El Hombre como ser eminentemente contemplativo


Sao Paulo (Miércoles, 06-05-2010, Gaudium Press) El hombre fue creado con una alta finalidad: la contemplación de Dios. "Para anticipar en cierta medida este objetivo ya en esta vida, él debe avanzar incesantemente en una vida espiritual, una vida de diálogo con Dios", recordó el Papa en la audiencia general del 29 de Agosto de 2007.

De acuerdo con Plinio Corrêa de Oliveira, el hombre tiene necesidad de fijar la atención sobre determinadas escenas de lo cotidiano, sean ellas un paisaje, un monumento o un teatro, entre muchas otras, extrayendo sus propias conclusiones, sacando de la observación o de aquello que los sentidos le indican relaciones, que podrán impresionarlo como verdadero o falso, bueno o malo.

Delante de esto, él acepta o rechaza lo que detectó y saca una serie de principios. Siendo así, él tiene delante de sí criaturas que representan y reflejan a Dios. Como ser profundamente comunicativo, el hombre transmitirá de alguna forma las impresiones que las cosas le causan, esto es, comunica lo que le va al alma, habla de la abundancia del corazón, y esto conduce también al servicio, pues, el hombre, por su propia naturaleza, sirve a aquello que ama.

Sin embargo el hombre podrá elevarse a un acto de alabanza a través de la contemplación o rechazar esta elevación de alma y detenerse en el disfrute egoísta y limitado del ser que tiene delante de sí. Esto trae como consecuencia un realce de la materia y una negación de las relaciones de aquello con el Ser absoluto. Conforme decía San Irineo en ‘Adversus haereses':

"No es la luz que falta debido a la culpa de los que se tornaron ciegos, sino quien se tornó ciego permanece en la oscuridad por su culpa, mientras la luz continúa brillando. La luz no somete a nadie a la fuerza, ni Dios obliga a nadie a aceptar su arte."

Por el Diác. José Victorino de Andrade

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