lunes, 31 de diciembre de 2012

Santa María, Madre de Dios

La maternalidad de María resplandece con tan alto brillo virginal, que todas las vírgenes, delante de Ella, es como si no lo fuesen. Solamente Ella es la Inmaculada, la Virgen entre las vírgenes, la única que perfuma y torna perfecta la castidad de todas.

El primer día del año, el calendario de los santos inicia con la fiesta de María Santísima, en el misterio de su maternidad divina. Decisión correcta, porque en realidad Ella es “la Virgen Madre, Hija de su Hijo, humilde y más sublime que cualquier criatura, objeto fijado para un eterno designio de amor”. Ella tiene el derecho de llamarlo “Hijo”, y Él, Dios omnipotente, de llamarla verdaderamente, Madre.

Se remontan hasta la eternidad los incomparables privilegios concedidos por el Creador a la Virgen Santísima, con su predestinación para la augusta misión de ser la Madre de Dios. Los Padres de la Iglesia, fieles intérpretes de la Sagrada Escritura, reconocieron la predestinación de María para la maternidad divina.

San Agustín dice que antes de que Nuestro Señor Jesucristo naciera de María, Él la conoció y la predestinó para ser su Madre.

Y San Juan Damasceno, dirigiéndose a la Virgen María: “Porque el decreto de la predestinación nace del amor como de su primera raíz, Dios, Soberano maestro de todas las cosas, que os sabía previamente digna de su amor, os amó; y porque os amó, os predestinó”.

Y San Juan Damasceno, dirigiéndose a la Virgen María: “Porque el decreto de la predestinación nace del amor como de su primera raíz, Dios, Soberano maestro de todas las cosas, que os sabía previamente digna de su amor, os amó; y porque os amó, os predestinó”.


“¡Oh Virgen! – exclama San Bernardino de Siena- Vos fuisteis predestinada en el pensamiento divino antes de toda criatura, para dar vida al mismo Dios que se quiso revestir de nuestra humanidad”.

San Andrés de Creta en su discurso sobre la Asunción de la Virgen María explica el mismo pensamiento: “Esta Virgen es la manifestación de los misterios de la incomprensión divina, el fin que Dios se propuso antes de todos los siglos”.

Y San Bernardo: “Fue enviado el Ángel Gabriel a una Virgen (Lc. I, 26-27), Virgen en el cuerpo, Virgen en el alma; (…) no encontrada al azar o sin especial providencia, sino escogida desde todos los siglos, conocida en la presencia del Altísimo que la predestinó para ser un día su Madre; guardada por los Ángeles, designada anticipadamente por los antiguos Padres, prometida por los Profetas”.

Entre las infinitas criaturas posibles, Dios escogió y predestinó a la Virgen. No fueron otras las palabras de Pío IX en la célebre Bula que definió el dogma de la Inmaculada Concepción: “Desde el principio y antes de todos los siglos, escogió y predestinó [Dios] para su Hijo una Madre en la que se Encarnaría y de la cual, después, en la feliz plenitud de los tiempos, nacería; y con preferencia a cualquier otra criatura, hízola limpísima por el mucho amor, hasta el punto de complacerse en Ella con singularísima bondad”.


(Pequeño Oficio de la Inmaculada Concepción comentado, Monseñor João Clá Dias, EP, Artpress, São Paulo,1997)

 

