martes, 10 de mayo de 2016

Madre y esposa: la mujer es el “sol de la familia”

En los lejanos tiempos de 1942, los medios de comunicación que poseía el mundo eran bien diferentes. No existía la televisión, menos aún los computadores y celulares, ni que hablar de internet o de transmisiones en directo de un lugar al otro del mundo de grandes acontecimientos, como lo tenemos en los días de hoy. 

Eso daba lugar al uso de los medios existentes, entre ellos la radio, que mismo así no tenía una penetración universal. Era así que el entonces papa Pío XII hacía sus enseñanzas, transmitía sus maravillosos mensajes al mundo, por medio de los llamados “radiomensajes”. 

Uno de ellos viene muy a propósito recordarlo para el Día de la Madre. Fue en un 11 de marzo de 1942, en que el citado pontífice, hablando a recién casados, afirmaba esta impactante frase: “La esposa y madre es el sol de la familia”. Tan hermosos comentarios, sobre el papel de la mujer, siempre los consideré para, en una especial oportunidad, recordarlos. 

Consideraba su generosidad y abnegación, constante prontitud, delicadeza vigilante y previsora en todo cuanto puede alegrar la vida del marido y de sus hijos. ¡Madre! Solo ellas tienen estas bellas virtudes.

Recordando el significado de esposo-“esposas”, cónyuge-“yugo”, comprendemos la enseñanza de la Santa Iglesia, que era manifestada para jóvenes, que a poco de contraer matrimonio se disponían a “hacer feliz al otro y no a sí mismo”. Actitud que corresponde a cada uno de los cónyuges, pero que es una “virtud principal de la mujer, que le nace con las palpitaciones de madre y con la madurez del corazón”. Por eso las madres siempre difunden en torno de sí luz y calor. 

No quedaba apenas en eso Pío XII. Mostrando cómo en los momentos difíciles de la cotidianidad las madres se desenvuelven, aseveraba: “Si recibe amarguras no quiere sino dar alegrías, si recibe humillaciones no quiere devolver sino dignidad y respeto”.

Como una poesía, continuaba diciendo que la esposa y madre, con “su mirada y palabra, penetra dulcemente en el alma”, y que muchas veces, “después de una larga jornada de continuado y fatigoso trabajo”, llevan alegría a la convivencia familiar. Las madres tienen una naturaleza llena de ingenuidad, dignidad y honestidad, resaltándose en ellas “sus delicados y graciosos gestos de rostro, ingenuos silencios y sonrisas, condescendientes señales de cabeza, que le dan la gracia de una flor selecta, y sin embargo sencilla”.

Terminaba el papa exclamando a estas futuras madres: “¡Oh, sí supieseis cuántos sentimientos de amor y de gratitud suscita e imprime en el corazón del padre de familia y de los hijos, semejante imagen de esposa y de madre!”

Al recordar tan bellas palabras nos viene a la memoria el salmo 127: “Tu esposa será como la vid llena de frutos en el interior de tu casa. Tus hijos como retoños de olivo alrededor de tu mesa”. Vislumbramos en él cómo la auténtica felicidad hogareña está cimentada en la madre, que en su tarea, llena del ingenio propio de la naturaleza femenina, es la colaboradora principal de Dios en la procreación de los hijos. Es una reina que ejerce un reinado lleno de amor. “El padre tiene el principado del gobierno, la madre tiene el principado del amor”, decía Pío XI en la Encíclica Casti Connubii. Amor que es el más parecido con el amor de Dios, que ama sin egoísmo, sin esperar correspondencia de parte del otro. 

Sin dejar de ser confidente de su esposo, consejera para toda la familia, llena de consuelos, paciente y dedicada. Educadora por excelencia de sus hijos, a quienes conoce profundamente. 

No podemos concluir estas reflexiones sin recordar a Aquella que es perfecto modelo de las esposas y de las madres, que es –principalmente– Madre por excelencia: María Santísima. Aquella que Dios Padre la llama Hija; que el Espíritu Santo la llama Esposa fidelísima; que Dios Hijo la llama Madre. Aquella que en la humilde casa de Nazaret nos dio ejemplo de esposa y madre. Que la Virgen, pues, bendiga muy especialmente a todas las madres en su día. 

