El árbol de Navidad siempre apunta al cielo, y su ramaje perpetuamente verde nos recuerda Aquél que nos concedió la vida eterna.
La historia del festivo árbol comienza en los densos bosques de Alemania, en el siglo VIII. El gran San Bonifacio, obispo y apóstol de aquellas tierras, había estado atrayendo un buen número de tribus paganas al rebaño de Jesucristo. Pero su labor no era fácil. A veces, los conversos, cuya fe todavía era vacilante, recaían en las perversas costumbres de sus antepasados. En cierta ocasión, Bonifacio tuvo que realizar un largo viaje a Roma, donde fuera para pedir consejo al Papa Gregorio II. Meses después, al volver a la región del Bajo Hesse, sorprendió horrorizado a algunos nativos que estaban a punto de realizar uno de los holocaustos humanos exigidos por la religión primitiva. Liberando a los nueve niños que iban a ser víctimas, el celoso obispo quiso entonces dar un testimonio público de lo impotentes que son los falsos dioses delante del Cordero de Dios. Mandó talar un enorme roble de Thor, bajo el que se iba a realizar el sangriento sacrificio. Los sacerdotes paganos le ...