenía interés y las tierras estaban abandonadas, sin labranza. 5.jpgAllá se quedaban los rebaños más numerosos, fuera invierno o verano, vigilados por algunos hombres. Los habitantes del poblado guardaban sus animales en los establos de los alrededores. La pésima reputación de los pastores entre los fariseos tenía varias razones. Se percibe de inmediato que sus labores no se avenían mucho con las innumerables abluciones, lavados de manos, purificaciones de vasijas, selección de alimentos, etc., que para los fariseos eran tan importantes. Pero, sobre todo, los pastores eran hombres sensatos y más dados a la contemplación. El contacto permanente con la naturaleza salida de manos de Dios, en la calma y quietud del campo solitario, enriquecía sus almas con pensamientos elevados, haciéndolos forjarse ideas sólidas, difíciles de destruir por la caprichosa falta de lógica de los fariseos.
En pocas palabras, estos son los motivos por los cuales los pastores estaban excluidos de los pleitos judiciales de los fariseos, no eran aceptados como testigos y ni siquiera podían entrar a sus tribunales.
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Separando a los que tienen fe de los incrédulos
Así, el Niño Dios inició su misión como piedra de escándalo apenas nació, dejando de lado a los que no creen. Herodes oiría por boca de los Reyes Magos el anuncio del gran milagro; los que negaron posada a los padres del Niño y los propios fariseos, con su pérfida obstinación, también rechazarían los milagros de Jesús. Todos éstos no creyeron. Los ángeles buscaron a los pastores porque tenían una robusta virtud de la fe, forjada en obediencia. No era fácil creer en un Mesías nacido en las condiciones más pobres, en un establo, entre un buey y un burro; los pastores fueron elegidos por Dios no por su sencillez de vida y de costumbres, ni siquiera por su escasa capacidad económica –porque en Israel había muchos otros más pobres y simples que ellos–, sino por estar predispuestos a creer.
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El temor a la grandeza de Dios
Sin embargo, los pastores “se llenaron de gran temor”. Herodes también temería, al igual que más tarde los escribas, los fariseos y el sanedrín; pero son temores muy diferentes. Para los judíos, la aparición de un ángel siempre venía acompañada con la idea de una muerte instantánea. Pero, además, en este caso se daba la manifestación de la gloria de Dios, y el efecto natural de su grandeza es el temor, seguido por la admiración o el odio, pero nunca por la indiferencia. Por eso unos irán corriendo a la gruta para adorarlo y otros querrán matarlo.
10 El ángel les dijo: «No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: 11 Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Cristo Señor. 12 Esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre».
El anuncio del ángel se inicia con una disposición: “No temáis”. Estas palabras se referían a su propia aparición, evidentemente, pero podrían ser puestas en un letrero encima del pesebre donde reposa el Niño Dios. A pesar de la fragilidad del recién nacido, ahí se encuentran la Grandeza infinita de Dios, la Verdad, la Justicia y la Bondad. Tememos la Justicia por nuestra naturaleza defectuosa y por ser pecadores, y tal como la luz muy brillante puede herir los ojos enfermos, así tiembla nuestra maldad frente a la Grandeza de Dios.
Por eso, el ángel recomendó en tono imperativo que no tuviesen miedo, y acto seguido les habló de una “gran alegría”. De hecho, es imposible una alegría más grande. Había nacido el Mesías, objeto de sus largas conversaciones y de sus innumerables contemplaciones. A pesar de su tosca formación, los pastores estaban exentos del dogmatismo cerrado de los fariseos; con la fe inocente de los campesinos que eran, llenos de la gracia del Espíritu Santo, inmediatamente creyeron en el mensaje angelical.
Encontrar el lugar no era problema para ellos, pues conocían todos los establos. En las noches muy frías o de lluvia buscaban refugio en tal o cual gruta. El ángel les da la señal indicativa: “un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”".
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V - El canto de los ángeles
13 Al instante se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: 14 «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad».
Pongamos atención en estas palabras: “multitud del ejército celestial […] gloria a Dios”.
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Gloria a Dios en las alturas...
Sí, la mayor gloria que la humanidad y los mismos cielos podrían dar a Dios se realizó en el grandioso nacimiento del Señor. Toda la creación reunida en un solo coro – incluyendo a la Santísima Virgen– jamás prestaría a Dios la alabanza que se elevó del Niño Jesús en su nacimiento. Antes que éste se produjera, los cantos de todos los seres eran débiles y sin resonancia. Con la venida de Cristo, causa meritoria y eficiente de nuestra divinización, toda la obra de la creación alcanzó una cota inimaginable. Quedando Jesús como centro y modelo de todo, no sólo el canto se volvió distinto, sino que Él empezó a cooperar también en la infinita glorificación que el Padre quiere recibir en tributo. La humanidad adquirió como cabeza y sacerdote al propio Cristo, cuyo solo nombre glorifica a Dios por completo.
6.jpg Aquel Niño en el pesebre, desde su primer momento y a lo largo de su vida, en sus palabras, obras y sufrimientos, no quiso sino ser instrumento para servir, alabar y glorificar a Dios. El hombre será tanto más noble mientras más se considere una criatura de Dios y de este principio extraiga todas las consecuencias, otorgando a su vida un orden completo, de lo cual nacerán las virtudes más hermosas. El Niño que esta noche llegó al mundo, desde que abrió los ojos fue siempre sumiso a Dios con una completa justicia, equidad y perfección.
Incluso sin considerar el carácter expiatorio de su Encarnación, ya resulta insuperable la gloria que se elevó a Dios a partir de la gruta en Belén.
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Paz en la tierra...
En armonía con ese “Gloria a Dios en la alturas”, el Niño vino a traer la paz a los hombres. Sí, porque nos reconcilió con Dios, nos enseñó a conocer bien y amar al Padre, así como a nuestros hermanos, y nos llamó a la santidad muriendo por todos y cada uno. Nuestra finalidad se volvió claramente explícita, así como fue señalada la forma de gobierno sobre nosotros mismos y sobre las criaturas.
Una vez más, acerquémonos al Pesebre y adoremos al Niño, Príncipe de la Paz, y oigamos la voz de Isaías: “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia salvación, que dice a Sión: ‘¡Ya reina tu Dios!'” (Is 52, 7). Él, autor de la gracia santificante sin la cual “no puede haber paz verdadera, sino sólo aparente” (6).
Esa es la invitación esencial para el mundo de hoy, víctima de las guerras, las catástrofes y las amenazas: arrodíllate, y junto a María, José y los pastores, escucha el saludo de san Pablo: “Que el Señor de la paz os conceda la paz siempre y en todas su formas” (2 Tes 3, 16).
(Revista Heraldos del Evangelio, Dic/2006, n. 60, pag. 10 a 17)

domingo, 25 de diciembre de 2011

El Papa invita a abandonar el "orgullo intelectual" para reconocer al Dios hecho niño en Navidad