Cierro este artículo con el resumen de una bella oración compuesta por doña Lucilia Ribeiro dos Santos, virtuosa madre brasileña que vivió en el siglo pasado: 

Oh María, Virgen Purísima y sin mancha, Casta Esposa de San José, Madre tiernísima de Jesús, perfecto modelo de las esposas y madres, a Vos recurro e imploro Vuestro socorro. Ved, oh Purísima María, ved mis necesidades y las de mi familia, atended los deseos de mi corazón. 

Espero, por Vuestra intercesión, alcanzar de Jesús la gracia de cumplir, como debo, las obligaciones de esposa y madre. Alcanzadme el santo temor de Dios, el amor al trabajo y a las buenas obras, de las cosas santas y de la oración, la dulzura, la paciencia, la sabiduría, en fin, todas las virtudes que el Apóstol recomienda a las mujeres cristianas, y que hacen la felicidad y el ornamento de las familias. 

Enseñadme a honrar a mi marido, como Vos honraste a San José, y como la Iglesia honra a Jesucristo. Encomiendo también a Vuestro materno Corazón a mis pobres hijos. Inclinad su corazón a la piedad, no permitas que se aparten del camino de la virtud, tornadlos felices, piadosos, caritativos y buenos cristianos, para que su vida, llena de obras buenas, sea coronada por una santa muerte. Así sea. 
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martes, 12 de abril de 2016

"Es prohibido prohibir"

