Doña Lucilia

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En conformidad con los decretos del Sumo Pontífice Urbano VIII, de 13 de marzo de 1625 y 5 de junio de 1631, declaramos no querer anticipar el juicio de la Santa Iglesia con el uso de palabras o con la apreciación de los hechos edificantes que se encuentran en este blog. Según nuestra intención, los calificativos elogiosos no tienen otro sentido sino el ordinario y en todo nos sometemos, con filial amor, a las decisiones de la Santa Iglesia.
Vivir es estar juntos, mirarse y quererse bien. Dª Lucilia Ribeiro dos Santos

LO INÉDITO SOBRE LOS EVANGELIOS

LO  INÉDITO SOBRE LOS EVANGELIOS
Los invitamos a adquirir los dos tomos de LO INÉDITO SOBRE LOS EVANGELIOS, comentarios de los Evangelios dominicales del Ciclo C de Mons. Juan Sconamiglio Clá Dias, EP, fundador de los Heraldos Del Evangelio, editados por la Libreria Editrice Vaticana.

martes, 12 de octubre de 2010

San Andrés Bessette, CSC: El taumaturgo de Montreal

Una auspiciosa noticia recorrió inmediatamente toda la villa. “¡El Hermano Andrés está en el barrio visitando a una mujer enferma!”.
Las puertas de las casas se abrieron con rapidez, los niños salieron corriendo a su encuentro, familias enteras aparecieron de pronto en la entrada de sus residencias, los enfermos fueron llevados a toda prisa.
Una pequeña multitud se agrupó en torno a aquel hombre menudo, de blancos cabellos y ojos encendidos, que se movía lentamente, con una sonrisa acogedora.
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San Andrés Bessette no llegó a ver finalizado el espléndido santuario construido en lo alto de Mont-Royal.
La cruz que se encuentra sobre la cúpula es el punto
más elevado de la ciudad.
Ora se detenía para estrechar con firmeza la mano de un muchacho diciéndole: “No te preocupes que las cosas se van a enderezar”; ora se fijaba más adelante en un anciano preguntándole:
“¿Tienes fe de que San José puede curarte?”, y añadía: “¡Ánimo, ten confianza en San José!”.
Finalmente, antes de marcharse, le daba a todos un último consejo: “¡Continuad rezando!”.
Dentro ya del coche el conductor le comentaba:
— Parece una escena de la vida de Jesús: el pueblo corriendo delante de usted pidiéndole favores y curaciones.
— Quizá... pero aquí Dios se está valiendo ciertamente de un instrumento bastante miserable —le respondió el santo con sencillez.
“Les estoy mandando a un santo”
Alfredo —era éste su nombre de Bautismo— nació en el seno de una familia pobre y numerosa, el 9 de agosto de 1845, en la aldea de Saint-Grégoire d'Iberville, cercana a Montreal. Tenía una salud débil y el dolor le acompañó desde pequeño.
Según narran algunos de sus biógrafos, su acusada devoción a San José tal vez tuviera origen en el hecho de que su padre era carpintero.
Pero, en cualquier caso, la vida de Alfredo estará marcada, ya desde su infancia, por una relación muy especial con el Patriarca de la Iglesia, a quien le construiría el templo más grande del mundo a él dedicado.
Sin embargo, antes tendría que recorrer un largo y sinuoso camino. Intentó ejercer varios oficios, sin éxito, debido a su precaria salud. Con veinte años se fue a Estados Unidos para buscar trabajo en las fábricas textiles de Connecticut, pero regresó poco después, cuando se hizo patente que no tenía fuerzas para esos servicios.
El párroco de su pueblo natal fue quien, al darse cuenta de la virtud, rectitud y constancia del joven, discernió en él una auténtica vocación religiosa y lo encaminó al colegio que la Congregación de la Santa Cruz — fundada en Francia por el Beato Basilio Moreau hacía poco tiempo— tenía en Montreal. “Les estoy mandando a un santo”, declaró el sacerdote en la carta de recomendación de aquel candidato sencillo y analfabeto.
La mejor “tarjeta de visita” de la Congregación
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San Andrés Bessette.