Al presidir una emotiva Misa de Gallo en la Basílica de San Pedro, el Papa Benedicto XVI advirtió contra las luces comerciales que oscurecen el misterio de la Navidad y advirtió que "si queremos encontrar al Dios que ha aparecido como niño, hemos de apearnos del caballo de nuestra razón 'ilustrada'".
A continuación, la homilía completa del Papa Benedicto XVI durante la Misa de Nochebuena.
Queridos hermanos y hermanas
La lectura que acabamos de escuchar, tomada de la Carta de san Pablo Apóstol a Tito, comienza solemnemente con la palabra apparuit, que también encontramos en la lectura de la Misa de la aurora: apparuit – ha aparecido. Esta es una palabra programática, con la cual la Iglesia quiere expresar de manera sintética la esencia de la Navidad. Antes, los hombres habían hablado y creado imágenes humanas de Dios de muchas maneras. Dios mismo había hablado a los hombres de diferentes modos (cf. Hb 1,1: Lectura de la Misa del día). Pero ahora ha sucedido algo más: Él ha aparecido. Se ha mostrado. Ha salido de la luz inaccesible en la que habita. Él mismo ha venido entre nosotros. Para la Iglesia antigua, esta era la gran alegría de la Navidad: Dios se ha manifestado. Ya no es sólo una idea, algo que se ha de intuir a partir de las palabras. Él «ha aparecido». Pero ahora nos preguntamos: ¿Cómo ha aparecido? ¿Quién es él realmente? La lectura de la Misa de la aurora dice a este respecto: «Ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre» (Tt 3,4). Para los hombres de la época pre-cristiana, que ante los horrores y las contradicciones del mundo temían que Dios no fuera bueno del todo, sino que podría ser sin duda también cruel y arbitrario, esto era una verdadera «epifanía», la gran luz que se nos ha aparecido: Dios es pura bondad. Y también hoy, quienes ya no son capaces de reconocer a Dios en la fe se preguntan si el último poder que funda y sostiene el mundo es verdaderamente bueno, o si acaso el mal es tan potente y originario como el bien y lo bello, que en algunos momentos luminosos encontramos en nuestro cosmos. «Ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre»: ésta es una nueva y consoladora certidumbre que se nos da en Navidad.
En las tres misas de Navidad, la liturgia cita un pasaje del libro del profeta Isaías, que describe más concretamente aún la epifanía que se produjo en Navidad: «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva al hombro el principado, y es su nombre: Maravilla de Consejero, Dios fuerte, Padre perpetuo, Príncipe de la paz. Para dilatar el principado con una paz sin límites» (Is 9,5s). No sabemos si el profeta pensaba con esta palabra en algún niño nacido en su época. Pero parece imposible. Este es el único texto en el Antiguo Testamento en el que se dice de un niño, de un ser humano, que su nombre será Dios fuerte, Padre para siempre. Nos encontramos ante una visión que va, mucho más allá del momento histórico, hacia algo misterioso que pertenece al futuro. Un niño, en toda su debilidad, es Dios poderoso. Un niño, en toda su indigencia y dependencia, es Padre perpetuo. Y la paz será «sin límites». El profeta se había referido antes a esto hablando de «una luz grande» y, a propósito de la paz venidera, había dicho que la vara del opresor, la bota que pisa con estrépito y la túnica empapada de sangre serían pasto del fuego (cf. Is 9,1.3-4).
Dios se ha manifestado. Lo ha hecho como niño. Precisamente así se contrapone a toda violencia y lleva un mensaje que es paz. En este momento en que el mundo está constantemente amenazado por la violencia en muchos lugares y de diversas maneras; en el que siempre hay de nuevo varas del opresor y túnicas ensangrentadas, clamemos al Señor: Tú, el Dios poderoso, has venido como niño y te has mostrado a nosotros como el que nos ama y mediante el cual el amor vencerá. Y nos has hecho comprender que, junto a ti, debemos ser constructores de paz. Amamos tu ser niño, tu no-violencia, pero sufrimos porque la violencia continúa en el mundo, y por eso también te rogamos: Demuestra tu poder, ¡oh Dios! En este nuestro tiempo, en este mundo nuestro, haz que las varas del opresor, las túnicas llenas de sangre y las botas estrepitosas de los soldados sean arrojadas al fuego, de manera que tu paz venza en este mundo nuestro.
La Navidad es Epifanía: la manifestación de Dios y de su gran luz en un niño que ha nacido para nosotros. Nacido en un establo en Belén, no en los palacios de los reyes. Cuando Francisco de Asís celebró la Navidad en Greccio, en 1223, con un buey y una mula y un pesebre con paja, se hizo visible una nueva dimensión del misterio de la Navidad. Francisco de Asís llamó a la Navidad «la fiesta de las fiestas» – más que todas las demás solemnidades – y la celebró con «inefable fervor» (2 Celano, 199: Fonti Francescane, 787). Besaba con gran devoción las imágenes del Niño Jesús y balbuceaba palabras de dulzura como hacen los niños, nos dice Tomás de Celano (ibíd.). Para la Iglesia antigua, la fiesta de las fiestas era la Pascua: en la resurrección, Cristo había abatido las puertas de la muerte y, de este modo, había cambiado radicalmente el mundo: había creado para el hombre un lugar en Dios mismo. Pues bien, Francisco no ha cambiado, no ha querido cambiar esta jerarquía objetiva de las fiestas, la estructura interna de la fe con su centro en el misterio pascual. Sin embargo, por él y por su manera de creer, ha sucedido algo nuevo: Francisco ha descubierto la humanidad de Jesús con una profundidad completamente nueva. Este ser hombre por parte de Dios se le hizo del todo evidente en el momento en que el Hijo de Dios, nacido de la Virgen María, fue envuelto en pañales y acostado en un pesebre. La resurrección presupone la encarnación. El Hijo de Dios como niño, como un verdadero hijo de hombre, es lo que conmovió profundamente el corazón del Santo de Asís, transformando la fe en amor. «Ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre»: esta frase de san Pablo adquiría así una hondura del todo nueva. En el niño en el establo de Belén, se puede, por decirlo así, tocar a Dios y acariciarlo. De este modo, el año litúrgico ha recibido un segundo centro en una fiesta que es, ante todo, una fiesta del corazón.
Todo eso no tiene nada de sensiblería. Precisamente en la nueva experiencia de la realidad de la humanidad de Jesús se revela el gran misterio de la fe. Francisco amaba a Jesús, al niño, porque en este ser niño se le hizo clara la humildad de Dios. Dios se ha hecho pobre. Su Hijo ha nacido en la pobreza del establo. En el niño Jesús, Dios se ha hecho dependiente, necesitado del amor de personas humanas, a las que ahora puede pedir su amor, nuestro amor. La Navidad se ha convertido hoy en una fiesta de los comercios, cuyas luces destellantes esconden el misterio de la humildad de Dios, que nos invita a la humildad y a la sencillez. Roguemos al Señor que nos ayude a atravesar con la mirada las fachadas deslumbrantes de este tiempo hasta encontrar detrás de ellas al niño en el establo de Belén, para descubrir así la verdadera alegría y la verdadera luz.
Francisco hacía celebrar la santa Eucaristía sobre el pesebre que estaba entre el buey y la mula (cf. 1 Celano, 85: Fonti, 469). Posteriormente, sobre este pesebre se construyó un altar para que, allí dónde un tiempo los animales comían paja, los hombres pudieran ahora recibir, para la salvación del alma y del cuerpo, la carne del Cordero inmaculado, Jesucristo, como relata Celano (cf. 1 Celano, 87: Fonti, 471). En la Noche santa de Greccio, Francisco cantaba personalmente en cuanto diácono con voz sonora el Evangelio de Navidad. Gracias a los espléndidos cantos navideños de los frailes, la celebración parecía toda una explosión de alegría (cf. 1 Celano, 85 y 86: Fonti, 469 y 470). Precisamente el encuentro con la humildad de Dios se transformaba en alegría: su bondad crea la verdadera fiesta.
Quien quiere entrar hoy en la iglesia de la Natividad de Jesús, en Belén, descubre que el portal, que un tiempo tenía cinco metros y medio de altura, y por el que los emperadores y los califas entraban al edificio, ha sido en gran parte tapiado. Ha quedado solamente una pequeña abertura de un metro y medio. La intención fue probablemente proteger mejor la iglesia contra eventuales asaltos pero, sobre todo, evitar que se entrara a caballo en la casa de Dios. Quien desea entrar en el lugar del nacimiento de Jesús, tiene que inclinarse. Me parece que en eso se manifiesta una cercanía más profunda, de la cual queremos dejarnos conmover en esta Noche santa: si queremos encontrar al Dios que ha aparecido como niño, hemos de apearnos del caballo de nuestra razón «ilustrada». Debemos deponer nuestras falsas certezas, nuestra soberbia intelectual, que nos impide percibir la proximidad de Dios. Hemos de seguir el camino interior de san Francisco: el camino hacia esa extrema sencillez exterior e interior que hace al corazón capaz de ver. Debemos bajarnos, ir espiritualmente a pie, por decirlo así, para poder entrar por el portal de la fe y encontrar a Dios, que es diferente de nuestros prejuicios y nuestras opiniones: el Dios que se oculta en la humildad de un niño recién nacido. Celebremos así la liturgia de esta Noche santa y renunciemos a la obsesión por lo que es material, mensurable y tangible. Dejemos que nos haga sencillos ese Dios que se manifiesta al corazón que se ha hecho sencillo. Y pidamos también en esta hora ante todo por cuantos tienen que vivir la Navidad en la pobreza, en el dolor, en la condición de emigrantes, para que aparezca ante ellos un rayo de la bondad de Dios; para que les llegue a ellos y a nosotros esa bondad que Dios, con el nacimiento de su Hijo en el establo, ha querido traer al mundo. Amén.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