jueves, 6 de diciembre de 2012

El Verdadero Significado de la Navidad


Navidad
Qué difícil es, en un mundo marcado por el laicismo, tener muy presente el verdadero significado de la Santa Navidad y el beneficio inconmensurable que representó para los hombres la Encarnación de la
Segunda Persona de la Santísima Trinidad.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14). De esta manera tan sencilla resumía el Discípulo Amado el acontecimiento más grande de la Historia. Sus modestas palabras sintetizan1.jpg el rico e insondable contenido del magnífico misterio que se conmemora todos los 25 de diciembre: en la oscuridad de las tinieblas del paganismo, rayaba la aurora de nuestra salvación. Se había hecho hombre el Esperado de las naciones, Aquel que había sido anunciado por los Profetas.
Escenario invadido por lo sobrenatural
En la noche en la que Jesús vino al mundo, se respiraba en Belén un ambiente de paz y de alegría. La naturaleza parecía estar jubilosa mientras, en una gruta inhóspita, una santa pareja contemplaba a su Hijo recién nacido.
Ella es la Madre de las madres, concebida sin pecado original, criatura perfecta, en la cual el Creador depositó toda su gracia. A su lado se encuentra San José, marido castísimo, varón justo cuyo amor a Dios, integridad y sabiduría lo hacen digno de tan augusta Esposa. Y el Niño que ambos contemplan es Dios mismo, que asume nuestra naturaleza para dar la mayor prueba posible de su amor a la humanidad.
¡Qué atmósfera tan sublime envolvía aquel escenario paupérrimo! El ambiente en el que el Divino Infante había nacido debería estar tan asumido por lo sobrenatural, que si alguien hubiera tenido la dicha de entrar en ese momento, quedaría de súbito arrebatado por todo tipo de gracias.
Fue lo que les ocurrió a los pastores. Tras el aviso de los ángeles, corrieron en dirección a la gruta y allí encontraron al Rey del Universo acostado sobre pajas. Abismados por la grandeza de la escena, que también la contemplaban con los ojos de la Fe, no tuvieron otra actitud que la de la adoración. ¡Qué extraordinaria dádiva recibieron, fueron los primeros que contemplaron al Creador del Cielo y de la Tierra hecho hombre, envuelto en pañales, en un pesebre!
Dios quiso presentarse de una forma ejemplarmente humilde
Si consideramos las imponentes manifestaciones de la naturaleza que acompañaban a las intervenciones de Dios en el Antiguo Testamento —el mar se abre, el monte humea, el fuego cae del cielo y reduce a cenizas las ciudades—, resulta sorprendente constatar la humildad y discreción con las que Cristo vino al mundo.
¿No habría sido más apropiado a la grandeza divina que en la noche de Navidad signos extraordinarios hubieran marcado tal acontecimiento en el Cielo y en la Tierra? ¿No podría haber nacido Jesús, por lo menos, en un magnífico palacio y haber convocado a los más grandes potentados del mundo entero? Le hubiera bastado un simple acto de voluntad para que eso hubiera ocurrido...
Pero no fue así. El Verbo prefirió una gruta a un palacio; quiso ser adorado por pobres pastores en vez de grandes señores; se calentó con el vaho de dos animales y la rudeza de la paja, en lugar de usar ricos vestidos y dorados braseros. Ni siquiera quiso ordenarle al frío que no lo alcanzase. En tan sublime paradoja, la Majestad infinita deseaba presentarse de una forma ejemplarmente humilde.
Pero a pesar de las pobres apariencias, aquel Niño era la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. En Él se daba la unión hipostática de la naturaleza divina con la humana. Así lo explica el célebre Padre Boulenger: “Unión es el estado de dos cosas que se hallan juntas. Se puede realizar ora en las naturalezas, por ejemplo, cuando el cuerpo y el alma se unen para formar una sola naturaleza humana; ora en la persona, cuando se unen dos naturalezas en la misma persona. Esta última unión se llama hipostática, porque en griego los dos términos, hipóstasis (sustancia) y persona, tienen el mismo significado teológico”.1
Y esas dos naturalezas, después de la unión, permanecerán perfectamente íntegras e inconfundibles en la Persona de Cristo, que no es humana, sino divina. Por eso es llamado Hombre Dios.
Abismo intraspasable
2.jpg¿Y por qué la Segunda Persona de la Santísima Trinidad quiso encarnarse en una naturaleza tan inferior? Nuestros primeros padres fueron creados en el Paraíso Terrenal en estado de inocencia original, por tanto, en justicia y santidad. 2 Además de eso, Dios en su infinita bondad le confirió a Adán dones de tres cualidades: naturales, todas las propiedades de su cuerpo y su alma estaban perfectamente ordenadas para conseguir su fin natural; sobrenaturales, la gracia santificante, es decir, la participación en la propia vida de Dios, y la predestinación a la visión de Dios en la eterna Bienaventuranza; y preternaturales, tales como la ciencia infusa, el dominio de las pasiones y la inmortalidad, que constituyen el don de integridad.