Alfredo no defraudó aquellas expectativas. Enseguida aprendió a leer y, con su comportamiento ejemplar, ayudó a elevar el padrón del noviciado. La meditación sobre los sufrimientos de Cristo siempre había sido una de las columnas de su espiritualidad. “Si recordáramos que el pecado crucifica nuevamente al Señor, nuestras oraciones serían más adecuadas” 1, afirmaba. No obstante, procuraba sin descanso que sus compañeros estuvieran siempre animados: “Intentad no estar tristes.
Es bueno sonreír un poco…”. Cuando se iba acercando el final del noviciado, Alfredo Bessette temía que le fuera denegada la autorización para profesar los votos religiosos, por causa de su débil salud.
Pero tras pedirle al obispo, Mons. Ignacio Bourget, su intercesión, terminó haciéndolo el 22 de agosto de 1872, cambiando el nombre de Bautismo por el de Hermano Andrés.
El superior le encargó el cuidado de la portería del colegio, donde desempeñaba a la perfección sus tareas: mantenía el ambiente con un orden eximio, hacía las veces de cartero y ejecutaba otros tantos menesteres.
Al hablar inglés y francés demostró tener un especial talento en la recepción de las personas y hacerlas sentirse a gusto. Acabó por convertirse en la mejor “tarjeta de visita” de la Congregación.
Al final de su vida acostumbraba decir espirituosamente: “Cuando ingresé en esta comunidad, los superiores me mostraron la puerta y ahí me quedé durante cuarenta años”. 2
Numerosas y bien documentadas curaciones
Aproximadamente cinco años después de su entrada en Religión, empezó a manifestarse en él el don de curación. Una vez, se acercó al lecho donde yacía un estudiante con mucha fiebre y le mandó que se fuera a jugar, afirmando que gozaba de perfecta salud. Para sorpresa del médico de guardia, el niño salió sano de la cama.
En otra ocasión, llegó a la portería el padre de un alumno, con cara de preocupación, y el buen hermano le preguntó cuál era su problema. El pobre hombre le explicó que su esposa se había quedado paralítica. “Quizá no esté tan enferma como parece”, le dijo el santo. En ese momento, al otro lado de la ciudad, la mujer se levantó y empezó a andar regularmente.
El Hno. Andrés aprovechaba esas curaciones, realizadas siempre de manera discreta, con apariencias de normalidad, para hacer un continuo apostolado: recomendaba la oración perseverante, sugería novenas, “recetaba” la aplicación del aceite de una lamparita que ardía ante una imagen de San José, o bien que llevaran encima una medallita suya, porque decía que “todo eso son actos de amor y de fe, de confianza y de humildad”.
Igualmente hacía hincapié en aclarar la verdadera causa de esas sanaciones que le atribuían, pues era el buen Dios quien hacía los milagros y San José quien los conseguía.
“Yo sólo soy el perrito de San José”, decía con humildad.3
Otro día, mientras limpiaba el pasillo central del colegio, se presentó ante él, apoyada en dos personas, una mujer atacada de reumatismo, incapaz de andar por sí misma. El Hno. Andrés, mirándola con perplejidad, le dijo:
— Me parece que usted puede caminar por su propia cuenta. ¿Por qué no intenta ir sola hasta la capilla?
Así lo hizo y regresó a su casa andando sin dificultad y llorando de agradecimiento.
Cuando la afluencia de enfermos empezó a perturbar la rutina del colegio, el Hno. Andrés transfirió sus actividades apostólicas a una estación de autobuses, situada en las cercanías.
El arzobispo, al enterarse de esto, le preguntó a los superiores qué haría si le obligasen a parar de hacer milagros. Al saber que obedecería ciegamente, replicó: “Pues entonces, déjenlo. Si esta obra es de Dios, florecerá; si no, se desmoronará”. 4
Las curaciones de las almas y de los cuerpos continuaron a raudales. Más de cuatro mil páginas documentándolas fueron recogidas durante el proceso de su beatificación.
Uno de los casos más impresionantes es el de un joven, víctima de un terrible accidente industrial.
Con la cara quemada, con riesgo de quedarse ciego, corrió en busca del Hno. Andrés, pero éste estaba atendiendo a un infeliz canceroso y había otros muchos a la espera. Sin haberlo visto llegar siquiera, el religioso apareció y le preguntó:
