Felicitación de Navidad de Benedicto XVI a la Curia Romana


Esta mañana, en la Sala Clementina, tuvo lugar el tradicional encuentro del Santo Padre con los cardenales, arzobispos y obispos y miembros de la Curia Romana para el intercambio de felicitaciones navideñas.

El Papa comenzó su discurso recordando algunos de los aniversarios que han jalonado el 2008, como el de los 50 años de la muerte de Pío XII y de la elección al solio pontificio de Juan XXIII, el 40 aniversario de la publicación de la encíclica “Humanae vitae” y de los treinta años de la muerte de su autor, Pablo VI, pero también la inauguración, el 28 de junio en la basílica romana de San Pablo Extramuros, del Año Paulino, en la que participó el patriarca ecuménico Bartolomé I.

“El Año Paulino -afirmó el Santo Padre- es un año de peregrinación no solamente en el sentido de un viaje hacia los lugares paulinos, sino ante todo una peregrinación del corazón, con Pablo, hacia Jesucristo. En definitiva, Pablo también nos enseña que la Iglesia es Cuerpo de Cristo, que la Cabeza y el Cuerpo son inseparables y que no puede haber amor por Cristo sin amor por su Iglesia y su comunidad viviente”.


Benedicto XVI se refirió después a otros tres acontecimientos importantes del año, como la Jornada Mundial de la Juventud en Australia, “una gran fiesta de la fe”, los dos viajes apostólicos a Estados Unidos y a Francia, y el Sínodo de los Obispos, en el que “pastores procedentes de todo el mundo se reunieron alrededor de la Palabra de Dios levantada en medio de ellos”.


Si por una parte en el Sínodo, explicó el Papa, “nos dimos cuenta nuevamente de que Dios en esta Palabra se dirige a cada uno de nosotros” y “comprendemos que su Palabra está presente para que nos acerquemos unos a otros”, por otra, “esa Palabra ha plasmado una historia común y quiere seguir plasmándola”. Por eso “podemos entenderla plenamente solo en el “nosotros” de la comunidad instituida por Dios: siendo siempre conscientes de que no podremos agotarla completamente porque siempre tiene que decir algo nuevo a cada generación. (…) Dios, en el fondo, habla siempre en presente”.


Durante la asamblea sinodal fue muy importante, agregó, “experimentar que en Iglesia también hoy hay un Pentecostés, (…) que en ella están presentes los múltiples modos de la experiencia de Dios y del mundo, la riqueza de las culturas, y solamente así se revela la vastedad de la existencia humana y a través de ella, la vastedad de la Palabra de Dios”.


La “presencia de la Palabra de Dios, de Dios en el momento actual de la historia”, ha sido el hilo conductor de los viajes pastorales de este año, cuyo “verdadero sentido puede ser sólo el de servir a esta presencia”, subrayó el Santo Padre. “En esas ocasiones la Iglesia -observó-, se hace públicamente perceptible, con ella la fe es, por lo menos, la cuestión sobre Dios”.


Centrándose en la Jornada Mundial de la Juventud, que “se convierte cada vez más en tema de análisis, intentando comprender esta especie de “cultura juvenil”, el Papa recordó que algunos analistas las consideran como una “especie de festival rock modificado en sentido eclesial con el Papa como “estrella”. Sin embargo, hay que tener en cuenta que esas jornadas “no consisten solamente en esa semana en la que se hacen visibles al resto del mundo” y que “hay antes un largo camino exterior e interior que lleva a ellas. La Cruz, acompañada por la imagen de la Madre del Señor, peregrina a través del mundo. (…) El encuentro con la cruz, que se toca y se lleva a cuestas, se vuelve un encuentro interior con Aquel que murió en la cruz por nosotros” y ese encuentro “suscita en lo más profundo de los jóvenes el recuerdo de Dios que quiso hacerse hombre y sufrir con nosotros. Y vemos a la mujer que nos dio como Madre. Las Jornadas solemnes son solo la culminación de un largo camino”.


El Papa se refirió a continuación a “cuatro dimensiones del tema “Espíritu Santo”. En primer lugar, “la fe en el Espíritu creador -dijo- es un contenido esencial del Credo cristiano. (…) En la fe sobre la creación se encuentra el fundamento último de la responsabilidad hacia la tierra, que no es simplemente nuestra propiedad, que podemos explotar según nuestros intereses y deseos. Es más bien un don del Creador”.


Tras poner de relieve que la Iglesia “no puede y no debe limitarse a transmitir a sus fieles únicamente el mensaje de la salvación”, el Santo Padre dijo que también “debe proteger al ser humano contra la destrucción de sí mismo. Es necesario que haya como una ecología del ser humano, entendida en el modo justo. El hecho de que la Iglesia hable de la naturaleza del ser humano como hombre y mujer no es una metafísica superada, y exige que este orden de la creación sea respetado. (…) Lo que a menudo se expresa y se entiende con el término “género” se resuelve en definitiva en la auto-emancipación del ser humano de la creación y del Creador”.


En segundo lugar, continuó, el Espíritu “habla, por decir así, también con palabras humanas, ha entrado en la historia; (…) es Palabra que viene a nuestro encuentro en los escritos del Antiguo y del Nuevo Testamento. (…) Leyendo la Escritura junto con Cristo aprendemos a escuchar en las palabras humanas la voz del Espíritu Santo y descubrimos la unidad de la Biblia”.


Benedicto XVI comentó que la tercera dimensión de la pneumatología “es la inseparabilidad de Cristo y del Espíritu Santo. La manera más hermosa en que se manifiesta es en el episodio de san Juan sobre la primera aparición del Resucitado a los discípulos: el Señor insufla sobre los discípulos y de este modo les dona el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es el soplo de Cristo”.


“Como cuarta dimensión -dijo- emerge espontáneamente la conexión entre Espíritu e Iglesia”. En este contexto recordó que san Pablo “ha mostrado la Iglesia como Cuerpo de Cristo y precisamente como organismo del Espíritu Santo, en el que los dones del Espíritu Santo unen a los individuos en un cuerpo vivo”.

El Papa subrayó que “con el tema del Espíritu Santo (…) se hace visible toda la amplitud de la fe cristiana, una amplitud que de la responsabilidad por las cosas creadas y por la existencia del ser humano en sintonía con la creación conduce a través de los temas de la Escritura y de la historia de la salvación hasta Cristo. Y desde allí lleva a la comunidad viva de la Iglesia, en sus órdenes y responsabilidades, así como también en su inmensidad y libertad, que se expresa tanto en la multiplicidad de los carismas como en la imagen de Pentecostés de la multitud de las lenguas y de las culturas”.


“El Espíritu Santo nos otorga la alegría. Y El es la alegría”. Ésta “es la expresión de la felicidad, del estar en armonía consigo mismo, que solo es posible si se está en armonía con Dios y con su creación”.


El Papa terminó manifestando su “deseo al final de este año: Que la alegría esté siempre viva en nosotros, y que ilumine el mundo en sus tribulaciones”

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