En contrapartida a estos inmensos beneficios, le fue presentada al hombre una prueba.
Debía cumplir de manera eximia la ley divina, guiándose por las exigencias de la ley natural grabada en su corazón, y respetar una única norma concreta que Dios le había dado: la prohibición de comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, plantado en el centro del Jardín del Edén (cf. Gn 2, 9-17).
Nos narra la Sagrada Escritura como la serpiente tentó a Eva, como cayeron nuestros primeros padres y como fueron expulsados del Paraíso (cf. Gn 3, 1-23). En consecuencia del pecado, buena parte de esas facultades les fueron retiradas. Pero Dios, en su infinita misericordia, les mantuvo los privilegios naturales. Así lo describe el docto Padre Tanquerey: “Se contentó con despojarlos de los privilegios especiales que les había conferido, es decir, del don de integridad y de la gracia habitual; conservando pues, la naturaleza y sus privilegios naturales. Es verdad que la voluntad quedó enflaquecida, comparada con lo que era el don de integridad; pero no está probado que fuese más flaca de lo que hubiera sido en el estado natural”.3
El Pecado Original abrió entre Dios y los hombre un abismo intraspasable. Las puertas del Cielo se cerraron y el hombre contingente sólo podía ofrecer a Dios una reparación imperfecta de la ofensa cometida. Y el Hijo se ofreció al Padre y “se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz” (Flp 2, 8) para restituir al hombre la gracia perdida con el pecado. El propio Creador se hacía criatura para saldar nuestra deuda, con inefable generosidad.
El camino de la gloria pasa por la Cruz
Sin embargo, ¿por qué quiso Jesús sufrir el desprecio de sus coetáneos y los tormentos de la Pasión? Al estar unido hispotáticamente a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, cualquier gesto de su naturaleza humana podría haber redimido a la humanidad entera. Un simple acto de voluntad de Cristo hubiera bastado para alcanzar de Dios el perdón de todos nuestros pecados.
Una vez más nos encontramos con una sublime paradoja. Con el ejemplo de su Vida y Pasión, Jesús quería enseñarnos que, en este valle de lágrimas, la verdadera gloria sólo viene del dolor. Y como el Padre deseaba para su Hijo el más alto grado de gloria, permitió que Él pasase por el límite extremo del sufrimiento.
“El Hijo del hombre, no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos” (cf. Mt 20, 28). Nuestro Salvador ya era consciente, en el pesebre de Belén, que había venido al mundo para expiar nuestros pecados. 3.jpgÉse es el motivo por el que en muchos belenes nacimientos el Niño Jesús se nos es presentado con los brazos abiertos en cruz. Durante toda su vida, de Belén al Gólgota, Cristo no hizo otra cosa que caminar al encuentro del Sacrificio Supremo que le traería el auge de la gloria.
Toda la Tierra fue renovada
¿Puede haber ser humano más frágil que un bebé, habitáculo más sencillo que una gruta o cuna más precaria que un pesebre? No obstante, el Niño que contemplamos acostado sobre pajas en el portal de Belén alteraría completamente el rumbo de los acontecimientos terrenos.
Afirma el historiador austríaco Juan Bautista Weiss: “Cristo es el centro de los tiempos. El mundo antiguo le esperó; el mundo moderno y todo el porvenir descansan sobre Él. La Redención de la humanidad por Cristo es la mayor hazaña de la Historia universal; su vida, la memoria más alta y bella que posee la humanidad; su doctrina, la medida con que se han de apreciar todas las cosas”.4
Qué difícil es, en un mundo marcado por el relativismo y por el laicismo —cuando no por el ateísmo—, tener muy presente el verdadero significado de la Santa Navidad y el beneficio inconmensurable que representó para los hombres la Encarnación de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.
Cristo era el varón que había sido prometido a Adán inmediatamente después de su caída, el Mesías anunciado durante siglos por los profetas. Pero la realidad transcendió sobre cualquier imaginación humana: ¿Quién podría haber pensado que Él sería el propio Dios encarnado? La venida de Jesús al mundo no solamente nos abrió las puertas del Cielo y nos trajo la Salvación, sino que también renovó toda la Tierra. Dice Santo Tomás que el Señor quiso ser bautizado, entre otras razones, para santificar las aguas. 5 Y lo mismo ocurrió con todos los otros elementos: la tierra fue santificada por que sus divinos pies la pisaron: el aire, porque Él lo respiró; el fuego ardió con más vigor y pureza. Podemos decir, sin duda, que este nuestro mundo nunca más fue el mismo después de haber vivido, como hombre, el propio Creador.
No es por casualidad que se cuentan los años a partir del nacimiento de Cristo, pues Él, realmente, divide la Historia en dos vertientes. Antes de Él la humanidad era una y después pasó a ser completamente otra. Son dos historias. ¡Podríamos casi afirmar que son dos universos distintos!
(Revista Heraldos del Evangelio, Dic/2009, n. 96, pag. 19 a 21)

