Lo dice el Papa teólogo: la prueba de Dios es la belleza



La belleza del arte y de la música. Las maravillas de la santidad. El esplendor de la creación. Benedicto XVI defiende así la verdad del cristianismo, en preguntas y respuestas con los sacerdotes de Bressanone. Como cada verano, también este año Benedicto XVI se ha reunido con los sacerdotes de la región a la cual se ha trasladado de vacaciones. Para un diálogo libre a modo de preguntas y respuestas.

La reunión fue la mañana del miércoles 6 de agosto en la catedral de Bressanone, a los pies de los Alpes, a pocos kilómetros del límite con Austria. El Papa respondió a seis preguntas, hablando en parte en alemán y en parte en italiano, los dos idiomas oficiales de la región. El encuentro fue a puertas cerradas, sin presencia de periodistas. La trascripción completa del diálogo fue difundida dos días después por la sala de prensa vaticana.

Los temas propuestos al Papa fueron de lo más variados. A veces incluso candentes. Un sacerdote preguntó si es justo seguir administrando sacramentos también a quien se muestra alejado de la fe. Y el Papa, al responderle, confesó que de joven era "más severo", pero que después entendió que "debemos seguir más bien el ejemplo del Señor, que era un Señor de la misericordia, muy abierto con los pecadores".
Otro preguntó si la escasez de sacerdotes no nos obliga a afrontar las cuestiones del celibato, de la ordenación de "viri probati", de la admisión de las mujeres a los ministerios. Y el Papa defendió con fuerza el celibato como signo de que uno "se pone a disposición del Señor en la totalidad de su ser y por lo tanto completamente a disposición de los hombres".

A continuación se reproducen dos de las seis preguntas y respuestas. La primera sobre el nexo entre razón y belleza, con sugerentes referencias al arte, a la música, a la liturgia. La segunda sobre la tutela de la creación.

1. "Todas las grandes obras de arte son una epifanía de Dios"

P. – Santo Padre, me llamo Willibald
Hopfgartner, soy franciscano. En su discurso de Ratisbona Usted ha subrayado el vínculo sustancial entre el Espíritu divino y la razón humana. Por otra parte Usted siempre ha subrayado la importancia del arte y de la belleza. Entonces, 'junto al diálogo conceptual sobre Dios, en teología, no debería ser siempre de nuevo reafirmada la experiencia estética de la fe en el ámbito de la Iglesia, para el anuncio y la liturgia?

R. – Sí, pienso que las dos cosas van juntas: la razón, la precisión, la honestidad de la reflexión sobre la verdad, y la belleza. Una razón que de algún modo quisiese despojarse de la belleza, sería disminuida, sería una razón enceguecida. Solamente las dos cosas unidas forman una unidad, y precisamente por la fe
esta unión es importante. La fe debe continuamente afrontar los desafíos del pensamiento de esta época, con el fin de que ella no parezca una suerte de leyenda irracional que nosotros mantenemos viva, sino que sea verdaderamente una respuesta a las grandes preguntas; con el fin de que no sea sólo hábito sino verdad, como dijo una vez Tertuliano.

San Pedro, en su primera carta, había escrito aquella frase que los teólogos del medioevo habían tomado como legitimación, casi como encargo para el trabajo teológico que les tocaba: "Estad dispuestos en todo momento a dar razón de la esperanza que está en vosotros" – apología del "logos" de la esperanza, es decir, un transformar el "logos", la razón de la esperanza, en apología, en respuesta a los hombres. Evidentemente, él estaba convencido del hecho de que la fe fuese "logos", que fuese una razón, una luz que proviene de la Razón creadora, y no un gran revoltijo, fruto de nuestro pensamiento. Y he allí por qué es universal, por esto puede ser comunicada a todos.

Pero precisamente este "Logos" creador no es solamente un "logos" técnico. Es más amplio, es un "logos" que es amor y por lo tanto es tal que se puede expresar en la belleza y en el bien. Y, en realidad, para mí el arte y los santos son la más grande apología de nuestra fe.

Los argumentos ofrecidos por la razón son absolutamente importantes e irrenunciables, pero en algunas partes continúa siempre el disenso. En cambio, si miramos a los santos, esta gran estela luminosa con la cual Dios ha atravesado la historia, vemos que verdaderamente hay allí una fuerza del bien que resiste los milenios, que está allí verdaderamente la luz de la luz.

