Solemnidad de Pentecostés: la oración, la principal actividad de la Iglesia naciente

En el mismo momento de su nacimiento la Iglesia es ya “católica”
El Papa ha recordado hoy durante la homilía de la Santa Misa que ha presidido en la basílica de san Pedro del Vaticano la celebración litúrgica de Pentecostés, en la que se revive el nacimiento de la Iglesia de Jesús. El Papa ha descrito a través de las lecturas del Nuevo Testamento todo el contexto del Cenáculo de Jerusalén, donde se reúnen los discípulos tras la Ascensión al cielo de Cristo. Los once Apóstoles vienen llamados por su nombre, junto a ellos vienen mencionados también los nombres de algunas mujeres, de María, de los “hermanos” integrados ya como en una gran familia basada no en vínculos de sangre sino de fe en Cristo.

Esta comunidad compuesta por unas 120 personas en total constituye, ha dicho Benedicto XVI, “una auténtica asamblea, según el modelo de la primera Alianza, la comunidad convocada para escuchar la voz del Señor y caminar por su senda”. El Libro de los Hechos de los Apóstoles subraya que “todos eran asiduos en la oración” ésta era “la principal actividad de la Iglesia naciente”.

“Esta comunidad se encontraba reunida, la mañana de la fiesta judía de Pentecostés, fiesta de la Alianza, en el Cenáculo, la misma sede en la que se hacía memoria del evento del Sinaí cuando Dios había propuesto a Israel mediante Moisés ser su propiedad por encima de los otros pueblos. Como en el Sinaí, los elementos del fuego y del viento se encuentran también en el Pentecostés del Nuevo Testamento. En particular el fuego toma la forma de lenguas que se posan encima de cada uno de los discípulos, los cuales “fueron llenados todos de Espíritu Santo” y por efecto de aquella efusión “comenzaron a hablar en otras lenguas”. Se trata de un verdadero y propio “bautismo” de fuego de la comunidad, una especie de nueva creación. En Pentecostés, ha proseguido el Papa, la Iglesia viene constituida no por voluntad humana, sino por la fuerza del Espíritu de Dios. Y rápidamente este Espíritu da vida a una comunidad que es al mismo tiempo una y universal, superando así las maldiciones de Babel. De hecho, sólo el Espíritu Santo, que crea unidad en el amor y en la recíproca aceptación de la diversidad, puede liberar a la humanidad de la constate tentación de una voluntad de potencia terrena que quiere dominarlo y uniformarlo todo.

“Sociedad del Espíritu”, así llamaba san Agustín a la Iglesia, ha señalado Benedicto XVI, que ha citado también a san Ireneo: “Alejarse de la Iglesia es rechazar el Espíritu y por tanto excluirse de la vida”. En el evento de Pentecostés, ha afirmado el Pontífice, se muestra claramente que a “la Iglesia pertenecen múltiples lenguas y culturas; en la fe, todas ellas pueden comprenderse y fecundarse, mutuamente”.
En el mismo momento de su nacimiento la Iglesia es ya “católica”, universal. Habla desde el principio todas las lenguas, porque el Evangelio que le ha sido confiado está destinado a todos los pueblos, según la voluntad y el mandato de Cristo resucitado. La Iglesia que nace en Pentecostés no es una comunidad particular -la Iglesia de Jerusalén- sino, la Iglesia universal, que habla las lenguas de todos los pueblos. De ella nacerán después otras Comunidades en todas las partes del mundo, Iglesias particulares que son todas ellas y siempre, actuaciones de la sola y única Iglesia de Cristo.

Benedicto XVI ha recordado también otro aspecto: el de la visión teológica del Libro de los Hechos de los Apóstoles, acerca del camino que recorre la Iglesia de Jerusalén a Roma. “El libro de los Hechos de los Apóstoles termina precisamente cuando san Pablo, a través de un designo providencial, llega a la capital del imperio y anuncia el Evangelio. “Así el camino de la palabra de Dios, iniciado en Jerusalén, -ha afirmado el Papa- llega a su meta, porque Roma representa el mundo entero y encarna la idea de la catolicidad. En esta fiesta del Espíritu y de la Iglesia, el Santo Padre ha querido dar gracias a Dios por habernos dado el don inestimable de la paz, de su paz”.

He intentado hacerme portador de este mensaje, presentándome recientemente en la sede de la ONU para dirigir mi palabra a los representantes de los pueblos. Pero no es sólo en estos grandes encuentros en los que hay que pensar. La Iglesia realiza su servicio en la paz de Cristo sobre todo en la ordinaria presencia y acción en medio de los hombres, con la predicación del Evangelio y con los signos de amor y de misericordia que la acompañan.

Entre estos signos, Benedicto XVI ha subrayado principalmente el Sacramento de la Reconciliación, que “Cristo resucitado instituyó en el mismo momento en que hizo don a los discípulos de su paz y de su Espíritu”. “La paz de Cristo sólo se difunde a través de los corazones renovados de los hombres reconciliados. Siervos de la justicia, preparados a difundir en el mundo la paz con la fuerza de la verdad, sin bajar a compromisos con la mentalidad del mundo, porque el mundo no puede dar la paz de Cristo”.

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