El Papa invita a los hombres contemporáneos a meditar sobre el misterio de la Navidad


Ciudad del Vaticano (Miércoles, 21-12-2011, Gaudium Press) En la última audiencia general antes de la Navidad, el Santo Padre dedicó la catequesis al misterio del nacimiento de Cristo. "El hombre contemporáneo, hombre de lo ‘sensible', de lo experimentable empíricamente, tiene cada vez más dificultad de abrir los horizontes y entrar al mundo de Dios", afirmó el Pontífice, al recordar que la Navidad "no es un simple aniversario del nacimiento de Jesús".
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Peregrinos rindieron homenaje al Papa tocando sus gaitas
Benedicto XVI inició la audiencia con los votos de Navidad para las 5 mil personas presentes hoy en la Sala Pablo VI y después los hizo en 6 lenguas diversas. A todos pidió que continúen esta tradición cristiana sin perder el profundo valor religioso. Pidió también que "la fiesta no sea absorbida por los aspectos exteriores", también importantes que forman parte de la celebración.
"Ciertamente -explicó el Papa- las señales externas son bellas e importantes, siempre que no desvíen, sino ayuden a vivir la Navidad en su sentido más verdadero, el sagrado y cristiano, de modo que también nuestra alegría no sea superficial, sino profunda". Así, el Santo Padre recordó la dimensión espiritual de la Navidad cuyo significado "es celebrar un Misterio que marcó y continuó marcando la historia del hombre".
El Misterio de la Navidad
Aquel "Misterio" nosotros cotidianamente lo "vivimos concretamente en las celebraciones litúrgicas, en particular en la Santa Misa", porque "en la Liturgia tal acontecimiento sobrepasa los límites del espacio y el tiempo y se torna actual, presente". Es un Misterio que "el hombre contemporáneo, hombre de lo ‘sensible', de lo experimentable empíricamente, tiene cada vez más dificultad de abrir los horizontes y entrar al mundo de Dios". Otro elemento significativo recordado por el Papa fue la ligación entre el misterio de Navidad y aquel Pascual que juntos son "la única obra redentora de Cristo".
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Peregrinos mexicanos también entonaron sus canciones al Sumo Pontífice durante la audiencia general
El Papa hoy hizo votos a los presentes para que vivan "este evento maravilloso: el Hijo de Dios nace aún "hoy", Dios está realmente cerca de cada uno de nosotros y quiere encontrarnos, quiere llevarnos hasta Él". En español invitó a los cristianos a "celebrar una Navidad auténticamente cristiana, con la alegría de saber que el Señor vino al mundo para salvarnos".
"Él quiere recorrer - continuó en español - a nuestro lado el camino de la vida. Al Niño Dios pediré por todos, especialmente por quienes pasan por duras pruebas. Que en estos días santos, la caridad cristiana se muestre singularmente activa con los más necesitados. Para los pobres no puede haber dilación. Feliz Navidad".
También en portugués el Santo Padre hizo votos de "una Navidad verdaderamente cristiana". Una Navidad "de tal modo que los votos de "Felices Fiestas", que iréis intercambiar unos con otros, sean expresión de la alegría que sentís por saber que Dios está en medio de nosotros y desea recorrer con nosotros el camino de la vida. ¡Para todos, una santa Navidad y un buen Año Nuevo, repleto de bendiciones del Dios Niño!"

domingo, 11 de diciembre de 2011

Nuestra Señora de Guadalupe



"Virgen María de Guadalupe, dulce Señora y Madre nuestra, nos volvemos a ti para agradecerte de todo corazón que hayas querido que la canonización de tu fiel servidor, Juan Diego, "el más pequeño de tus hijos", haya sido aquí, en tu "casita sagrada" del Tepeyac.