Y del mismo modo, si contemplamos las bellezas creadas de la fe, diría que son simplemente la prueba viviente de la fe. Si miro esta bella catedral: ¡es un anuncio viviente! Ella misma nos habla, y partiendo de la belleza de la catedral llegamos a anunciar visiblemente a Dios, Cristo y todos sus misterios: ellos han tomado forma aquí y nos miran. Todas las grandes obras de arte, las catedrales – las catedrales góticas y las espléndidas iglesias barrocas – todas son un signo luminoso de Dios y por lo tanto verdaderamente una manifestación, una epifanía de Dios.

En el cristianismo se trata precisamente de esta epifanía: que Dios se ha convertido en una Epifanía velada, aparece y resplandece. Acabamos de escuchar el sonido del órgano en todo su esplendor y pienso que la gran música nacida en la Iglesia es un hacer audible y perceptible la verdad de nuestra fe: del Greg
oriano a la música de las catedrales hasta Palestrina y a su época, hasta Bach y Mozart y Bruckner y así sucesivamente… Escuchando todas estas obras – las Pasiones de Bach, su Misa en sí bemol y las grandes composiciones espirituales de la polifonía del XVI siglo, de la escuela de Viena, de toda la música, incluso la de los compositores menores – de improviso sentimos: ¡es verdad! Donde nacen cosas así está la Verdad.

Sin una institución que descubra el verdadero centro creador del mundo, no puede nacer tal belleza. Por esto pienso que deberíamos siempre hacer que las dos cosas estén juntas, presentarlas juntas. Cuando, en esta época nuestra, discutimos de la racionalidad de la fe, discutimos precisamente del hecho que la razón no termina donde terminan los descubrimientos experimentales, ella no termina en el positivismo; la teoría de la evolución ve la verdad, pero ve de ella sólo la mitad: no ve que por detrás está el Espíritu de la creación. Nosotros estamos luchando por ampliar la razón y por tanto por una razón que, precisamente, esté abierta también a la belleza y no deba dejarla de lado como algo completamente diferente e irracional.

El arte cristiana es un arte racional – pensemos en el arte gótico o en la gran música o también, justamente, en nuestro arte barroco – pero es expresión artística de una razón mucho más amplia, en la
cual corazón y razón se encuentran. Esto es el punto. Esto, pienso, es de algún modo la prueba de la verdad del cristianismo: corazón y razón se encuentran, belleza y verdad se tocan. Y cuanto más nosotros mismos llegamos a vivir en la belleza de la verdad, tanto más la fe podrá volver a ser creativa también en nuestro tiempo y a expresarse en una forma artística convincente.

2. "La tierra espera hombres que la cuiden como obra del Creador"

P. – Santo Padre, me llamo Karl Golser, soy profesor de teología moral en Bressanone y también director del Instituto para la justicia, la paz y la tutela de la creación. Me gusta recordar el periodo en el que trabajé con Usted en la congregación para la doctrina de la fe. […] 'Qué podemos hacer para traer más a la vida de las comunidades cristianas el sentido de responsabilidad respecto a la creación? 'Cómo podemos llegar a ver siempre más unidas la creación y la redención?

R.– También yo pienso que el vínculo indisoluble entre la creación y la redención debe recibir un nuevo impulso. En las últimas décadas la doctrina de la creación había casi desaparecido en la teología, era
casi imperceptible. Ahora nos damos cuenta de los daños que de ello se derivan. El Redentor es el Creador y si nosotros no anunciamos a Dios en esta su total grandeza – de Creador y de Redentor – le quitamos valor también a la redención. En efecto, si Dios no tiene nada que decir en la creación, si es relegado simplemente en un ámbito de la historia, como puede realmente comprender toda nuestra vida? Cómo podrá traer verdaderamente la salvación para el hombre en su integridad y para el mundo en su totalidad?

Es por ello que para mí, la renovación de la doctrina de la creación y una nueva comprensión de la indivisibilidad de creación y redención revisten una grandísima importancia. Debemos reconocer nuevamente: Él es el "Creator Spiritus", al Razón que es e
l principio y de la cual todo nace y de la que nuestra razón no es más que una chispa. Y es Él, el Creador mismo, que también ha entrado en la historia y puede entrar en la historia y obrar en ella precisamente porque Él es el Dios del todo y no sólo de una parte. Si reconocemos esto, se conseguirá obviamente que la redención, el ser cristianos, o simplemente la fe cristiana significan siempre y de todos modos también responsabilidad en relación a la creación.