— ¿Quién ha dicho que perderás la vista? ¿Confías en la intercesión de San José?
Ante su afirmativa respuesta le recomendó:
— Ve a la iglesia, asiste a Misa y comulga en honor a San José. Continúa con tus medicamentos, pero añádeles una gota de aceite de la lamparita del glorioso Patriarca, y reza esta jaculatoria:
“San José, ruega por nosotros”.
Ten confianza que todo irá bien.
El accidentado lo hizo todo con exactitud y, al día siguiente, el tejido cauterizado de su rostro se cayó como “hojas de papel celofán”. Completamente restablecido regresó en señal de agradecimiento.
— Agradéceselo a San José y no dejes de rezar —se limitó a decir el santo taumaturgo.
La dueña de una cafetería cercana, que días atrás había visto al muchacho con la cara desfigurada, no podía creer que se tratara de la misma persona. Y empezó a pregonar por todas partes el impresionante milagro del que había sido testigo.
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Placas conmemorativas y exvotos son testigos de las numerosas curaciones ocurridas en el primer oratorio, donde San Andrés recibía
diariamente entre 200 y 400 personas.
Una iglesia para San José
No obstante, un santo anhelo abrasaba el alma del humilde portero. Ansiaba construir cerca del colegio, en Mont-Royal, una iglesia en honor a su protector. Pero el objetivo era muy osado…
Cierto día, un religioso de su comunidad le contó que la imagen de San José que tenía en su celda parecía que se había girado sola en dirección a ese monte. Exultante, el Hno. Andrés reconoció en ese hecho la esperada señal de la Providencia para comenzar la realización de su deseo, y sembró de medallitas el lugar anhelado.
En 1896 la Congregación de la Santa Cruz adquirió aquel terreno con el fin de evitar al colegio una mala vecindad. El Hno. Andrés obtuvo autorización para poner una imagen de San José en la gruta que allí existía y las peregrinaciones no tardaron en comenzar. Miles y miles de personas iban a visitarla.
Tras ahorrar doscientos dólares, a partir de los cortes de pelo de los alumnos del colegio, a cinco centavos cada uno, fue posible levantar una pequeña capilla. También empezó a conseguir limosnas en el “platito de ofrendas” depositado a los pies del santo, y hasta de Estados Unidos llegaban donativos.
En 1904 fue erigido el pequeño Oratorio de San José, compuesto por una capilla un poco más grande y un despacho, que el Hno. Andrés ocupó como residencia. Trece años después el edificio fue ampliado, de manera a albergar a mil personas sentadas, que enseguida se quedó pequeño por la gran afluencia de gente que allí concurría.
La construcción de la actual basílica —la iglesia más grande de Canadá— empezó en 1924. Ocho años más tarde se hizo necesario pararla por falta de medios, como consecuencia de la crisis económica por la que atravesaba el país. Sin afligirse, el Hno. Andrés puso una imagen de San José en el interior del edificio inacabado, diciendo:
— Si él desea un techo sobre su cabeza, el techo vendrá.
Dos meses después se reiniciaban las obras…
Cabe mencionar que, aun cuando el Hno. Andrés considerase un deber llevar adelante esa construcción, sólo le dedicaba el tiempo permitido por la obediencia, sin dejar de cumplir sus funciones.
Ministerio de amorosa oblación
El día a día de aquel humilde portero estaba todo tomado por un ministerio de amorosa oblación.
Empezaba la jornada ayudando en dos Misas, y a las ocho de la mañana abría la puerta a los visitantes. En el pequeño despacho, el que le servía de celda, recibía cotidianamente entre 200 y 400 personas, llegando a veces a 700.
Los que iban al encuentro del Hno. Andrés en busca de sensacionalismo salían decepcionados. Sus consejos eran sencillos y sensatos, procurando la curación de las almas más que el alivio de los males corporales.
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Tres millones de peregrinos visitan anualmente el Santuario de Mont-Royal. En las fotos: fieles venerando el túmulo de San Andrés, encendiendo algunas de las 10.000 lamparitas de la capilla votiva o dando testimonio de gracias recibidas.