"Madre, te pedimos fervientemente que esta canonización sirva para para impulsar la Nueva Evangelización en toda América y en el mundo entero. Que Juan Diego, a quien podemos ya venerar como santo, sea un verdadero modelo de vida cristiana para "todos los moradores de estas tierras y demás amadores tuyos que invocan tu nombre".
Súplica a la Virgen de Guadalupe, pronunciada por
el Santo Padre durante la Misa de Canonización de San Juan Diego
el  31 de julio, 2002

rose_rel.gif (1796 bytes)EL NICAN MOPOHUA:
Es el relato de las Apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe al Beato Juan Diego, indígena azteca, ocurridas del 9 al 12 de diciembre de 1531. Escrito originalmente en la lengua náhuatl, todavía en uso en varias regiones de México. Las dos palabras iniciales Nican Mopohua se han usado por antonomasia para identificar este relato, aunque muchos documentos indígenas comienzan igual. El título completo es: "Aquí se cuenta se ordena como hace poco milagrosamente se apareció la Perfecta Virgen Santa María, Madre de Dios, nuestra Reina; allá en el Tepeyac, de renombre Guadalupe". Es la principal fuente de nuestro conocimiento del Mensaje de la Sma. Virgen al Beato Juan Diego, a México y al Mundo. La copia más antigua se halla en la Biblioteca Pública de Nueva York Rare Books and Manuscripts Department. The New York Public Library, Astor, Lenox and Tilden Foundation.
rose_rel.gif (1796 bytes)EL AUTOR:
Se atribuye a Don Antonio Valeriano (1520?-1605?) sabio indígena aventajado discípulo de Fr. Bernardino de Sahagún. Don Antonio recibió la historia de labios del vidente, muerto en 1548.
rose_rel.gif (1796 bytes)EL ARGUMENTO:
Se narra la Evangelización de una cultura por la intervención de Dios y de la Santísima Virgen. Leyendo entre líneas y más, desde la óptica náhuatl, se percata uno de cómo esta Evangelización empapó hasta las más íntimas fibras de la cultura pre-hispánica.

Se lleva a cabo la unión de dos pueblos irreconciliables. En la plenitud de los tiempos para América aparece María Santísima portadora de Cristo. Hay una identificación de lo esencial de la Biblia: Cristo, centro de la Historia- (Juan 3,14-16) con lo esencial del Nican Mopohua (vv.26-27) y con lo esencial del mensaje glífico de la Imagen de Nuestra Señora de Guadalupe: el Niño Sol que lleva en su vientre Santísimo.
rose_rel.gif (1796 bytes)LOS PROTAGONISTAS:
La Virgen que pide un templo para manifestar a su Hijo. El Beato Juan Diego, vidente y confidente de la Sma. Virgen. El Obispo Fr. Juan de Zumárraga a cuya Autoridad se confía el asunto. El Tío del Beato Juan Diego, sanado milagrosamente. Los criados del Obispo que siguen al Beato Juan Diego. Lo espían. La ciudad entera que reconoce lo sobrenatural de la imagen y entrega su corazón a la Sma. Virgen.
rose_rel.gif (1796 bytes)LAS APARICIONES:
Relato de las apariciones de acuerdo al Nican Mopohua, el escrito más antiguo que existe sobre las apariciones de la Virgen de Guadalupe.
rose_rel.gif (1796 bytes)Primera Aparición:
Era sábado muy de madrugada cuando Juan Diego venía en pos del culto divino y de sus mandatos a Tlatilolco.

Al llegar junto al cerrito llamado Tepeyacac, amanecía; y oyó cantar arriba del cerro; semejaba canto de varios pájaros; callaban a ratos las voces de los cantores; y parecía que el monte les respondía. Su canto, muy suave y deleitoso, sobrepasaba al del coyoltótotl y del tzinizcan y de otros pájaros lindos que cantan.
Se paró Juan Diego para ver y dijo para sí: "¿Por ventura soy digno de lo que oigo?, ¿Quizás sueño?, ¿Me levanto de dormir?, ¡Dónde estoy?, ¿Acaso en el paraíso terrenal, que dejaron dicho los viejos, nuestros mayores?, ¿Acaso ya en el cielo?"
Estaba viendo hacia el oriente, arriba del cerrillo, de donde procedía el precioso canto celestial.
Y así que cesó repentinamente y se hizo el silencio, oyó que le llamaban de arriba del cerrito y le decían: "Juanito, Juan Dieguito."

Luego se atrevió a ir a donde le llamaban. No se sobresaltó un punto, al contrario, muy contento, fue subiendo el cerrillo, a ver de dónde le llamaban.

Cuando llegó a la cumbre vio a una señora, que estaba allí de pie y que le dijo que se acercara.

Llegado a su presencia, se maravilló mucho de su sobrehumana grandeza: su vestidura era radiante como el sol; el risco en que posaba su planta, flechado por los resplandores, semejaba una ajorca de piedras preciosas; y relumbraba la tierra como el arco iris. Los mezquites, nopales y otras diferentes hierbecillas que allí se suelen dar parecían de esmeralda; su follaje, finas turquesas; y sus ramas y espinas brillaban como el oro.

Se inclinó delante de ella y oyó su palabra, muy suave y cortés, cual de quien atrae y estima mucho.

Ella le dijo: "¿Juanito, el mas pequeño de mis hijos, dónde vas?"

El respondió: Señora y Niña mía, tengo que llegar a tu casa de México Tlatilolco, a seguir las cosas divinas, que nos dan y enseñan nuestros sacerdotes, delegados de Nuestro Señor".  Ella luego le habló y le descubrió su santa voluntad. Le dijo: "Sabe y ten entendido, tú el más pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien se vive: del Creador cabe quien está todo: Señor del cielo y de la tierra. Deseo vivamente que se me erija aquí un templo, para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre, a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mi confíen; oír allí sus lamentos y remediar todas sus miserias, penas y dolores.
Y para realizar lo que mi clemencia pretende, ve al palacio del Obispo de México y le dirás cómo yo te envío a manifestarle lo que deseo, que aquí me edifique un templo: le contarás puntualmente cuanto has visto y admirado, y lo que has oído. Ten por seguro que te lo agradeceré bien y lo pagaré, porque te haré feliz y merecerás mucho que yo recompense el trabajo y fatiga con que vas a procurar lo que te encomiendo. Mira que ya has oído mi mandato hijo mío el mas pequeño, anda y pon todo tu esfuerzo."
Juan Diego contestó: Señora mía, ya voy a cumplir tu mandato; por ahora me despido de ti, yo tu humilde siervo."
Luego bajó, para ir a hacer su mandato; y salió a la calzada que viene en línea recta a México."
rose_rel.gif (1796 bytes)Segunda Aparición:
Habiendo entrado sin delación en la ciudad, Juan Diego se fue en derechura al palacio del obispo que era el prelado que muy poco antes había venido y se llamaba Fray Juan de Zumárraga, religioso de San Francisco. Apenas llegó trató de verle; rogó a sus criados que fueran a anunciarle. Y pasado un buen rato, vinieron a llamarle, que había mandado el señor Obispo que entrara.