Redacción (Martes, 12-04-2016, Gaudium Press) Un punto de referencia, en la crisis moral del hombre moderno, fue la llamada "revolución de la Sorbonne" de mayo de 1968, en París, que con sus consignas -de una radicalidad toda especial- incitaba a un cambio profundo en la sociedad. Promiscuidad desenfrenada, desorden, explosiones de violencia, era cómo "predicaban" el nacimiento de una nueva era histórica en que los instintos serían liberados después de siglos de "esclavitud".
Su medio de comunicación propagandística fueron las paredes, en las que estampaban eslóganes. Era el instrumento de manifestación utilizado por los estudiantes. Retornaba la antigua técnica de los "graffiti", a través de los cuales transmitían el mensaje de este estallido revolucionario.
El más famoso de los eslóganes escritos fue: "es prohibido prohibir". Reflejaba la idea de que todas las prohibiciones estaban prohibidas, a lo que agregaban, "la libertad comienza con una prohibición". Esta contradictoria frase era un prohibir que invitaba -rechazando todo tipo de prohibición- al libertinaje más completo. Era "prohibido prohibir" toda forma de capricho a ser satisfecho, toda forma de pecado. Lo que querían --está en el trasfondo del propio eslogan- era prohibir la práctica de la virtud, en una actitud de plena intolerancia hacia ella.
Otros "graffitis", incitando a un cambio profundo, hicieron fama: "La imaginación toma cuenta del poder", "Si Dios existiese, sería preciso matarlo", "Ni Dios, ni maestro", "El arte ha muerto". Uno, muy expresivo, escrito en la universidad de Nanterre, fue: "Lo sagrado: ahí está el enemigo".
Aparecía un nuevo modelo trayendo en pos de si una nueva mentalidad. Era una "revolución cultural", llegando con una penetración y radicalidad sorprendente. Emergía un cambio que llevaría a los extremos que hoy estamos viendo y viviendo. Una transformación de la sociedad, un expulsar a Dios de entre los hombres. La anarquía penetraba. Era el despuntar de un mundo en el que cada uno puede hacer lo que quiera. En concreto un cambio inmenso. Nacía una especie de era Histórica nueva, que podríamos llamar "civilización de los instintos", si es que se puede llamar civilización.
Algunos acomodaticios pensaron que las ideas de mayo del 68 no alcanzarían los objetivos reflejados en los eslóganes escritos en las paredes de las universidades de París, por su radicalidad. Se engañaban. La acción de contagio que ejerció esta revolución del 68, dio lugar a que después de ella, el mundo ya no era el mismo.
Si recordamos que esta agitación era hecha por jóvenes de traje y corbata, con zapatos, de cabello corto; la droga era apenas una novedad en esos tiempos, nadie usaba "blue-jeans", nadie aparecía de zapatillas en la calle y mucho menos de bermudas. Sin embargo, esos jóvenes revolucionarios trajeron profundas transformaciones que fueron penetrando en todas las capilaridades de la vida social. Fue como un mar que se hace pequeño entrando en la playa, pero por detrás tiene la fuerza enorme del océano.
Aparecen tipos humanos nuevos en la sociedad, como "símbolos-modelo" entre los hombres de aquella década del 60: desarreglados, con amplias cabelleras, ropas deterioradas, una higiene que parece olvidada; preanunciando grandes alteraciones que no tardarían en venir.
Eran cambios en el sentir, en la forma de actuar, en la formas de vivir. Una profunda metamorfosis social y cultural. Deriva a los pocos en el modelo "hippie". Toda regla, desde lo moral hasta las costumbres, entró en crisis. Músicas, vestimentas, gestos, fueron presentándose como una pseudo-liturgia al mundo.
Herbert Marcuse, considerado el ideólogo de esta revolución, deja correr su pensamiento en su "nueva dimensión revolucionaria", proponiendo un cambio total. Con naturalidad afirmaba que era necesaria la desintegración del sistema de vida de los hombres: "uno puede indudablemente hablar de una revolución cultural, pues la protesta apunta hacia todo el establecimiento cultural, incluyendo la moral de la sociedad existente" (La sociedad carnívora, 1969).
Esta transformación de la vida cotidiana, de los modos sentir y vivir, se fue desarrollando con mayor intensidad en los últimos años, modificando los hábitos de Occidente. Es la "liberación de los instintos", es el relativismo moderno que niega la existencia de un bien y un mal, de una verdad y un error, que objeta que el hombre debe regirse por reglas de conducta.
Este fenómeno penetró en vastos sectores de la sociedad, principalmente en la familia, que aparece como una institución antigua y moribunda. En las vestimentas asistimos a la presentación de jóvenes -y no sólo ellos lamentablemente- de forma extravagante. Al mismo tiempo en el relacionamiento humano, la cortesía, el buen trato, van desapareciendo. Los hombres quedan rodeados de un mundo anárquico, caótico y agresivo.
Lo vulgar toma el lugar de lo ceremonioso. La educación es una cosa del pasado que quita la "libertad" pregonada por los eslóganes de la Sorbonne.
Una presencia agrava más esta circunstancia, surgen los medios electrónicos de comunicación: novedades, impresiones, desaparición del pensamiento, van empujando al hombre moderno a vivir apenas de sensaciones. Juan Pablo II afirmaba a los responsables de las Comunicaciones Sociales que: "la velocidad, la cantidad y el alcance de la comunicación, no favorecen del mismo modo el frágil intercambio entre mente y mente, entre corazón y corazón, que hoy día debe caracterizar toda comunicación al servicio de la solidaridad y del amor" (24-1-2005).
Quedan los hombres atraídos por múltiples solicitaciones. Tienen que elegir entre caminar rumbo a lo sagrado, o dejarse atropellar por el secularismo reinante. En otros tiempos era impensable una situación así, decía Benedicto XVI, "porque se hallaba todavía presente el respeto por la imagen de Dios, mientras que sin ese respeto el hombre se absolutiza a sí mismo y todo le será permitido, volviéndose entonces realmente destructor" (Luz del mundo, 67). En este entrechoque entre lo sagrado y lo no sagrado, aquellos que llevan en sí lo sagrado harán realidad ser la luz de Cristo para el mundo que los rodea. Quiera la Santísima Virgen ayudarnos en estos cruciales momentos que nos han tocado vivir.
Por el P. Fernando Gioia, EP
(Publicado originalmente en www.laprensagrafica.com - 12-04-2016)


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