viernes, 11 de junio de 2010

SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS


Ah! ¡Si las almas supiesen como las espero lleno de misericordia! ¡Soy el amor de los amores, y no puedo descansar sino perdonando!

¡Siempre estoy esperando con amor que las almas vengan a Mí! ¡Vengan!... ¡Échense en mis brazos! ¡No tengan miedo! Conozco el fondo de las almas, sus pasiones, su atracción por el mundo y los placeres. Sé desde toda la eternidad cuántas almas me han de llenar el corazón de amargura, y que para gran número, ¡mis sufrimientos y mi sangre serán inútiles! Mas, como las amé, así las amo...


No es el pecado lo que más hiere mi Corazón... Lo que lo despedaza es que ellas no quieran refugiarse en Mí después de haberlo cometido. Sí, deseo perdonar, y quiero que mis almas escogidas den a conocer al mundo, cómo mi Corazón espera a los pecadores, transbordando de amor y de misericordia.

También quiero mostrar a las almas que nunca rechazo mi gracia a ellas, ni aun cuando están cargadas de los más graves pecados, y que no las separo, entonces, de aquellas a quienes amo con predilección. A todas las guardo en mi Corazón, para dar a cada una los socorros que su estado reclama. Quiero darles a comprender que no es por el hecho de estar en pecado mortal, que deben apartarse de Mí. ¡No juzguen que ya no hay remedio para ellas y que nunca más serán amadas como lo fueron otrora! ¡No, pobres almas, no son éstos los sentimientos de un Dios que derramó toda su sangre por vosotros!

¡Venid a Mí y no temáis, porque Yo os amo! Os purificaré en mi Sangre y os tornaréis más blancas que la nieve. Vuestros pecados serán sumergidos en las aguas de mi misericordia, y no será posible arrancar de mi corazón el amor que os tengo.

Vosotros que estáis sumergidos en el mal y que hace más o menos tiempo vivís errantes y fugitivos por causa de vuestros crímenes... Si los pecados de que sois culpados os endurecieron y cegaron el corazón; si para satisfacer vuestras pasiones, caísteis en los peores escándalos... ¡ah! Cuando vuestra alma reconociere su estado, y los motivos o los cómplices de vuestras faltas os abandonaren, no dejéis que de vosotros se apodere el desespero. Mientras el hombre tuviere un soplo de vida, podrá acudir aún a la misericordia e implorar perdón. Vuestro Dios no consentirá que vuestra alma sea presa del infierno.

Por el contrario, desea y con ardor, que de Él os aproximéis para perdonaros. Si no osáis hablarle, dirigidle a Él vuestras miradas y los suspiros de vuestro corazón, y en breve veréis que su mano bondadosa y paternal os conduce a la fuente del perdón y de la Vida!

Deseo que las almas crean en mi misericordia, esperen todo en mi bondad y no duden nunca de mi perdón. ¡Soy Dios, mas Dios de amor! Soy Padre, mas Padre que ama con ternura y no con severidad.


Mi corazón es infinitamente sabio, pero también infinitamente santo, y como conoce la miseria y la fragilidad humanas, se inclina hacia los pobres pecadores con misericordia infinita. Amo a las almas después de que cometieron el primer pecado, si humildemente vienen a pedir perdón. Las amo aún cuando lloraron su segundo pecado, y si esto se repitiere, no digo un billón de veces, sino millones de billones, las amo y les perdono siempre, ¡y lavo en la misma sangre tanto el último como el primer pecado!
No me canso de las almas, y mi Corazón siempre espera que vengan a refugiarse en Él por más miserables que sean. ¿No tiene un padre más cuidado con el hijo enfermo, que con los que tienen buena salud? Para con este hijo, no son mayores sus delicadezas y su desvelo. De igual manera, mi Corazón derrama sobre los pecadores su compasión y ternura, con más liberalidad que sobre los justos.

Denme su amor y nunca desconfíen del mío, y sobre todo, denme su confianza y no duden de mi misericordia. Es fácil esperar todo de mi Corazón!” (1)

Así habló el Divino Redentor. Así continúa hablándonos con el mismo entrañado e infinito amor de Padre y de Dios. Procuremos oírlo, esforcémonos por seguir su cariñoso llamamiento, de depositar en Él esa confianza completa de hijos que todo lo pueden alcanzar de las misericordias de un Corazón omnipotente.

Roguemos a María Santísima, Madre de este Sagrado Corazón, que interceda por nosotros junto a Él, a fin de que ese horno ardiente de caridad “nunca cese de iluminar el horizonte de la vida de cada uno de nosotros, encienda nuestros propios corazones y nos haga abrir las almas para su amor que es eterno y nunca se consume. El único amor capaz de transformar el mundo y la vida humana” (Juan Pablo II, Meditaciones de la Letanía del Sagrado Corazón de Jesús, Junio de 1985).


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LETANÍAS AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Señor, ten piedad.
R/. Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad.
R/. Cristo, ten piedad.
Señor, ten piedad.
R/. Señor, ten piedad.

Cristo, óyenos.
R/. Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.
R/. Cristo, escúchanos.