Luego que entró, en seguida le dio el recado de la Señora del Cielo; y también le dijo cuanto admiró, vio y oyó. Después de oír toda su plática y su recado, pareció no darle crédito. El Obispo le respondió; "Otra vez vendrás, hijo mío, y te oiré más despacio; lo veré muy desde el principio y pensaré en la voluntad y deseo con que has venido." Juan Diego salió y se vino triste, porque de ninguna manera se realizó su mensaje. En el mismo día se volvió; se vino derecho a la cumbre del cerrito, y acertó con la Señora del Cielo, que le estaba aguardando, allí mismo donde le vio la primera vez: "Señora, la mas pequeña de mis hijas. Niña mía, fui a donde me enviaste a cumplir tu mandato, le vi y le expuse tu mensaje, así como me advertiste; me recibió benignamente y me oyó con atención; pero en cuanto me respondió, apareció que no lo tuvo por cierto. Me dijo: Otra vez vendrás, te oiré mas despacio, veré muy desde el principio el deseo y voluntad con que has venido. Comprendí perfectamente en la manera que me respondió que piensa que es quizás invención mía que tú quieres que aquí te hagan un templo y que acaso no es de orden tuya; por lo cual te ruego encarecidamente, Señora y Niña mía, que a alguno de los principales, conocido y respetado y estimado, le encargues que lleve tu mensaje, para que le crean; porque yo soy solo un hombrecillo, soy un cordel, soy una escalerilla de tablas, soy cola, soy hoja, soy gente menuda, y tú, Niña mía, la mas pequeña de mis hijas, Señora, me envías a un lugar por donde no ando y donde no paro. Perdóname que te cause pesadumbre y caiga en tu enojo, Señora y Dueña mía." Le respondió la Santísima Virgen: "Oye, hijo mío el mas pequeño, ten entendido que son muchos mis servidores y mensajeros a quienes puedo encargar que lleven mi mensaje y hagan mi voluntad; pero es de todo punto preciso que tu mismo solicites y ayudes y que con tu mediación se cumpla mi voluntad. Mucho te ruego, hijo mío el mas pequeño, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al Obispo. Dale parte en mi nombre y hazle saber por entero mi voluntad: que tiene que poner por obra el templo que le pido. Y otra vez dile que yo en persona, la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, te envía."

Respondió Juan Diego: "Señora y Niña mía, no te cause yo aflicción; de muy buena gana iré a cumplir tu mandato; de ninguna manera dejaré de hacerlo ni tengo por penoso el camino. Iré a hacer tu voluntad, pero acaso no seré oído con agrado; o si fuese oído, quizás no me creerá. Mañana en la tarde cuando se ponga el sol vendré a dar razón de tu mensaje, con lo que responda el prelado. ya me despido, Hija mía, la mas pequeña, mi Niña y Señora. Descansa entretanto". Luego se fue él a descansar a su casa.
rose_rel.gif (1796 bytes)Tercera Aparición:
Al día siguiente, domingo muy de madrugada, salió de su casa y se vino derecho a Tlatilolco a instruirse de las cosas divinas y estar presente en la cuenta para ver en seguida al prelado. casi a las diez, se aprestó, después de que se oyó Misa y se hizo la cuenta y se dispersó el gentío. Al punto se fue Juan Diego al palacio del señor Obispo. Apenas llegó, hizo todo empeño para verle: otra vez con mucha dificultad le vio; se arrodilló a sus pies; se entristeció y lloró al exponerle el mandato de la Señora del Cielo, que ojalá que creyera su mensaje y la voluntad de la Inmaculada de erigirle su templo donde manifestó que lo quería. El señor Obispo, para cerciorarse le preguntó muchas cosas, donde la vio y cómo era; y el refirió todo perfectamente al señor Obispo. Más aunque explicó con precisión la figura de ella y cuanto había visto y admirado, que en todo se descubría ser ella la siempre Virgen Santísima Madre del Salvador Nuestro Señor Jesucristo; sin embargo, el (Obispo) no le dio crédito y dijo que no solamente por su plática y solicitud se había de hacer lo que pedía; que, además, era muy necesaria alguna señal para que se le pudiera creer que le enviaba la misma Señora del cielo. Así que lo oyó dijo Juan Diego al Obispo: "Señor, mira cual ha de ser la señal que pides; que luego iré a pedírsela a la Señora del Cielo que me envió acá." Viendo el Obispo que ratificaba todo sin dudar ni retractar nada, le despidió. Mandó inmediatamente unas gentes de su casa, en quienes podía confiar, que le vinieran siguiendo y vigilando mucho a dónde iba y a quién veía y hablaba. Así se hizo. Juan Diego se vino derecho y caminó la calzada; los que venían tras él, donde pasa la barranca, cerca del puente del Tepeyacac, le perdieron; y aunque más buscaran por todas partes, en ninguna le vieron. Así es que se regresaron, no solamente porque se fastidiaron, sino también porque les estorbó su intento y les dio enojo. Eso fueron a informar al señor Obispo, inclinándose a que no le creyera: le dijeron que nomás le engañaba; que nomás forjaba lo que venía a decir, o que únicamente soñaba lo que decía y pedía; y en suma discurrieron que si otra vez volvía le habían de coger y castigar con dureza, para que nunca más mintiera y engañara. Entre tanto, Juan Diego estaba con la Santísima Virgen, diciéndole la respuesta que traía del señor Obispo; la que oída por la Señora le dijo: "Bien está hijito mío, volverás aquí mañana para que lleves al Obispo la señal que te ha pedido; con esto te creerá y acerca de esto ya no dudará ni de ti sospechará; y sábete, hijito mío, que yo te pagaré tu cuidado y el trabajo y cansancio que por mí has emprendido; ea, vete ahora, que mañana aquí te aguardo."
rose_rel.gif (1796 bytes)Cuarta Aparición:
"Al día siguiente, lunes, cuando tenía que llevar Juan Diego alguna señal para ser creído, ya no volvió. Porque cuando llegó a su casa, a un tío que tenía, llamado Juan Bernardino, le había dado enfermedad, y estaba muy grave. Primero fue a llamar a un médico y le auxilió; pero ya no era tiempo, ya estaba muy grave. Por la noche, le rogó su tío que de madrugada saliera y viniera a Tlatilolco a llamar a un sacerdote, que fuera a confesarle y disponerle, porque estaba muy cierto de que era tiempo de morir y que ya no se levantaría ni sanaría. El martes, muy de madrugada, se vino Juan Diego de su casa a Tlatilolco a llamar al sacerdote; y cuando venía llegando al camino que sale junto a la ladera del cerrillo del Tepeyacac, hacia el poniente por donde tenía costumbre de pasar, dijo: "Si me voy derecho, no sea que me vaya a ver la Señora, y en todo caso me detenga, para que lleve la señal al prelado, según me previno; que primero nuestra aflicción nos deje y primero llame yo de prisa al sacerdote; el pobre de mi tío lo está ciertamente aguardando." Luego dio vuelta al cerro; subió por entre él y pasó al otro lado, hacia el oriente, para llegar pronto a México y que no le detuviera la Señora del Cielo. Pensó que por donde dió la vuelta no podía verle la que está mirando bien a todas partes. La vio bajar de la cumbre del cerrillo y que estuvo mirando hacia donde antes él la veía. Salió a su encuentro a un lado del cerro y le dijo: "¿Que hay, hijo mío el más pequeño?, ¿a dónde vas?". Se apenó él un poco, o tuvo verguenza, o se asustó. Se inclinó delante de ella y la saludó, diciendo: "Niña mía, la mas pequeña de mis hijas. Señora, ojalá estés contenta. ¿Como has amanecido?, ¿Estás bien de salud, Señora y Niña mía? Voy a causarte aflicción: sabe, Niña mía, que está muy malo un pobre siervo tuyo, mi tío: le ha dado la peste, y está para morir. Ahora voy presuroso a tu casa de México a llamar a uno de los sacerdotes amados de Nuestro Señor, que vaya a confesarle y disponerle; porque desde que nacimos vinimos a aguardar el trabajo de nuestra muerte. Pero sí voy a hacerlo, volveré luego otra vez aquí, para ir a llevar tu mensaje. Señora y Niña mía, perdóname, tenme por ahora paciencia; no te engaño. Hija mía la mas pequeña, mañana vendré a toda prisa."