martes, 4 de diciembre de 2012

En Brasil, es lanzada la última obra del Fundador de los Heraldos del Evangelio

Caieiras (Martes, 20-12-2012, Gaudium Press) Ayer, durante una solemne eucaristía celebrada en la Basílica de Nuestra Señora del Rosario -en Caieras, estado de São Paulo, Brasil- fue oficialmente lanzada la última obra del fundador de los Heraldos del Evangelio, Mons. João Scognamiglio Clá Dias. Los primeros volúmenes de la colección ‘Lo inédito sobre los Evangelios', han sido editados conjuntamente por los Heraldos del Evangelio y la Libreria Editrice Vaticana en cuatro lenguas: portugués, español, italiano e inglés, con prefacio de S.E.R. el Cardenal Franc Rodé, Prefecto Emérito de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica.
view.pngEntre la provechosa actividad intelectual y pastoral que Mons. João Scognamiglio ejerce incansablemente desde los primeros momentos de su vocación para la vida consagrada, se destaca su faceta de predicador. Todos los días, el fundador de los Heraldos del Evangelio comenta las lecturas de la Liturgia de la Palabra en la Santa Misa, lo que se constituye en un espléndido medio de formación exegética, doctrinaria y moral.

Es de esa experiencia, de eses comentarios, que el Mons. Juan S. Clá Dias escribió sus artículos mensuales, sobre el Evangelio dominical que se publican en la revista ‘Heraldos del Evangelio'. 

En la obra lanzada el día de ayer, fueron editados en dos volúmenes los comentarios a los evangelios de los domingos correspondientes al Año C del ciclo litúrgico, buena parte de ellos no publicados hasta ahora. El 'Año C' será recorrido por la Iglesia a partir del próximo periodo de Adviento, que da inicio en diciembre y que continuará a lo largo de todo el año 2013. El volumen V contiene los comentarios correspondientes a los domingos de los tiempos de Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua, y un apéndice con los comentarios a los Evangelios de las Solemnidades del Señor en el Tiempo Ordinario, mientras que el volumen VI recorre los 33 domingos del Tiempo Ordinario.
Sucesivas presentaciones de la obra se realizarán en los diferentes países donde ella será divulgada. Se destaca la presentación de las ediciones española e italiana el próximo día 28 de noviembre en el Auditorio San Pío X de la Ciudad Eterna, con la presencia de S.E.R. el Card. Franc. Rodé, S.E.R. Mons. Jean-Louis Bruguès, OP, Archivista y Bibliotecario de la Santa Iglesia Romana, y Mons. Giuseppe Scotti, Presidente de la Libreria Editrice Vaticana y de la Fundación Vaticana Joseph Ratzinger.

