«Nuestro mundo tiene sed de paz y de justicia».


El Papa alienta la armonía, la prosperidad y la tutela de la grandeza de la dignidad humana, en su bienvenida a los nuevos embajadores de Malawi, Suecia, Sierra Leona, Islandia, Luxemburgo, Madagascar, Belice, Túnez, Kazajistán, Bahrein e Islas Fiyi
Benedicto XVI ha acogido cordialmente esta mañana a los nuevos embajadores de 11 países, poniendo de relieve que la diversidad de las naciones a las que pertenecen es una nueva oportunidad de dar «gracias a Dios, por su amor creador y por la multiplicidad de sus dones que no cesan de asombrar a los hombres». Con motivo del acto de presentación de las cartas credenciales de los nuevos embajadores de Malawi, Suecia, Sierra Leona, Islandia, Luxemburgo, Madagascar, Belice, Túnez, Kazajistán, Bahrein e Islas Fiyi, el Santo Padre ha dirigido primero un discurso general, como es tradicional, en ocasiones como ésta. Benedicto XVI ha reflexionado sobre la importancia de que nunca prevalezca el miedo a la diversidad, que «a lo largo de la historia ha afligido tanto a la humanidad, por medio de sistemas políticos y económicos, que provenían o reivindicaban matrices paganas o religiosas». Tras recordar esas trágicas lecciones que han reducido al hombre a «una esclavitud indigna, al servicio de una ideología única o de una economía inhumana y seudo científica», el Papa ha hecho hincapié en la necesidad de que cada pueblo cultive su propio ‘genio’: «Cada pueblo tiene su propio ‘genio’ y también sus propios ‘demonios’. Cada pueblo avanza por un crecimiento, a veces doloroso, hacia un porvenir que desea luminoso ¡Mi anhelo es que cada pueblo cultive su propio genio, enriqueciéndolo y mejorándolo cada vez más, por el bien de todos y purificándolo de sus ‘demonios’, hasta llegar a eliminarlos y a trasformarlos en valores positivos y creadores de armonía, prosperidad y paz, para defender la grandeza de la dignidad humana!» «Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9). Profundizando en la importante y bella misión que tienen los diplomáticos, Benedicto XVI ha recordado la «intervención divina en la humanidad - que lleva el nombre de ‘alianza de paz’» (Is 54, 10) - y ha exhortado a la búsqueda y la promoción de la paz, evocando la bienaventuranza pronunciada por Cristo en su Sermón de la Montaña. Paz que «no significa sólo el estado político o militar de ausencia de conflictos», sino que «implica el conjunto de condiciones que permiten la concordia entre todos los pueblos y el desarrollo de cada uno de ellos», ha reiterado el Santo Padre, poniendo de relieve asimismo que «la paz no es ni auténtica ni posible, si no reina la justicia»: «Nuestro mundo tiene sed de paz y de justicia. La Santa Sede ha publicado, en la víspera de la Conferencia de Doha, que terminó hace algunos días, una Nota sobre la actual crisis financiera y sobre sus repercusiones en la sociedad y los individuos. Se trata de algunos puntos de reflexión destinados a promover el diálogo sobre numerosos aspectos éticos, que deberían regir las relaciones entre las finanzas y el desarrollo. Así como alentar a los gobiernos y a los agentes económicos a buscar soluciones duraderas y solidarias por el bien de todos. Y, en particular, para aquellos que están más expuestos a las dramáticas consecuencias de la crisis». «La noble tarea de los embajadores consiste, por lo tanto, en desarrollar el arte de la diplomacia con el fin de que todo sea ‘ajustado’, para que la nación a la que sirve viva, no sólo en paz con los otros países, sino también según la justicia que se expresa por medio de la equidad y la solidaridad en las relaciones internacionales. Y para que sus conciudadanos, gozando de la paz social, puedan vivir libre y serenamente sus propias creencias y alcanzar la justicia de Dios». El respeto de los derechos humanos; la libertad religiosa; el diálogo entre culturas y religiones - con especial atención entre cristianos y musulmanes -; la democracia; el cambio climático y el cuidado del medio ambiente; la solidaridad de las naciones ricas hacia las más necesitadas; la inviolable dignidad de la vida humana en todas sus etapas, su preocupación ante la eutanasia y el suicidio asistido; la familia; el matrimonio entre un hombre y una mujer; la educación de la juventud; la atención sanitaria; la lucha contra los flagelos de la pobreza, del alcohol y las drogas y la ayuda de la comunidad internacional a los países asolados por calamidades naturales, son algunos de los principales desafíos que el Santo Padre ha señalado en sus discursos particulares entregados a estos 11 embajadores. En especial, en lo que se refiere a los países de África, el Papa ha puesto de relieve «la urgente necesidad de unidad y cooperación para afrontar los desafíos actuales y de cara al futuro, asegurando el desarrollo integral de los pueblos». Además de la lucha contra la pobreza, el Papa se ha referido a los esfuerzos improrrogables para debelar las enfermedades, en particular el SIDA. No sólo en lo que concierne a la parte económica de las acciones necesarias, sino con un importante impulso en la promoción de los valores que dignifican al ser humano.

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