Después de oír la plática de Juan Diego, respondió la piadosísima Virgen: "Oye y ten entendido hijo mío el mas pequeño, que es nada lo que te asusta y aflije; no se turbe tu corazón; no temas esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí?, ¿No soy tu Madre?, ¿No estás bajo mi sombra?, ¿No soy yo tu salud?, ¿No estás por ventura en mi regazo?, ¿Qué mas has menester?. No te apene ni te inquiete otra cosa; no te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá ahora de ella; está seguro de que sanó." (Y entonces sanó su tío, según después se supo). Cuando Juan Diego oyó estas palabras de la Señora del Cielo consoló mucho; quedó contento. Le rogó que cuanto antes se despachara a ver al señor Obispo, a llevarle alguna señal y prueba, a fin de que creyera. La Señora del Cielo le ordenó luego que subiera a la cumbre del cerrito, donde antes la veía. Le dijo: "Sube, hijo mío el mas pequeño, a la cumbre del cerrito; allí donde me viste y te di órdenes, hallarás que hay diferentes flores; córtalas, júntalas, recógelas; en seguida baja y tráelas a mi presencia." Al punto subió Juan Diego al cerrillo. Y cuando llegó a la cumbre, se asombró mucho de que hubieran brotado tantas varias exquisitas rosas de Castilla, antes del tiempo en que se dan, porque a la sazón se encrudecía el hielo. Estaban muy fragantes y llenas del rocío de la noche, que semejaba perlas preciosas. Luego empezó a cortarlas; las juntó todas y las hecho en su regazo. La cumbre del cerrito no era lugar en que se dieran ningunas flores, porque tenía muchos riscos, abrojos, espinas, nopales y mezquites; y si se solían dar hierbecillas, entonces era el mes de diciembre, en que todo lo come y echa a perder el hielo. Bajó inmediatamente y trajo a la Señora del Cielo las diferentes flores que fue a cortar; la que, así como las vio, las cogió con su mano y otra vez se las echó en el regazo, diciéndole: "Hijo mío el mas pequeño, esta diversidad de flores es la prueba y señal que llevarás al Obispo. Le dirás en mi nombre que vea en ella mi voluntad y que él tiene que cumplirla. Tú eres mi embajador, muy digno de confianza. Rigurosamente te ordeno que sólo delante del Obispo despliegues tu manta y descubras lo que llevas. Contarás bien todo; dirás que te mandé subir a la cumbre del cerrito, que fueras a cortar flores, y todo lo que viste y admiraste, para que puedas inducir al prelado a que dé su ayuda, con objeto de que se haga y erija el templo que he pedido." Después que la Señora del Cielo le dio su consejo, se puso en camino por la calzada que viene derecho a México; ya contento y seguro de salir bien, trayendo con mucho cuidado lo que portaba en su regazo, no fuera que algo se le soltara de las manos, gozándose en la fragancia de las variadas hermosas flores.
rose_rel.gif (1796 bytes)EL MILAGRO DE LA IMAGEN:
Virgen de GuadalupeAl llegar Juan Diego al palacio del Obispo salieron a su encuentro el mayordomo y otros criados del prelado. Les rogó que le dijeran que deseaba verle; pero ninguno de ellos quiso, haciendo como que no le oían, sea porque era muy temprano, sea porque ya le conocían, que solo los molestaba, porque les era inoportuno; además ya les habían informado sus compañeros que le perdieron de vista, cuando habían ido en su seguimiento. Largo rato estuvo esperando Juan Diego. Como vieron que hacía mucho que estaba allí, de pie, cabizbajo, sin hacer nada, decidieron llamarlo por si acaso; además, al parecer traía algo que portaba en su regazo, por lo que se acercaron a él, para ver lo que traía y satisfacerse. Viendo Juan Diego que no les podía ocultar lo que traía, y que por eso le habían de molestar, empujar y aporrear, descubrió un poco que eran flores; y al ver que todas eran diferentes, y que no era entonces el tiempo en que se daban, se asombraron muchísimo de ello, lo mismo de que estuvieran muy frescas, y tan abiertas, tan fragantes y tan preciosas. Quisieron coger y sacarle algunas; pero no tuvieron suerte las tres veces que se atrevieron a tomarlas; porque cuando iban a cogerlas ya no se veían verdaderas flores, sino que les parecían pintadas o labradas o cosidas en la manta. Fueron luego a decirle al señor Obispo lo que habían visto y que pretendía verle el indito que tantas veces había venido; el cual hacía mucho que por eso aguardaba, queriendo verle. Cayó, al oírlo, el señor Obispo en la cuenta de que aquello era la prueba, para que se certificara y cumpliera lo que solicitaba el indito. En seguida mandó que entrara a verle. Luego que entró, se humilló delante de él, así como antes lo hiciera, y contó de nuevo todo lo que había visto y admirado, y también su mensaje. (Juan Diego) le dijo: "Señor, hice lo que me ordenaste, que fuera a decir a mi Ama, la Señora del Cielo, Santa María preciosa Madre de Dios, que pedías una señal para poder creerme que le has de hacer el templo donde ella te pide que lo erijas; y además le dije que yo te había dado mi palabra de traerte alguna señal y prueba, que me encargaste, de su voluntad. Condescendió a tu recado y acogió benignamente lo que pides, alguna señal y prueba para que se cumpla su voluntad. Hoy muy temprano me mandó que otra vez viniera a verte; le pedí la señal para que me creyeras, según me había dicho que me la daría; y al punto lo cumplió; me despachó a la cumbre del cerrillo, donde antes ya la viera, a que fuese a cortar varias flores. Después que fui a cortarlas las traje abajo; las cogió con su mano y de nuevo las echó en mi regazo, para que te las trajera y a ti en persona te las diera. Aunque yo sabía bien que la cumbre del cerrillo no es lugar para que se den flores, porque solo hay muchos riscos, abrojos, espinas, nopales y mezquites, no por eso dudé. Cuando fui llegando a la cumbre del cerrillo vi que estaba en el paraíso, donde había juntas todas las varias y exquisitas rosas de castilla, brillantes de rocío, que luego fui a cortar. Ella me dijo por qué te las había de entregar; y así lo hago, para que en ellas veas la señal que me pides y cumplas su voluntad; y también para que aparezca la verdad de mi palabra y de mi mensaje. Hélas aquí: recíbelas." Desenvolvió luego su manta, pues tenía en su regazo las flores; y así que se esparcieron por el suelo todas las diferentes flores, se dibujó en ella de repente la preciosa imagen de la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, de la manera que está y se guarda hoy en su templo del Tepeyacac, que se nombra Guadalupe. Luego que la vio el señor Obispo, él y todos los que allí estaban, se arrodillaron; mucho la admiraron; se levantaron a verla, se entristecieron y acongojaron, mostrando que la contemplaron con el corazón y el pensamiento. El señor Obispo con lágrimas de tristeza oró y le pidió perdón de no haber puesto en obra su voluntad y su mandato. Cuando se puso de pie desató del cuello de Juan Diego, del que estaba atada, la manta en que se dibujó y apareció la Señora del Cielo. Luego la llevó y fue a ponerla en su oratorio. Un día mas permaneció Juan Diego en la casa del Obispo, que aún le detuvo. Al día siguiente le dijo: "Ea, a mostrar dónde es voluntad de la Señora del Cielo que le erijan su templo." Inmediatamente se invitó a todos para hacerlo.