Adviento: significado y origen

 
Redacción (Domingo, 02-12-2012, Gaudium Press) Recibir una visita es un arte que toda dueña de casa practica con frecuencia. Y cuando el visitante es ilustre los preparativos son más exigentes. Imagínese el lector que su párroco anunciara en la misa de domingo la visita pastoral del obispo diocesano, pero con una peculiaridad: que uno de los feligreses, tomado al azar, recibirá al prelado en su casa para almorzar con él después de la misa.
1.jpgCiertamente, todo en el hogar de la familia elegida se volcaría durante algunos días a preparar tan honrosa visita. La elaboración del almuerzo, la decoración del comedor, la ropa a usar en la ocasión. En la víspera se impondría un cuidado general de la casa, de manera que todo quedara perfectamente ordenado a la espera del gran día.
Esos preparativos, que normalmente se realizan en la vida social para recibir una visita importante, también convienen en la esfera sobrenatural. El ciclo litúrgico los contempla con relación a las grandes fiestas, como por ejemplo la Navidad. La Santa Iglesia, con sabiduría de siglos, estableció un período preparatorio con la finalidad de que todas las almas cristianas perciban la importancia del acontecimiento y cuenten con medios para purificarse y poder celebrar, así, dignamente la solemnidad.
Ese período se llama Adviento.
Significado del término
Adviento - en latín adventus - significa venida, llegada. Es una palabra de origen profano que designaba el paso anual de la divinidad pagana por el templo para visitar a sus adoradores. Se creía que el dios, cuyo culto recibía la estatua, permanecía con ellos durante la solemnidad. En lenguaje corriente se denominaba también así a la primera visita oficial de un personaje importante cuando asumía un alto cargo. Así, unas monedas de Corinto perpetúan el recuerdo del adventus augustii , y un cronista llama adventus divi al día en que llegó el emperador Constantino. En las obras cristianas de los primeros tiempos de la Iglesia, especialmente en la Vulgata, adventus se transformó en el término clásico para designar el advenimiento de Cristo a la tierra, es decir, la Encarnación, inaugurando la era mesiánica y, después, su gloriosa venida al final de los tiempos.
Surge el Adviento cristiano
La primera noticia acerca de un período de preparación para la Navidad data del siglo V, cuando san Perpetuo, obispo de Tours, estableció un ayuno de tres días antes del nacimiento del Señor. A fines del mismo siglo aparece la "Cuaresma de san Martín", que consistía en un ayuno de 40 días, a contar del día siguiente a la fiesta de san Martín.
San Gregorio Magno (590-604) fue el primer Papa en redactar un oficio de Adviento, y el Sacramentario Gregoriano es el más antiguo en proveer misas propias para los domingos de este tiempo litúrgico.
En el siglo IX la duración del Adviento se redujo a cuatro semanas, como se lee en una carta del Papa san Nicolás I (858-867) a los búlgaros. Y en el siglo XII el ayuno fue sustituido con una simple abstinencia.
Pese al carácter penitencial del ayuno o la abstinencia, la intención de los Papas en la Alta Edad Media era crear en los fieles una gran expectación ante la venida del Salvador, apuntándoles su glorioso retorno al final de los tiempos. Por eso tantos mosaicos muestran vacío el trono del Cristo Pantocrátor. El viejo vocablo pagano adventus se entiende también en el sentido bíblico y escatológico de "Parusía".
El Adviento en las Iglesias de Oriente2.jpgEn los diversos ritos orientales el ciclo de preparación para el gran día del nacimiento de Cristo se plasmó con una característica acentuadamente ascética, sin abarcar toda la amplitud de espera mesiánica que caracteriza al Adviento en la liturgia romana.
En la liturgia bizantina, el domingo anterior a la Navidad se destaca con la conmemoración de todos los patriarcas, desde Adán hasta José, esposo de la Virgen María. En el rito siríaco, las semanas previas a Navidad son llamadas "semanas de las anunciaciones"; se evoca en ellas el anuncio hecho a Zacarías, la Anunciación del ángel a María, seguida por la Visitación, el nacimiento de Juan Bautista y el anuncio a José.
El Adviento en la Iglesia latina
En la liturgia romana es donde el Adviento cobra su sentido más amplio. El primer domingo - y a diferencia del niño pobre e indefenso de la gruta de Belén- Cristo se nos presenta lleno de gloria y esplendor, de poder y majestuosidad, en compañía de sus ángeles, para juzgar a los vivos y a los muertos y proclamar su Reino eterno después de los acontecimientos que precederán ese triunfo: "Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas" (Lc 21, 25). "Velad, pues, orando en todo tiempo, para que podáis escapar de todo lo que va a suceder, y podáis estar firmes ante el Hijo del hombre" (Lc 21, 36). Es el consejo del Salvador.