Dios Padre celestial, ten misericordia de nosotros .
Dios Hijo, Redentor del mundo,
Dios Espíritu Santo,
Santa Trinidad, un solo Dios,

Corazón de Jesús, Hijo del eterno Padre,
Corazón de Jesús, formado por el Espíritu Santo en las entrañas de la Virgen María,
Corazón de Jesús, unido substancialmente al Verbo de Dios,
Corazón de Jesús, de majestad infinita,
Corazón de Jesús, templo santo de Dios,
Corazón de Jesús, santuario del Altísimo,
Corazón de Jesús, casa de Dios y puerta del Cielo,
Corazón de Jesús, horno ardiente de caridad,
Corazón de Jesús, sagrario de la justicia y del amor,
Corazón de Jesús, lleno de amor y de bondad,
Corazón de Jesús, abismo de todas las virtudes,
Corazón de Jesús, dignísimo de toda alabanza,
Corazón de Jesús, rey y centro de todos los corazones,
Corazón de Jesús, donde se encuentran todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia,
Corazón de Jesús, donde habita toda la plenitud de la Divinidad,
Corazón de Jesús, en quien el Padre plenamente se ha complacido,
Corazón de Jesús, de cuya plenitud todos hemos recibido,
Corazón de Jesús, deseo de los eternos collados,
Corazón de Jesús, paciente y lleno de misericordia,
Corazón de Jesús, magnánimo con todos los que te invocan,
Corazón de Jesús, fuente de vida y de santidad,
Corazón de Jesús, propiciación por nuestros pecados,
Corazón de Jesús, saturado de oprobios,
Corazón de Jesús, lacerado por nuestros crímenes,
Corazón de Jesús, hecho obediente hasta la muerte,
Corazón de Jesús, atravesado por la lanza,
Corazón de Jesús, fuente de toda consolación,
Corazón de Jesús, nuestra vida y resurrección,
Corazón de Jesús, nuestra paz y reconciliación,
Corazón de Jesús, víctima de los pecadores,
Corazón de Jesús, salvación de los que esperan en Ti,
Corazón de Jesús, esperanza de los que mueren en Ti ,
Corazón de Jesús, delicia de todos los Santos,

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo,
R/. Perdónanos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo,
R/. Escúchanos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo,
R/. Ten piedad de nosotros.

V/. Jesús, manso y humilde de Corazón,
R/. Haz nuestro corazón semejante al vuestro.

Oración: Oh Dios, que en el Corazón de tu Hijo, herido por nuestros pecados, has depositado infinitos tesoros de caridad, te pedimos que, al rendirle el homenaje de nuestro amor, le ofrezcamos una cumplida reparación. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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Sagrado Corazón, Eucaristía y Nuestra Señora

A fin de enfervorizarnos más en esa devoción, no es supérfluo resaltar el vínculo indisociable entre el Sagrado Corazón y el Sacramento de la Eucaristía. En éste, Jesús está realmente presente en cuerpo, sangre, alma y divinidad. Por lo tanto, en Él se halla vivo y palpitante su Corazón adorable que convida a sí a todos los hombres. Es a través de la Eucaristía que Él realiza sus promesas, haciéndonos objeto de su insondable amor, conforme nos enseña el papa Juan Pablo II:

“La infinita majestad de Dios se oculta en el Corazón humano del Hijo de María. Este Corazón es nuestra alianza. Este Corazón es la máxima proximidad de Dios junto a la historia y a los corazones humanos. Este Corazón es la maravillosa condescendencia de Dios: el corazón humano que pulsa con la vida divina; la vida divina que pulsa en el corazón humano.

“ En la Santísima Eucaristía descubrimos con el sentido de la fe ese mismo Corazón –el Corazón de majestad infinita- que (en ella) continúa latiendo con el amor humano de Cristo, Dios-Hombre.

“¡Cuán profundamente sintió este amor el Santo Papa Pío X! ¡Cuánto deseó que todos los cristianos desde los años de la infancia se aproximasen de la Eucaristía, recibiendo la Sagrada Comunión: para que se uniesen a este Corazón, que es al mismo tiempo para cada uno de los hombres, Casa de Dios y Puerta del Cielo.

“Casa, una vez que a través de la comunión eucarística, el Corazón de Jesús extiende su morada a cada uno de los corazones humanos. Puerta, porque en cada uno de estos corazones humanos Él abre la perspectiva de la eterna unión con la Santísima Trinidad” (Meditaciones de la Letanía del Sagrado Corazón, junio de 1985).

Debemos pues ir al Santísimo Sacramento para encontrar al Sagrado Corazón, accesible ahí a todos, infatigable, prodigando las maravillas de su bondad, de su tiernísima compasión por la humanidad pecadora.

Mejor ilustración de ese vínculo no podríamos evocar, a no ser la que nos muestran las propias apariciones de Paray-le-Monial: en la mayoría de las veces, el Sagrado Corazón se reveló a Santa Margarita María, en una hora en que ésta, humilde y recogida en los bendecidos silencios de la capilla, oraba fervorosamente delante del Santísimo Sacramento.

Imitemos el edificante ejemplo de esta celosa hija de San Francisco de Sales, de esa alma electa que, por sus excelentes virtudes y obras, no cesó de glorificar y exaltar al divino Corazón de Jesús hasta el fin de su vida. Y, por esto mismo, mereció ser inscrita para siempre en el rol de los héroes de la fe.

Sí, procuremos seguir el camino trazado por Santa Margarita María, sin olvidarnos nunca de que debemos hacerlo implorando la omnipotente mediación de Nuestra Señora. Mejor intercesora no podríamos invocar, pues Ella es la Madre del Hombre Dios, Aquella que engendró y nutrió con su propia sangre al Corazón de Jesús, la que llevó encerrado en su claustro virginal esa fuente de amor infinito, cuyas pulsaciones baten desde entonces al unísono con las de su Corazón Inmaculado.

Ella es sobre todo la que supo corresponder de modo eximio, creciente e ininterumpido a las ardientes efusiones de la caridad de su divino Hijo, junto a quien no cesa de pedir por cada uno de nosotros. “A través del Inmaculado Corazón de María permanecemos en la alianza con el Corazón de Jesús, que es el más espléndido y perfecto tabernáculo del Altísimo” (Juan Pablo II, idem).

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