rose_rel.gif (1796 bytes)EL MISTERIO DE LOS OJOS DE LA VIRGEN:
Rostro de la Virgen de GuadalupeEl 27 de marzo de 1956. En lo que constituye el primer reporte emitido por un médico sobre los ojos de la imagen, él certifica la presencia del triple reflejo (Efecto de Samson-Purkinje) característico de todo ojo humano normal vivo y afirma que las imágenes resultantes se ubican exactamente donde deberían estar según el citado efecto, y también que la distorsión de las imágenes concuerda perfectamente con la curvatura de la córnea. Ese mismo año otro oftalmólogo, el Dr. Rafael Torrija Lavoignet, examinó los ojos de la imagen ya con mas detenimiento y con la utilización de un oftalmoscopio. El Dr. Lavoignet reporta la aparente figura humana en las córneas de ambos ojos, con la ubicación y distorsión propias de un ojo humano normal, notando además una inexplicable apariencia "viva" de los ojos al ser examinados. Varias otras inspecciones de los ojos han sido realizadas por médicos oftalmólogos luego de éstas iniciales. Con mayores o menores detalles todas concuerdan en general con las dos primeras aquí expuestas. en 1979, por el Dr. José Aste Tonsmann, un graduado de la Universidad de Cornell trabajando para IBM en procesamiento digital de imágenes, al digitalizar éste a altas resoluciones una muy buena fotografía de la cara de la Virgen tomada directamente de la tilma original. Luego de procesar las imágenes de los ojos por diversos métodos para eliminar "ruidos" y destacar detalles el Dr. Tonsmann realizó lo que serían increíbles descubrimientos: no solamente era claramente visible en ambos ojos el "busto humano", sino también por lo menos otras cuatro figuras humanas eran también visibles en ambos ojos. 
El Dr. Aste Tonsmann publicará en unos meses mas sus últimos estudios efectuados sobre los ojos en la tilma, con completos detalles y fotografías. Quizás uno de los aspectos mas fascinantes de su trabajo es su opinión de que Nuestra Señora no solo nos dejara su imagen impresa como prueba de su aparición sino también ciertos mensajes que permanecieron escondidos en sus ojos para ser revelados cuando la tecnología permitiese descubrirlos y en el tiempo en que fueran mas necesarios.
rose_rel.gif (1796 bytes)APARICIÓN A JUAN BERNARDINO:
No bien señaló Juan Diego dónde había mandado la Señora del Cielo que se levantara su templo, pidió licencia de irse. Quería ahora ir a su casa a ver a su tío Juan Bernardino; el cual estaba muy grave cuando le dejó y vino a Tlatilolco a llamar un sacerdote, que fuera a confesarle y disponerle, y le dijo la Señora del Cielo que ya había sanado. Pero no le dejaron ir solo, sino que le acompañaron a su casa. Al llegar vieron a su tío que estaba muy contento y que nada le dolía. Se asombró mucho de que llegara acompañado y muy honrado su sobrino; a quien preguntó la causa de que así lo hicieran y que le honraran mucho. Le respondió su sobrino que, cuando partió a llamar al sacerdote que le confesara y dispusiera, se le apareció en el Tepeyacac la Señora del Cielo; la que, diciéndole que no se afligiera que ya su tío estaba bueno, con mucho se consoló, le despachó a México, a ver al señor Obispo, para que le edificara una casa en el Tepeyacac. Manifestó su tío ser cierto que entonces le sanó y que la vio del mismo modo en que se aparecía a su sobrino; sabiendo por Ella que le había enviado a México a ver al Obispo. También entonces le dijo la Señora de cuando él fuera a ver al Obispo, le revelara lo que vio y de que manera milagrosa le había sanado; y que bien le nombraría, así como bien había de nombrarse su bendita imagen, la siempre Virgen Santa María de Guadalupe. 
Trajeron luego a Juan Bernardino a presencia del señor obispo; a que viniera a informarle y atestiguar delante de él. A ambos, a él y a su sobrino, los hospedó el Obispo en su casa algunos días, hasta que se erigió el templo de la Reina en el Tepeyacac, donde la vio Juan Diego. El señor Obispo trasladó a la Iglesia Mayor la santa imagen de la amada Señora del Cielo: la sacó del oratorio de su palacio donde estaba, para que toda la gente viera y admirara su imagen.
rose_rel.gif (1796 bytes)SAN JUAN DIEGO:  "Juanito, Juan Dieguito", le llamó la Virgen, "el mas pequeño de mis hijos... hijito mío." 
rose_rel.gif (1796 bytes)EL CULTO GUADALUPANO:
Su culto, localizado en un principio en el valle de México, más tarde se extendió por todo el vasto territorio de la Nueva España y aún más allá, y por todas partes dejó muy vivas manifestaciones de su presencia. De una devoción circunscrita, en sus inicios, a los naturales, pasó a ser la de los mestizos y los criollos, y pronto se universalizó. Todo ello testimoniado por las muchas reproducciones de su imagen, por los templos y altares que se le levantaron, por las obras devotas, teológicas, históricas y literarias que a Ella se dedicaron.
rose_rel.gif (1796 bytes)SIGNIFICADO DEL GUADALUPANISMO:
La virgen de Guadalupe, con gran regocijo popular, fue reconocida por el papado y la monarquía española como la patrona de Nueva España. El nuevo culto proporcionó fundamento espiritual autónomo para la iglesia Mexicana, pues a partir de entonces se afirmó la idea de que la cristiandad Americana surgió, gracias a la intervención de la virgen de Guadalupe. Los criollos, los indígenas y las castas se unieron en la veneración de la Guadalupana, que representaba a la patria criolla. Esta veneración se convirtió en factor de unidad nacional. La imagen sería invocada y expuesta como un remedio contra las sequías, las inundaciones y las epidemias y, mas tarde, los insurgentes la adoptaron como estandarte político. De este modo surgió un símbolo nacional, reconocido por la inmensa mayoría de habitantes de Nueva España, símbolo que liberó a los criollos de su origen español, los desligó de España y les permitió identificarse con la tierra donde vivían.