¿Cómo estar firmes frente al Hijo del hombre? Cumple que nos sonrojemos de vergüenza, como dice la Escritura. La Iglesia nos invita, así, a la penitencia y a la conversión, y el segundo domingo nos pone delante la grandiosa figura de san Juan Bautista, cuyo mensaje contribuye a realzar el carácter penitencial del Adviento.
Con la alegría de quien se siente perdonado, el tercer domingo empieza con la siguiente proclamación: "Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca" . Es la dominica "Gaudete". Al aproximarse la llegada del Hombre-Dios, la Iglesia pide que todos los hombres conozcan la bondad del Señor. Los ornamentos son color rosa.
El cuarto domingo, María, estrella de la mañana, anuncia la llegada del verdadero Sol de Justicia que iluminará a todos los hombres. ¿Quién mejor que ella podría encaminarnos a Jesús? La Santísima Virgen, nuestra dulce abogada, reconcilia a los pecadores con Dios, mitiga nuestros dolores y santifica nuestras alegrías. María es la más sublime preparación para la Navidad.
Corona do Adviento
4.jpgElla es tan simple cuanto bonita: un círculo hecho de ramas verdes, generalmente de ciprés o cedro. En él se coloca una cinta roja larga que, al mismo tiempo adorna y mantiene presos a la varilla circular las ramas. Cuatro velas de colores variados completan una bella guirnalda que, en los países cristianos, adorna y marca hace siglos la época del adviento. A esta guirnalda se da el nombre de Corona de Adviento.
Una antigua costumbre piadosa
En los domingos de Adviento, existe la piadosa costumbre de las familias y las comunidades católicas reunirse en torno de una corona para rezar.
La "liturgia de la corona", como es conocida esta oración, se realiza de un modo muy simple. Todos los participantes de la oración se colocan alrededor de aquella guirnalda adornada y la ceremonia inicia. En cada una de las cuatro semanas del adviento se enciende una nueva vela, hasta que todas sean encendidas.
El encender de las velas es siempre acompañado de un canto. En seguida, se lee un pasaje de las Sagradas Escrituras que sea propio para el tiempo de Adviento y es hecha una pequeña meditación. Después de eso es que son realizadas algunas oraciones y son hechas algunas alabanzas para concluir la ceremonia. Generalmente la guirnalda de la corona, así como las velas son bendecidas por un sacerdote.
Origen
3.jpgLa Corona de Adviento tiene su origen en Europa. En invierno, sus todavía bárbaros habitantes encendían algunas velas que representaban la luz del Sol. Así, ellos afirmaban la esperanza que tenían de que la luz y el calor del astro rey volvería a brillar sobre ellos y calentarlos. Con el deseo de evangelizar aquellas almas, los primeros misioneros católicos que allá llegaron quisieron, a partir de las costumbres de los naturales de la tierra, enseñarles la Fe y conducirlos a Jesucristo. Fue así que, crearon la "corona de adviento", cargada de símbolos, enseñanzas y lecciones de vida.
La forma circular
El círculo no tiene principio, ni fin. Es interpretado como señal del amor de Dios que es eterno: sin principio y sin fin. El círculo simboliza también el amor del hombre a Dios y al prójimo que nunca debe llegar al fin, acabarse. El círculo además trae la idea de un "enlace de unión" que liga a Dios y las personas, como una gran "Alianza".
Ramas verdes
Verde es el color que representa la esperanza, la vida. Dios quiere que esperemos su gracia, su perdón misericordioso y la gloria de la vida eterna al final de nuestra vida terrenal. Las ramas verdes recuerdan las bendiciones que sobre los hombres fueron derramadas por Nuestro Señor Jesucristo, en su primera venida entre nosotros y que, ahora, con una esperanza renovada, aguardamos su consumación, en su segundo y definitivo regreso.
Cuatro velas
El adviento tiene cuatro semanas, cada vela colocada en la corona simboliza una de esas cuatro semanas. Al inicio la Corona está sin luz, sin brillo, sin vida: ella recuerda la experiencia de oscuridad del pecado.
A medida en que vamos acercándonos a la navidad, a cada semana del Adviento, una nueva vela va siendo encendida, representando cada una de ellas una aproximación más inminente de la llegada hasta nosotros de aquel que es la luz de este mundo, Nuestro Señor Jesucristo. Él es quien disipa toda oscuridad, es quien trae a nuestros corazones la reconciliación tan esperada entre nosotros y Dios y, por amor a Él, la "paz en la Tierra entre los hombres de buena voluntad". (JSG)
Con ese tiempo de preparación, quiere la Iglesia enseñarnos que la vida en este valle de lágrimas es un inmenso adviento y, si vivimos bien, esto es, de acuerdo con la Ley de Dios, Jesucristo será nuestra recompensa y nos reservará en el Cielo un bello lugar, como está escrito: "Cosas que los ojos no vieron, ni los oídos oyeron, ni el corazón humano imaginó, tales son los bienes que Dios tiene preparado para aquellos que lo aman" (1Cor 2, 9).
Fuente:
- Pe. Mauro Sérgio da Silva Isabel, EP; Revista Arautos do Evangelho, Dez/2006, n. 60, p. 18-19
- http://www.acidigital.com

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