Algunas veces se limitaba a ayudar a la gente a que aceptara la voluntad divina. “Dios tendrá una eternidad para consolarte de los sufrimientos que padeces aquí”,5 les decía.
Animaba también a la Confesión frecuente y a la Comunión diaria, garantizándoles que Jesús no rechaza nada a quien lo hospeda en su corazón.
Y comentaba: “Qué cosa curiosa: recibo numerosos pedidos de curaciones, pero raramente alguien me pide la virtud de la humildad o el espíritu de fe”.6
Con las personas apartadas de la práctica religiosa por flaqueza o por ignorancia demostraba ilimitada compasión. Les contaba de un modo conmovedor la parábola del hijo pródigo y concluía: “ Comme le bon Dieu est bon —¡Qué bueno es Dios!”. Pero cortaba de raíz las actitudes de rebeldía y mala fe: “¿Es que acaso Dios te debe algo? Si así lo piensas, puedes arreglártelas con Él”.7
El precio con el que compraba el alivio y la conversión de esas almas era muy alto. Al final de la jornada, incluso consumido por la indisposición y el cansancio, aún hacía un pausado Vía Crucis en la capilla y, a continuación, arrodillado durante horas rezaba con los brazos abiertos en forma de cruz. Su cama permanecía muchas veces intacta durante toda la noche.
Y cuando un hermano de hábito le imploró que durmiese, ofreciendo su sueño como una oración, le respondió con gravedad: “Si supieses el estado de aquellos que me piden oraciones, no me harías tal sugerencia”.8
Primeros frutos póstumos
Los fieles amaban a aquel buen anciano de cabellos blancos y le pedían que no los dejase. Pero al cumplir los 92 años la muerte ya se acercaba y él les consolaba amablemente afirmando que si alguien puede hacer el bien en la Tierra, más aún lo podrá hacer en el Cielo.
El 6 de enero de 1937 la triste noticia era publicada con destaque en los periódicos más importantes de Montreal: “Ha muerto el Hermano Andrés”. Enfrentando la nieve y el hielo, una verdadera multitud empezó a desplazarse hacia Mont-Royal para despedirse de su taumaturgo.
Llegaban en avión, en tren, en cualquier medio de locomoción. La muchedumbre –tomada de devoción y piedad– había desbordado el Oratorio de San José y los confesionarios se llenaban de penitentes. Se calcula que un millón de personas subieron el serpenteante camino del santuario para despedirse de aquel cuya única ambición había sido servir a Dios en el más completo desapego de la vida religiosa.
Eran los primeros frutos póstumos de este sencillo hermano laico que, el 17 de este mes, será el primer santo de su Congregación, así como el primer varón nacido en Canadá que es elevado a la honra de los altares.
* * *
El Hno. Andrés no llegó a ver terminado el gran santuario, concluido sólo a finales de la década de los 60, como tampoco vio la realización de otro de sus deseos: poner un gran Vía Crucis a las afueras de la iglesia, para fomentar la devoción a la Pasión del Redentor.
Es imposible no sentir su presencia en cada una de las dependencias de este impresionante templo, que atrae anualmente a tres millones de peregrinos que dan testimonio del poder de intercesión del Patrono de la Iglesia Universal. Nada más llegar, una gran imagen de San José, esculpida en piedra, recibe a los visitantes en la escalinata central. Una inscripción de tres palabras, colocada en su base, da la bienvenida, evocando la sabiduría sencilla y piadosa de aquel hermanito que yace en la cripta: “ Ite ad Joseph —Id hacia José”. 

1 FERGUSON, John. The Place of Suffering . London: James Clarke and Co., 1972, p. 115
2 BALL, Ann. Faces of Holiness . Huntington (IN): Our Sunday Visitor, 2001, p. 54
3 KYDD, Ronald. Healing Through the Centuries . Peabody (MA): Hendrickson, 1998, p. 85
4 BALL, op. cit., p. 57
5 TREECE, Patricia. Nothing Short of a Miracle . New York: Doubleday, 1988, p. 74
6 O'MALLEY, Vincent. Saints of North America. Huntington (IN): Our Sunday Visitor, 2004, p. 26
7 KNOWLES, Leo. Modern Heroes of the Church . Huntington (IN): Our Sunday Visitor, 2003, p. 82
8 TREECE, op. cit., p. 75