rose_rel.gif (1796 bytes)LAS ESTRELLAS DEL MANTO:
En el manto de la Virgen de Guadalupe se encuentra representado con mucha fidelidad, el cielo del solsticio de invierno de 1531 que tuvo lugar a las 10:40 del martes 12 de diciembre, hora de la ciudad de México. Están representadas todas las constelaciones, que se extienden en el cielo visible a la hora de la salida del sol, y en el momento en que Juan Diego enseña su tilma (capa azteca) al obispo Zumárraga. En la parte derecha del manto se encuentran las principales constelaciones del cielo del Norte. 
En el lado izquierdo las del Sur, visibles en la madrugada del invierno desde el Tepeyac. El Este se ubica arriba y el Oeste en la porción inferior. Como el manto está abierto, hay otros agrupamientos estelares que no están señalados en la imagen, pero se encuentran presentes en el cielo. Así la Corona Boreal, se ubica en la cabeza de la Virgen, Virgo en su pecho, a la altura de las manos, Leo en su vientre, justo sobre el signo del Nahui Ollin, con su principal astro denominado Régulo, el pequeño rey. Gemini, los gemelos, se encuentran a la altura de las rodillas, y Orión, donde está el Ángel. En resumen, en el manto de la Guadalupana se pueden identificar las principales estrellas de las constelaciones de invierno. Todas ellas en su lugar, con muy pequeñas modificaciones.
rose_rel.gif (1796 bytes)LA IMAGEN DESDE EL PUNTO DE VISTA ESTÉTICO:
Con respecto a un análisis de la pintura de la Virgen de Guadalupe, puede decirse que se trata de un cuadro de belleza extraordinaria. De acuerdo con Alberti, en una pintura debe observarse en términos generales el color, la línea y la composición. Con respecto a esta última, se define como la unión armónica de las partes para formar un todo, constituyendo unidad en la diversidad de los objetos. Una de las formas más bellas de lograrla, es por medio de la llamada proporción dorada, áurea o divina. Está formada por un cuadrado al que se le agrega un rectángulo, para formar un espacio donde el lado menor corresponde al mayor en una relación de 1 a 1.6181... denominada número áureo". 
Partiendo de la costura central de la Tilma de Juan Diego, la proporción dorada se identifica con evidente claridad en la imagen de la Virgen de Guadalupe. Ella le confiere una especial belleza y además, al coincidir en su desarrollo, con prácticamente todos los elementos de la figura, refuerza su integridad y refuta de manera contundente, la extraña idea de que se le han hecho añadidos. Es también un importante argumento, para demostrar el gran valor estético de la imagen, a la que no se le puede añadir ni quitar de su lugar ningún elemento, sin deteriorar su belleza. Hace también improbable, desde el punto de vista estadístico, que se encuentren en la pintura tantas señales de diferentes disciplinas, y que hayan sido fruto de la casualidad.
rose_rel.gif (1796 bytes)TEOLOGÍA DEL ACONTECIMIENTO GUADALUPANO:
La palabra Teología da idea de experiencias y comunicaciones en torno a Dios. El Acontecimiento Guadalupano es una compleja y rica irrupción de Dios en nuestro mundo. María de Guadalupe se presenta como la Madre de Dios, con los nombres con que es conocido por los mexicas, aztecas habitantes del Valle de México. Se da a conocer como Madre de "In huel nelli Teotl" -Verdadero Dios que es Raíz de Todo-, de "Ipalnemohuani" -Aquel por Quien Vivimos y Todo se Mueve-, de "Teyocoyani" -Creador de las Personas-, de "Tloque Nahuaque" -Creador del Cerca y del Junto-, de "Ilhuicahua in tlacticpaque" -Señor del Cielo y de la Tierra. Es importantísimo descubrir la manifestación de Dios a través de todo el Evento Guadalupano. Los colores, los números, los nombres, los símbolos, los procedimientos, los resultados... Es decir, a la luz de la cultura y religión mexica. 
El Evento Guadalupano es un verdadero Evangelio. Esta palabra, proveniente del griego, quiere decir "Buenas Noticias". Y en verdad el Acontecimiento encierra diferentes Buenas Nuevas, y no solo una. La Virgen de Guadalupe -Tlecuauhtlapcopeuh- es "La que Procede de la Región de la Luz como Aguila de Fuego-. Y el Fuego que la transforma en Sol es el Niño-Sol que lleva en su seno. Es la Noticia portadora de Alegría. Es Buena Noticia porque Guadalupe reivindica a Juan Diego en su dignidad de persona, de protagonista responsable, capaz de llevar una encomienda a su culminación exitosa. Su Buena Noticia es una palabra eficaz. Cura sin duda al tío Bernardino que ya agoniza a causa de una enfermedad mortal. Juan Bernardino personifica al Pueblo Mexicano conquistado, abatido, contagiado. Pero Guadalupe transforma al Tepeyacac en un jardín de raras, exquisitas, frescas, aromáticas y significativas rosas. No era tiempo ni el lugar apropiado para que las hubiera. Nuestra Señora transforma también el corazón de quien se ubicaba en el Centro Religioso Fray Juan de Zumárraga, para aceptar las indicaciones que vienen desde la periferia. Tlatelolco reconocería la fuerza de lo verdadero que emerge del mundo de los conquistados. De todos ellos se hará Eco y Voz Santa María de Guadalupe desde el TEPEYAC.

LA FIESTA
Para los mexicanos la fiesta de la Virgen de Guadalupe es la más importante a nivel nacional. Un gran número de personas desde diferentes puntos del país acuden en peregrinación hasta el santuario o Basílica de Guadalupe utilizando diferentes medios de transporte, ya que estos van desde el ir en automóvil, autobús, bicicleta o simplemente a pie, lo hacen con la finalidad de dar gracias por los favores recibidos, para solicitarle ayuda o simplemente por tradición.
En la explanada de afuera del templo puedes ver danzas prehispánicos, de la época colonial o bien un tanto modernos, si bien todos los asistentes coinciden en una cosa, el gran amor que le profesan a la "morenita"; la noche previa al gran día la virgencita recibe en su casa "mañanitas" de parte de un gran número de personas, todas ellas dispuestas a manifestar ese gran amor que sienten por ella por medio de cantos (ahí puedes ver a gran número de artistas y grupos de famosos cantándole a su reina y madre del cielo).
El pasado 12 de Diciembre de 1998, la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe recibió la visita de aproximadamente 6 millones de fieles.
Pío X en 1910, la declaró "Celestial Patrona de América Latina" y Pío XII la llamó en 1945, Emperatriz de las Américas.