Eucaristía: Sacramento que nos eleva por encima de los ángeles y del hombre inocente del paraíso

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Redacción (Jueves, 05-08-2010, Gaudium Press) "Pondré odio entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la de ella. Esta te aplastará la cabeza. Y dijo en seguida al hombre: ‘Porque oíste la voz de tu mujer y comiste del fruto del árbol que yo te había prohibido comer, maldita sea la tierra por tu causa".

Así comenzaba el inmenso, secular, y sumamente grandioso drama de la historia de la humanidad. Nuestros primeros padres pecaron, y nos dejaron una amarga herencia que, hasta el final de los tiempos, pesará en nuestras tendencias, nuestra psicología, nuestro inagotable combate contra la concupiscencia que está en nosotros, atrayéndonos constantemente para lo que es pecaminoso.

¿Estaría terminada -podríamos pensar- cualquier esperanza del hombre de poder restituir lo que había perdido? ¿Nunca más se relacionaría el alma con Dios como antes del pecado original? ¿Su Creador, que tanto amó a sus criaturas, les había cerrado las puertas del cielo por todos los siglos?

La respuesta solo puede ser negativa. Después de cuatro mil años de fervorosa espera de patriarcas, profetas y almas justas, "surgió para nosotros un Salvador", para restituir este orden perdida. Aquel que podía decir al demonio, que introdujo la muerte y el pecado en el mundo: "¡Muerte, yo seré tu muerte! ¡Infierno, seré tu ruina!". Mucho más allá de lo que cualquier mente humana podría concebir, este Salvador sería el propio Dios hecho carne, y que elevaría la naturaleza corrompida por la caída de nuestros primeros padres a una posibilidad de santidad y perfección mucho más alto de lo que si no hubiese caído.

Parecerá osada esta afirmación. ¿Cómo se podrá hacer esto? Preguntarían ciertas almas que no tienen fe en la omnipotencia Divina.

He aquí la respuesta: por la pasión y muerte en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, actos infinitamente meritorios, y por un instrumento -si así podemos llamar- que no tiene una mera fuerza o poder humano, sino ilimitado y divino: la Santísima Eucaristía. San Pedro Julião Eymard, ardoroso devoto del Admirable Sacramento, enseña:

"La encarnación del Verbo en el seno de María fue el prenuncio de la eucaristía. El sol radiante de las almas, que las ha de vivificar y regenerar alcanzará su esplendor máximo en el Augusto Sacramento. Si todo en el misterio de la encarnación fue glorioso para María, todo en el misterio de la Eucaristía es glorioso para nosotros"

Solo este sacramento podría dar a los hombres la fuerza necesaria para vencer el pecado y el mundo, pues dice Santo Tomás, que de la misma forma que podemos preservar nuestro cuerpo de la muerte futura, con el alimento y la medicina, o defendiéndolo de los enemigos exteriores, blindamos nuestra alma de la muerte y el pecado por medio de la Eucaristía, "que es señal de la pasión de Cristo, por la cual fueron vencidos los demonios. Por donde nos dice San Juan Crisóstomo: Volvemos de esta mesa como leones lanzando llamas, convertidos en seres terribles para el propio diablo" (S. Th. III q. 79 a. 6)

Este sacramento "confirma el corazón del hombre en el bien. Por lo que también lo preserva del pecado" (Idem). Nuestra lucha contra nuestras pasiones, desde que estamos unidos a la Eucaristía, están ganadas. Nuestro adversario, vencido. Porque el efecto de este sacramento es inmensurable, "se deduce de lo que este sacramento representa, que es la Pasión de Cristo. Por eso, el efecto que la pasión de Cristo produjo en el mundo, lo produce este sacramento en el hombre."

¿Cuántas luchas enfrentan los hombres a cada día, a cada instante, para mantenerse en el camino del bien? ¿De dónde reunirán fuerzas para esta lucha entre el bien y el mal? ¿Unidos a la Eucaristía, podrá el demonio engañarnos, como hizo con nuestros primeros padres? ¿Habrá una tentación más fuerte que la fuerza de la Sagrada Eucaristía?

La Eucaristía, protección contra el demonio

6773_M_2e6fefc7.jpgDice San Pedro Julián Eymard: "¡Que protección contra el demonio! ¡Es la sangre de Jesús que, ruborizando los labios, nos torna terribles a los ojos de Satanás; teñidos en la sangre del verdadero cordero, el ángel exterminador no podrá penetrar en nosotros!". Así, los acuerdos difíciles que nos fueron impuestos por el pecado original se tornan, por los efectos del convive eucarístico, ocasión de triunfo y gloria, mayor de lo que si no hubiese habido pecado. De esta manera, se cumplen las palabras de Dios a la serpiente: "Ipsa conteret caput tuum". La Virgen Santísima, que por su Sí nos trajo a Jesucristo, y así, la Eucaristía, aplastará la cabeza del enemigo infernal.

No resistimos en agregar aquí algunas palabras más de San Pedro Julián, que nos llenan de sorpresa y admiración:

"Jesús estableció la Eucaristía para rehabilitar al hombre que se degradara por el pecado original... que, señor de los animales, a ellos se asemejó. (Así), los idólatras tan vecinos se sentían de los animales, por el pecado, que los tomaron por dioses. Es entonces que surge la invención divina, invención admirable. (El hombre) que recibe la comunión, se une a Jesucristo y se vuelve infinitamente respetable. No tengo miedo de afirmar que, por la comunión, somos elevados por encima de los ángeles, sino en naturaleza, al menos en dignidad; los ángeles no pasan de ministros de Jesucristo, mientras nosotros, al comulgar, nos convertimos en los miembros de la familia de Jesucristo, otros Cristo. Sin el pecado original, jamás nos habríamos elevado de este modo por la comunión."

También el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira teje una bella consideración sobre este asunto:

"Ni los más altos Ángeles del Cielo tienen con Nuestro Señor la forma de unión que nosotros hombres estamos recibiendo la Eucaristía. Un Ángel no puede comulgar: él no tiene cuerpo. Él goza hasta de la visión beatífica, ve a Dios cara a cara, está inundado de todas las gracias del Cielo, pero la Sagrada Eucaristía él no tiene."

"Donde abundó el pecado, superabundó la gracia". Todo el daño en nosotros producido por la insidiosa serpiente fue pedestal para que Nuestro Señor Jesucristo pudiese triunfar sobre el mal, y en nuestras almas.

Por Alessandro Shurig

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