Veinte, treinta años atrás se acusaba a los cristianos – no se si esta acusación se mantenga hasta ahora – de ser los verdaderos responsables de la destrucción de la creación, porque la palabra contenida en el Génesis – "someted la tierra" – habría llevado a aquella arrogancia respecto a la creación de la que experimentamos hoy sus consecuencias. Pienso que debemos nuevamente aprender a entender esta acusación en toda su falsedad:
hasta que la tierra fue considerada creación de Dios, la tarea de "someterla" no ha sido jamás entendida como una orden de hacerla esclava, sino más bien como tarea de ser custodios de la creación y de desarrollar sus dones; de colaborar nosotros mismos en modo activo en la obra de Dios, a la evolución que Él ha puesto en el mundo, de tal modo que los dones de la creación sean valorizados y no pisoteados y destruidos.

Si observamos lo que nació en torno a los monasterios, cómo en aquellos lugares nacieron y siguen naciendo pequeños paraísos, oasis de la creación, se hace evidente que todo ello no son sólo palabras, sino donde la Palabra del Creador ha sido siempre comprendida en la manera correcta, donde ha habido vida con el Creador y Redentor, allí ha habido esfuerzo por salvar la creación y no destruirla.

En este contexto se ordena también el capítulo 8 de la carta a los Romanos, donde se dice que la creación sufre y gime por al sumisión en la que se encuentra y que espera la revelación de los hijos de Dios: se sentirá liberada cuando vengan criaturas, hombres que son hijos de Dios y que la tratarán a partir de Dios.

Creo que precisamente esto lo que nosotros podemos constatar hoy como realidad: la creación gime – lo percibimos, casi lo sentimos – y espera personas humanas que la cuiden a partir de Dios. El consumo brutal de la creación comienza donde no hay Dios, donde la materia es para nosotros tan sólo material, donde nosotros mismos somos las últimas instancias, donde el conjunto es simplemente propiedad nuestra y lo consumimos sólo para nosotros mismos. Y el desperdicio de la creación comienza donde no reconocemos más alguna instancia sobre nosotros, sino que nos vemos solamente a nosotros mismos; comienza donde no existe más alguna dimensión de la vida más allá de la muerte, donde en esta vida debemos acaparar todo y poseer la vida en la máxima intensidad posible, donde debemos poseer todo lo que es posible poseer.

Creo, por tanto, que instancias verdaderas y eficientes contra el desperdicio y la destrucción de la creación pueden ser realizadas y desarrolladas, comprendidas y vividas solamente allí donde la creación es considerada a partir de Dios; donde la vida es considerada a partir de Dios y tiene dimensiones mayores – en la responsabilidad frente a Dios – y un día nos será donada por Dios en plenitud y no se nos arrebatará jamás: donando la vida la recibimos.

Creo entonces que debemos tratar, con todos los medios con que contamos, de presentar la fe en público, especialmente allí donde respecto a ella ya existe sensibilidad. Y pienso que la sensación de que el mundo quizá se nos va – porque somos nosotros mismos quienes lo votamos – y el sentirse oprimido por los problemas de la creación, precisamente nos han de brindar la ocasión adecuada en la que nuestra fe puede hablar públicamente y puede hacerse valer como instancia positiva.

En efecto, no se trata solamente de encontrar técnicas que prevengan los daños, aunque sea importante encontrar energías alternativas y otras cosas. Todo esto no será suficiente si nosotros mismos no encontramos un nuevo estilo de vida, una disciplina hecha también de renuncias, una disciplina del reconocimiento de los otros, a los cuales la creación pertenece tanto como a nosotros que disponemos de ella con tanta facilidad; una disciplina de la responsabilidad respecto del futuro de los otros y de nuestro mismo futuro, porque es responsabilidad frente a Aquel que es nuestro Juez y en cuanto Juez es Redentor pero, precisamente es también de verdad nuestro Juez.

Pienso pues que es necesario poner en cada caso unidamente las dos dimensiones – creación y redención, vida terrena y vida eterna, responsabilidad respecto a la creación y responsabilidad respecto a los otros y al futuro – y que es nuestra tarea intervenir así de manera clara y decidida en la opinión pública.

Para ser escuchados debemos al mismo tiempo demostrar con el propio ejemplo, con nuestro propio estilo de vida, que estamos hablando de un mensaje en el que creemos y según el cual es posible vivir. Y queremos pedir al Señor que nos ayude a todos nosotros a vivir la fe, la responsabilidad de la fe, en manera tal que nuestro estilo de vida se haga testimonio; y a hablar en manera tal que nuestras palabras lleven la fe en modo creíble, como orientación en este tiempo nuestro.

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