San Juan de Ávila, patrono del Clero Español


Nació en Almodóvar del Campo (Ciudad Real) el 6 de mayo de 1500. Falleció en Montilla (Córdoba) el 10 de mayo de 1569. Su fecundo y ejemplar ministerio sacerdotal arrancó en 1526. Quería ser misionero. Pero en realidad fue el gran apóstol y evangelizador de Andalucía, recién vuelta al cristianismo tras los años de dominación musulmana. Las diócesis y tierras de Sevilla, Córdoba, Jaén, Granada y Jerez de la Frontera son testigos de su celo, predicación, acción, escritos, cartas y virtud sacerdotal. Creó quince escuelas y fundó una universidad. Hombre dotado también de gran sentido práctico, realizó algunos inventos.

Juan de Ávila era de familia noble y pudiente. Tras estudiar Leyes, Artes y Teología, en 1526 recibe la ordenación sacerdotal y reparte todos sus bienes entre los pobres. Marcha a Sevilla con intención de irse como misionero a América. Pero el arzobispo hispalense le manda quedarse en la capital andaluza para evangelizar. Comienza su intensa actividad evangelizadora que tendrá a Andalucía como su epicentro. Predica, confiesa, escribe y enciende las almas y los corazones. Tras Sevilla, evangeliza en Córdoba, Granada y Jaén. A partir de 1539 funda Colegios y Universidades, también en tierras andaluzas y extremeñas, y crea grupos o escuelas sacerdotales. En 1560 se retira a la localidad cordobesa de Montilla, donde muere el 10 de mayo de 1569, agotado por sus trabajos y enfermedades, diezmado por sus penitencias y confortado por su vida de ardiente caridad, de intensa oración y de amor a la cruz de Jesucristo.

Maestro y confesor de grandes santos

San Juan de Ávila destacó también en su condición de confesor y director espiritual. Intervino en las conversiones de San Juan de Dios y de San Francisco de Borja. Pasado el tiempo influirá también de manera notable en San Antonio María Claret (siglo XIX). Otros excepcionales santos del siglo XVI se beneficiaron de su amistad y de su consejo espiritual como Santa Teresa de Jesús, San Pedro de Alcántara, San Juan de Ribera, San Ignacio de Loyola... Con ellos integra aquella espléndida pléyade de cristianos extraordinarios surgidos en la Iglesia de la reforma protestantes y posterior reforma tridentina. San Juan de Ávila envió informes - "Memoriales"- muy valorados para el Concilio de Trento.

"Audi, filia", "Tratado sobre el sacerdocio", "Sobre el amor de Dios", "Sermones", "Comentarios a la primera carta de San Juan y a la carta de San Pablo a los Gálatas", "Doctrina Cristiana" y los ya citados "Memoriales" son algunas de sus obras, de alto valor espiritual, pastoral y literario. A él se le atribuye la primera traducción al español de "La imitación de Cristo" de Tomás de Kempis, edición presentada además con una valiosa presentación salida de su pluma.

Un legado que permanece

Hombre en contacto permanente con la cultura de su tiempo, maestro de fe y de oración, bien nutrido del conocimiento y aprecio por la Sagrada Escritura, el magisterio de San Juan de Ávila destila un ardiente amor por Jesucristo, una vivencia inequívoca y fecunda del misterio de la cruz, un profundo sentido de Iglesia y un gran realismo humano, pastoral y espiritual.

Es modelo de la espiritualidad específica del sacerdote secular o diocesano -como lo fue él, pero no perteneció a ninguna Orden religioso, sino a los presbiterios de las diócesis a las que sirvió- y una referencia siempre actual y válida de la identidad y ministerio propios del sacerdote de entonces, de ahora y de todos los tiempos.

La liturgia de la Iglesia le ha dedicado la siguiente oración para el día de su fiesta: “Oh Dios, que hiciste de San Juan de Ávila, un maestro ejemplar para tu pueblo por la santidad de su vida y por su celo apostólico: haz que también en nuestros días crezca la Iglesia en santidad por el celo ejemplar de sus ministros”. Esta plegara expresa fehacientemente la identidad del santo, su interpelación y la necesidad de su intercesión.

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